El miércoles por la tarde, mientras mamá doblaba ropa en la sala, me escabullí a la pequeña oficina donde papá guardaba sus cosas. Había un directorio telefónico grueso en el estante inferior.
Con mis manitas torpes, lo bajé. Pesaba tanto que casi lo dejo caer.
S... Suárez...
Las letras eran difíciles de leer. Mis ojos de tres años no estaban acostumbrados a enfocar texto tan pequeño. Pero mi mente adulta recordaba cómo buscar en orden alfabético.
Suárez... Suárez...
¡Ahí!
Suárez, Daniel. Clínica Veterinaria "Esperanza". Calle Los Pinos 243, Zona Industrial Norte.
Con cuidado, arranqué la página. El sonido del papel rasgándose me pareció ensordecedor, pero mamá seguía en la sala, tarareando una canción triste.
Doblé la hoja una, dos, tres veces hasta hacerla pequeña. La escondí en mi mochila de dinosaurios, entre un libro para colorear y una caja de crayones.
Ya tengo la dirección. Ahora necesito una historia creíble.
El viernes, mientras estábamos en el parque, practiqué.
Mamá estaba sentada en una banca, mirando a la nada con esa expresión vacía que cada vez era más frecuente. Yo me acerqué a una señora mayor que alimentaba palomas.
-Dis-disculpe, señora... -dije con mi voz más pequeña y tímida.
Ella me miró y sonrió.
-Hola, pequeño. ¿Qué necesitas?
-Yo... me perdí... -Dejé que mi labio inferior temblara-. No veo a mi mami...
La expresión de la señora cambió inmediatamente a preocupación.
-Oh, cielos. ¿Cómo se llama tu mami? ¿Dónde la viste por última vez?
-Elena... ella está... -Señalé vagamente hacia donde mamá estaba sentada-. Allá...
-Ven, vamos a buscarla.
Me tomó de la mano y me llevó directamente hacia mamá.
Perfecto. Los adultos ayudan a los niños perdidos. Especialmente cuando lloran.
-Disculpe, señora, creo que este niño es suyo.
Mamá dio un salto, saliendo de su trance.
-¡Mateo! ¿Dónde estabas?
-Lo siento mucho, se acercó a mí diciendo que estaba perdido...
Mamá me abrazó, disculpándose con la señora. Pero yo sonreí en secreto contra su hombro.
El plan funcionará.
El sábado por la noche, mientras mamá me preparaba la cama, preparé mi mochila en secreto.
La hoja del directorio. Una foto. La única foto que tenía de mamá y yo juntos, tomada en el parque. Mamá sonriendo forzadamente, yo en sus brazos. Un suéter extra, porque recordaba que las mañanas de domingo eran frías.
Y dinero.
Había encontrado algunas monedas debajo del sofá durante la semana. Las había guardado en mi mochila. No sabía si serían suficientes para un autobús, pero tal vez...
-Que duermas bien, mi amor -susurró mamá, besando mi frente.
-Mami... -La detuve antes de que saliera-. Te quiero mucho.
Ella se detuvo, su mano en el marco de la puerta. La luz del pasillo iluminaba su silueta.
-Yo también te quiero, Mateo. Más que a nada en el mundo.
Por eso tengo que hacer esto, mamá. Porque tú no puedes salvarte sola. Pero yo sí puedo salvarte.
Me desperté a las cinco y media de la mañana. Afuera todavía estaba oscuro. La casa estaba en silencio. Con movimientos lentos y cuidadosos, me bajé de la cama. Tomé mi mochila. Me puse mis zapatos, aunque atarme las agujetas fue casi imposible con mis dedos torpes.
No importa. Puedo caminar así.
Abrí la puerta de mi cuarto. El pasillo estaba oscuro.
Desde la habitación de mis padres llegaban los ronquidos de papá. Profundos. Constantes.
Bajé las escaleras de una en una, agarrándome del pasamanos. Cada crujido me parecía un trueno.
Pero nadie despertó.
La puerta principal tenía un pestillo alto. Muy alto para mí.
Mierda.
Arrastré una silla desde el comedor. El ruido del metal contra el piso me hizo congelar.
Los ronquidos continuaron.
Me subí a la silla. Alcancé el pestillo. Mis dedos apenas podían moverlo.
Vamos, vamos...
Click.
La puerta se abrió.
El aire frío de la mañana me golpeó el rostro.
Estaba afuera.
Cerré la puerta con cuidado. Caminé por la acera, alejándome de mi casa.
Las calles estaban vacías. Solo algunos autos ocasionales pasaban. Las luces de los postes parpadeaban.
Tengo que llegar a la parada de autobús. La que está cerca del supermercado. Allí siempre hay gente, incluso temprano.
Caminé. Y caminé. Y caminé.
Mis piernas cortas se cansaban rápido. Tenía frío. Pero no podía detenerme.
Por mamá. Todo es por mamá.
Cuando finalmente llegué a la parada del autobús, el cielo empezaba a aclararse. Había tres personas esperando. Un hombre con overol de trabajo. Una chica joven con uniforme de enfermera. Y una mujer de mediana edad con una bolsa de mercado.
Ella. Parece amable.
Me acerqué, dejando que mis pasos fueran inseguros. Dejando que mi labio inferior temblara.
-Disculpe... señora... -Mi voz salió pequeña, asustada.
Ella me miró y su expresión cambió inmediatamente.
-Dios mío, ¿qué hace un niño tan pequeño solo aquí? ¿Dónde están tus padres?
-Yo... me perdí... -Dejé que las lágrimas brotaran. No fue difícil. Estaba asustado de verdad-. Quiero ir con mi papá...
-¿Tu papá? ¿Dónde está tu papá?
Con manos temblorosas, saqué la hoja doblada de mi mochila.
-Aquí... aquí está mi papá...
Ella tomó el papel, entrecerró los ojos para leer en la luz tenue del amanecer.
-Clínica Veterinaria Esperanza... ¿Tu papá trabaja ahí?
Asentí, sollozando.
-Yo... yo salí de casa... y me perdí... y quiero ver a mi papá...
-Oh, pobrecito. -Ella me tomó de la mano-. No te preocupes. Voy a llevarte con tu papá, ¿está bien?
-Gra-gracias, señora...
El autobús llegó diez minutos después. Ella pagó mi pasaje sin siquiera preguntarme si tenía dinero.
Me senté junto a ella, mirando por la ventana mientras la ciudad despertaba.
Está funcionando. Realmente está funcionando.
El viaje duró casi cuarenta minutos. La mujer me hablaba, haciéndome preguntas sobre mi "papá". Yo respondía con monosílabos, fingiendo estar demasiado asustado para hablar mucho.
Finalmente, el autobús se detuvo cerca de la zona industrial.
-Aquí es, pequeño. Tenemos que caminar un poco.
Me tomó de la mano y caminamos por calles más anchas, con bodegas y talleres cerrados porque era domingo.
Y entonces la vi.
Clínica Veterinaria "Esperanza".
Un edificio de dos pisos pintado de azul claro, con un letrero grande que tenía la silueta de un perro y un gato. Había una camioneta estacionada afuera.
Está aquí. Él está aquí.
Mi corazón latía tan fuerte que pensé que explotaría.
La mujer tocó el timbre. Una vez. Dos veces.
Escuchamos pasos desde adentro.
La puerta se abrió.
Y ahí estaba él.
Daniel Suárez.
Treinta y dos años. Alto, de complexión atlética. Cabello castaño un poco desordenado, como si acabara de despertar. Ojos verdes cansados detrás de lentes con montura metálica. Llevaba jeans y una camiseta con manchas de lo que parecía ser comida para perros.
Y tenía la expresión más confundida que había visto en mi vida.
-¿Sí? -Su voz era suave, amable-. ¿En qué puedo ayudarles?
-Disculpe, señor. Encontré a este niño en la parada del autobús. Dice que usted es su papá.
Daniel parpadeó.
-¿Mi... qué?
Me miró. Yo lo miré.
Y entonces hice lo que había planeado.
-¡PAPÁ! -grité, soltándome de la mano de la mujer y corriendo hacia él.
Me abracé a sus piernas, sollozando.
Daniel se quedó completamente congelado, sus manos en el aire, sin saber qué hacer.
-Yo... señora, creo que hay un error... yo no tengo hijos...
-Lo encontré solito, llorando. Tenía esta dirección. -Ella le mostró el papel-. Pensé que...
-Yo no... -Daniel me miró, completamente perdido.
Solté sus piernas y, con manos temblorosas, saqué la foto de mi mochila.
La foto de mamá conmigo.
Se la extendí con lágrimas corriendo por mi rostro.
Daniel la tomó. La miró.
Y vi cómo su rostro palidecía.
Vi cómo sus manos comenzaban a temblar.
Vi cómo sus ojos se abrían de par en par, fijos en la imagen de mamá.
-Elena... -susurró su nombre como una oración.
-Mami... -dije entre sollozos, señalando la foto-. Mami... te ne-necesita...
Daniel levantó la vista de la foto hacia mí. Sus ojos verdes me estudiaban, buscando respuestas.
-¿Quién eres? -preguntó con voz temblorosa-. ¿De dónde sacaste esta foto?
-Mami... -repetí, porque era lo único que necesitaba decir-. Mami te ne-necesita... por favor...
La señora que me había traído nos miraba confundida.
-¿Entonces usted sí lo conoce? ¿Conoce a la mamá del niño?
Daniel no respondió. Seguía mirándome con una mezcla de shock, confusión y algo más.
Algo que se parecía peligrosamente a la esperanza.