Género Ranking
Instalar APP HOT
UNA SEGUNDA OPORTUNIDAD PARA MAMÁ
img img UNA SEGUNDA OPORTUNIDAD PARA MAMÁ img Capítulo 4 PEQUEÑAS VICTORIAS
4 Capítulo
Capítulo 6 EL ENCUENTRO img
Capítulo 7 LA DECISIÓN DE ELENA img
Capítulo 8 UN REFUGIO TEMPORAL img
Capítulo 9 LA DENUNCIA IGNORADA img
Capítulo 10 EL ABOGADO IDEALISTA img
Capítulo 11 DESATA SU FURIA img
Capítulo 12 LA EMBOSCADA img
img
  /  1
img

Capítulo 4 PEQUEÑAS VICTORIAS

Tres días después del incidente, la casa seguía en un silencio tenso.

Papá se había ido temprano esa mañana sin desayunar. Mamá se movía por la cocina como un fantasma, con movimientos lentos y cuidadosos. El moretón en su pómulo había pasado de violeta a un verde amarillento. Ya ni siquiera intentaba cubrirlo con maquillaje.

Yo estaba sentado en el suelo de la sala, fingiendo jugar con mis bloques de construcción, pero en realidad observándola.

Necesito hablar con la tía Lucía. Ella es la única que puede ayudar.

Como si el universo hubiera escuchado mis pensamientos, el timbre sonó.

Mamá se sobresaltó, casi tirando la taza de café que sostenía. Sus ojos se movieron nerviosamente hacia la puerta.

-¿Quién será? -murmuró para sí misma.

Cuando abrió la puerta, escuché una voz familiar que me llenó de alivio.

-Elena, vengo apenas me enteré. ¿Dónde está ese desgraciado?

Tía Lucía.

Entró como un huracán, con su cabello rizado rebotando con cada paso, sus ojos cafés encendidos de ira. Era cuatro años mayor que mamá, más alta, más fuerte, más decidida.

Y la única persona en la familia Morales que siempre había oído a mamá cuando lloraba.

-Lucía, por favor, baja la voz... -Mamá cerró la puerta rápidamente, mirando hacia la calle como si esperara que los vecinos estuvieran escuchando.

-¿Bajar la voz? -Lucía tomó el rostro de mamá entre sus manos, observando el moretón-. Míralo. Mírate. ¿Hasta cuándo vas a seguir con esto?

-No es lo que piensas...

-¡Es exactamente lo que pienso! -Lucía la soltó, caminando en círculos como un animal enjaulado-. Me llamó la vecina, la señora Méndez. Dijo que escuchó gritos. Que vio cuando te subiste las escaleras cargando a Mateo. Que Ricardo destrozó la sala a las dos de la mañana.

Mamá se puso pálida.

-La señora Méndez debería... no debería meterse en lo que no...

-¿En lo que no le importa? -Lucía la interrumpió-. ¡Eres mi hermana! ¡Claro que me importa! ¡Y ese niño... Dios mío, Elena, ¿también le pegó a Mateo?

Silencio.

Un silencio que lo decía todo.

-Por Dios... -Lucía se llevó las manos a la cara-. Por Dios santo, Elena. Ya no es solo sobre ti. Le está pegando a tu hijo.

-Fue un accidente -la voz de mamá salió pequeña, quebrada-. Mateo se interpuso, él no quería...

-¡SIEMPRE ES UN ACCIDENTE! -El grito de Lucía hizo que mamá diera un paso atrás-. ¡Siempre tiene una excusa! ¿Cuándo vas a abrir los ojos?

Yo me había acercado sigilosamente, escondiéndome detrás del sofá para escuchar mejor. Mi corazón latía con fuerza.

Dile que sí, mamá. Por favor. Escúchala.

-No es tan simple, Lucía -mamá se dejó caer en una silla, cubriéndose el rostro con las manos-. ¿A dónde iría? No tengo dinero. No tengo trabajo. ¿Cómo mantendría a Mateo?

-¡Conmigo! -Lucía se arrodilló frente a ella-. Ven a vivir conmigo. Mi apartamento es pequeño, pero cabemos. Puedes buscar trabajo, yo te ayudo con Mateo...

-Los Vargas nunca lo permitirían. -La voz de mamá sonaba derrotada-. Doña Perfecta... tiene contactos. Ernesto es coronel. Podrían quitarme a mi hijo. Podrían...

-¿Y prefieres quedarte aquí esperando a que Ricardo te mate?

El silencio que siguió fue devastador.

-Yo... -Mamá sollozó-. Tengo miedo, Lucía. Tengo tanto miedo.

-Lo sé, hermanita. Lo sé. -Lucía la abrazó-. Pero tienes que ser valiente. Por Mateo. Si no por ti, por él.

Escuché a mamá llorar en silencio contra el hombro de su hermana.

Y en ese momento, supe que Lucía sería mi aliada.

Ella puede ayudarme a encontrar a Daniel. Ella puede...

-Además -continuó Lucía, separándose un poco-. ¿Recuerdas a Daniel Suárez?

Mi corazón se detuvo.

-¿Daniel? -Mamá parpadeó, confundida-. ¿Por qué lo mencionas?

-Porque lo vi hace dos semanas en el supermercado. -Lucía hablaba con cuidado ahora, como si pisara terreno delicado-. Preguntó por ti. Todavía pregunta por ti después de todos estos años.

-Lucía, no...

-Nunca se casó, ¿sabes? Tiene su clínica veterinaria en las afueras. Le va bien. Vive solo. -Lucía hizo una pausa-. Y cuando le dije que estabas casada, vi su rostro. Elena, ese hombre todavía te ama.

-¡Basta! -Mamá se puso de pie bruscamente-. No quiero escucharlo. Yo hice mi elección. Estoy casada. Tengo un hijo.

-Una elección que te está matando.

-¡Dije que basta!

Lucía suspiró, derrotada.

-Está bien. Está bien. No te presiono más. Pero piénsalo. Por favor. Piensa en Mateo.

Después de que Lucía se fue, mamá subió a su habitación. Escuché la puerta cerrarse. Escuché sus sollozos ahogados.

Y yo me quedé ahí, con mi mente trabajando. Daniel Suárez. Clínica veterinaria en las afueras.

Lucía lo vio. Lucía habló con él. Lucía puede llevarnos con él. Solo necesito... necesito que mamá confíe en ella. Que acepte su ayuda. Pero eso llevaría tiempo. Tiempo que tal vez no teníamos.

Al día siguiente, mamá me llevó al jardín de niños.

Era mi tercer día allí desde que "regresé". Un edificio colorido con dibujos de animales en las paredes y un patio de juegos rodeado de árboles.

Y donde iba también Sebastián. Mi primo estaba en el grupo de los niños de cinco años, pero compartíamos el recreo. Mamá me dejó en la entrada con un beso en la frente y esa mirada preocupada que nunca abandonaba su rostro.

-Pórtate bien, mi amor. Mamá vuelve a las doce.

Asentí, viendo cómo se alejaba.

La maestra, la señorita Ana, era una mujer joven de sonrisa amable que olía a flores.

-Buenos días, Mateo. ¿Listo para jugar con tus amiguitos?

No tengo amiguitos. Tengo la mente de un adulto de treinta años atrapada en el cuerpo de un niño de tres. Los otros niños me parecen... niños.

Pero asentí y entré al salón.

La mañana pasó lenta. Canciones infantiles. Dibujos con crayones. Una historia sobre un conejo que aprendía a compartir.

Y luego llegó el recreo.

Salí al patio, observando. Calculando.

Sebastián estaba cerca de los columpios con tres niños más. Todos mayores que yo. Todos riéndose de algo.

Y entonces me vieron.

-Miren, es el gordito Mateo -dijo Sebastián con esa sonrisa cruel que había heredado de la abuela.

Los otros niños se rieron.

Se acercaron.

Perfecto.

-Hola, Se-Sebas... -dije con mi voz infantil más tímida, haciéndome el asustado.

-Mi abuela dice que tu mamá es tonta -dijo Sebastián, empujándome levemente-. Y que tú eres un niño grosero.

-No soy... gose-grosero... -Retrocedí, fingiendo miedo.

-Sí lo eres. -Otro empujón-. Y estás gordo. Como un cerdito.

Los otros niños rieron más fuerte.

Espera. Espera un poco más.

Sebastián me empujó nuevamente, más fuerte esta vez. Yo me dejé caer al suelo.

Pero no me levanté.

En cambio, miré alrededor. La señorita Ana estaba del otro lado del patio, distraída con otros niños.

Ahora.

Me toqué la cara. Me froté los ojos. Y luego...

Grité.

No un grito infantil normal. Un grito de dolor genuino, agudo, desgarrador.

-¡AAAAHHHH! ¡ME PEGÓ! ¡ME PEGÓ!

La señorita Ana giró la cabeza inmediatamente.

-¿Qué pasó? -Corrió hacia nosotros.

-Él... él me pegó... -Sollozé, señalando a Sebastián-. Y... y sus amigos también... me dijie-dijieron cosas feas...

-¡Yo no le pegué! -Sebastián palideció-. ¡Solo lo empujé un poquito!

-¿Lo empujaste? -La voz de la señorita Ana se volvió seria-. Sebastián, ¿es cierto eso?

-Sí, pero...

-Y ustedes tres, ¿también participaron?

Los otros niños se miraron entre sí, nerviosos.

-Solo... solo nos reímos... -admitió uno.

La señorita Ana me ayudó a levantarme, revisando mi rostro con preocupación.

-Mateo, ¿te duele algo? ¿Te lastimaron?

Negué con la cabeza, pero seguí llorando.

-Me... me dijieron gordo... y tonto... y que mi mami es... es...

No necesité terminar. El rostro de la señorita Ana se endureció.

-Sebastián Vargas, tú y tus amigos van a la dirección. Ahora.

-¡Pero yo no...!

-¡Ahora!

Vi cómo se llevaban a Sebastián, quien me miraba con odio puro.

Y yo, limpiándome las lágrimas falsas, sonreí.

Una pequeña sonrisa. Mi primera victoria.

A las doce, cuando mamá vino a recogerme, la directora la llamó aparte.

Le explicó lo sucedido. Le dijo que habían llamado a los padres de los niños involucrados.

Mamá me abrazó, preocupada.

-¿Estás bien, mi amor? ¿Te lastimaron?

-No, mami... solo me empujaron... pero ya 'toy bien...

Salimos del jardín.

Y justo cuando llegábamos al estacionamiento, un auto negro se detuvo bruscamente.

Del asiento del conductor bajó un hombre en uniforme militar.

Coronel Ernesto Vargas. El tío que había encubierto el asesinato de mi madre.

Alto, de espalda recta, con cicatrices en el rostro y ojos grises fríos como el acero.

-Sebastián Vargas -la voz del coronel era como un trueno-. Adentro. Ahora.

-Pero papá, yo no...

-¡ADENTRO!

Sebastián prácticamente corrió hacia el auto.

El coronel se detuvo frente a la entrada, sus ojos encontrándose con los míos.

Nos miramos.

Un niño de tres años y un coronel del ejército.

Y en ese momento, él vio algo en mis ojos que lo hizo fruncir el ceño.

Algo que no debería estar en la mirada de un niño tan pequeño.

Inteligencia.

Cálculo.

Victoria.

Aparté la mirada rápidamente, escondiéndome detrás de las piernas de mamá.

-Elena -dijo el coronel con voz fría-. Controla a tu hijo.

No esperó respuesta. Entró al edificio.

Mamá me cargó rápidamente y caminó hacia nuestro auto.

Pero yo miré hacia atrás.

A través de las ventanas del jardín, pude ver al coronel Ernesto hablando con la directora.

Y luego vi cómo se llevaba a Sebastián de una oreja.

Vi a mi primo llorar.

Vi al coronel hablarle con ese rostro severo que prometía castigo.

Y sonreí.

Una sonrisa pequeña, astuta.

Primera victoria.

Sebastián aprendió que no puede meterse conmigo sin consecuencias. Y yo aprendí algo más importante. Puedo usar mi apariencia infantil como arma. Nadie sospecha de un niño de tres años. Nadie ve venir los golpes de alguien tan pequeño. Y eso, querido tío coronel, querida abuela Perfecta, querido padre...Eso los hará vulnerables.

Anterior
            
Siguiente
            
Descargar libro

COPYRIGHT(©) 2022