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Casada con el padre de mi hijo.
img img Casada con el padre de mi hijo. img Capítulo 1 Introducción: ¿Me acosté con otro hombre
1 Capítulo
Capítulo 6 ¡Voy a demandarte! img
Capítulo 7 ¡No quiero volver a verte! img
Capítulo 8 ¡No te soporto! img
Capítulo 9 ¡Estás obsesionada conmigo! img
Capítulo 10 ¡Tienes que ayudarme a dar a luz! img
Capítulo 11 ¡No me dejaré vencer! img
Capítulo 12 Hay que buscar al padre de Tony. img
Capítulo 13 ¿El donador es Gerald Lennox img
Capítulo 14 ¡Compra la naviera! img
Capítulo 15 ¿Gerald Lennox es el nuevo dueño img
Capítulo 16 Padre e hijo. img
Capítulo 17 ¡Tengo novia y me voy a casar con ella! img
Capítulo 18 ¡Myriam Bennet es mi prometida! img
Capítulo 19 ¿Una matrimonio por contrato img
Capítulo 20 ¡Myriam no le conviene a su hijo! img
Capítulo 21 ¡El que se enamora pierde! img
Capítulo 22 ¡Una mujer divorciada no puede ser esposa de Gerald! img
Capítulo 23 ¡Conózcame primero! img
Capítulo 24 Sí, reitero, ¡Eres un ogro! img
Capítulo 25 Myriam ¿Estás celosa img
Capítulo 26 No puedo desearla. img
Capítulo 27 ¡No te atrevas a buscar a mi madre! img
Capítulo 28 ¿Por qué piensas que voy a necesitarte img
Capítulo 29 Del odio al amor solo hay un paso. img
Capítulo 30 Un beso, solo cumplí mi deseo. img
Capítulo 31 La fiesta de compromiso. img
Capítulo 32 Lograste lastimarme. img
Capítulo 33 De ogro a pastelito de chocolate. img
Capítulo 34 ¡Myriam me dejó en ridículo! img
Capítulo 35 Gerald 1- Raymond 0 img
Capítulo 36 Gerald, Yo no soy nadie en tu vida. img
Capítulo 37 Lo nuestro es solo un contrato. img
Capítulo 38 Acabaré con ella img
Capítulo 39 Un lobo disfrazado de oveja. img
Capítulo 40 ¡Esa es mi chica! img
Capítulo 41 ¡Se muere de amor por ti! img
Capítulo 42 De mí enamórate. img
Capítulo 43 ¡Al diablo con el contrato! img
Capítulo 44 ¿Lista para ser solo mía img
Capítulo 45 ¿Qué quieres Bianca img
Capítulo 46 La boda. img
Capítulo 47 Bianca intenta sabotear la noche de bodas. img
Capítulo 48 ¡Eres el sueño de mi soledad! img
Capítulo 49 ¡Raymond Wilson fuera de la empresa! img
Capítulo 50 De luna de miel. img
Capítulo 51 Aliados. img
Capítulo 52 ¡Hazlo, Helena! img
Capítulo 53 ¡Ataque inesperado! img
Capítulo 54 Operación fallida. img
Capítulo 55 ¡Estás en abstinencia! img
Capítulo 56 Sueño revelador. img
Capítulo 57 Provocación img
Capítulo 58 A pagar la condena. img
Capítulo 59 El contrato sale a la luz. img
Capítulo 60 ¡Fue Bianca! ¡Ella me pagó! img
Capítulo 61 De Gerald Lennox, a Gerald Gray. img
Capítulo 62 ¡Perdóname, te juzgué tan mal! img
Capítulo 63 El secreto del padre de Myriam img
Capítulo 64 Reunión empresarial img
Capítulo 65 ¡Ya no puedes evadirme más! img
Capítulo 66 ¡Detesto A Mi Padre! img
Capítulo 67 Un Nuevo Comienzo img
Capítulo 68 Raymond Wilson al ataque. img
Capítulo 69 ¡Esa mujer le canta al oído al jefe! img
Capítulo 70 ¡No permitas que ese infeliz se quede con nuestro negocio! img
Capítulo 71 ¡Hormonas alborotadas! img
Capítulo 72 Tony ¿Tendrá muy pronto un hermanito img
Capítulo 73 Myriam ¡Lo Lograste! img
Capítulo 74 Sabotaje fallido. img
Capítulo 75 Bebé en camino. img
Capítulo 76 ¡Mi hija casada con el muchacho que sobrevivió! img
Capítulo 77 ¡Hija necesito dinero! img
Capítulo 78 ¡Silvia no volverá a molestar a mi mujer! img
Capítulo 79 Myriam ¿Está embarazada img
Capítulo 80 Un complot: ¡Myriam huye! img
Capítulo 81 Herida mortal. img
Capítulo 82 Dolorosa perdida img
Capítulo 83 ¡Una hermana de verdad! img
Capítulo 84 Resiliencia. img
Capítulo 85 ¿Ya no quieres estar conmigo img
Capítulo 86 Planes ocultos. img
Capítulo 87 ¿Despertará img
Capítulo 88 ¿Despertó img
Capítulo 89 Renacer img
Capítulo 90 Isis en acción: ¡Señor Lennox, queda detenido! img
Capítulo 91 ¡Hija, quiero verte! img
Capítulo 92 ¡Tendrás lo que deseas! img
Capítulo 93 Arthur Bennet: ¡Culpable del accidente! img
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Casada con el padre de mi hijo.

Autor: AngellynaMerida
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Capítulo 1 Introducción: ¿Me acosté con otro hombre

-¡Necesitamos un heredero! -expuso con voz gruesa el anciano-. De lo contrario, alguien te sustituirá -advirtió.

El fuerte eco retumbó en el pasillo de la casa de Jacob Wilson. Myriam se sobresaltó y se detuvo en la puerta de la oficina familiar. Había estado buscando a su esposo y alcanzó a escuchar la exigencia de su suegro.

Su corazón se encogió. Suspiró profundo y fingió no haber oído nada. Bajó la escalera y se sentó en el sofá de la sala de estar como si nada hubiese ocurrido. Pero al oír la palabra hijos, recordó que, en algún momento, pensó que tener un niño podría afianzar su matrimonio. Sin embargo, Dios no le dio esa oportunidad: nunca quedó embarazada. Y, aunque el problema no era de ella, lo había cargado en silencio.

Con los años, fue dejando atrás esa obsesión. Comprendía el deseo de sus suegros por ser abuelos, pero jamás imaginó que llegarían al punto de amenazar a su esposo por no darles un heredero.

Se había casado con Ray a los veintiún años, muy enamorada. Pero con el tiempo, la relación se volvió fría, tensa; ya no se hablaban como antes. Raymond estaba casi siempre ausente. Era CEO de una multinacional y un hombre ocupado, con constantes viajes de negocios.

Diez minutos antes, Myriam y su esposo habían llegado para celebrar el cumpleaños de su suegro. Raymond se acercó solo a sus padres, dejándola a ella de lado. Myriam notó que murmuraban entre ellos y desaparecían del amplio salón. En ese instante, se reprochó no haber escuchado el resto de la conversación.

Mientras tanto, en el despacho familiar:

-Tomaré cartas en el asunto, papá -dijo Raymond, ignorando la orden de Jacob. Se concentró en los balances de la empresa, sin apartar la vista de su padre. Sabía bien que, durante ese trimestre, las ventas de la multinacional de alimentos habían caído.

-Pierdes el tiempo en tonterías -refutó Kendra, su madre-. Tu padre y yo hemos considerado la idea de que uno de tus primos se haga cargo de la empresa, para que tú tomes vacaciones con Myriam... y engendres al heredero -propuso-. Llevan siete años de casados y no hay indicios de un nieto. Esperamos que, con un hijo, sientes cabeza y asumas tus responsabilidades, Raymond.

****

Minutos después, Jacob sopló las velas de cumpleaños y los aplausos de los presentes no se hicieron esperar.

-Felicidades -dijo Myriam al acercarse con un obsequio.

El padre de Ray tomó la bolsa y la dejó a un lado.

-El mejor regalo que podría recibir es la noticia de un heredero -expresó, mirándola fijamente a los ojos-. ¿No deseas tener hijos? -preguntó, frunciendo el ceño.

Myriam palideció, parpadeando con nerviosismo.

-Yo... Eh... -balbuceó.

Raymond apareció enseguida.

-Pronto te daremos esa noticia, papá -masculló entre dientes-. Es hora de irnos.

Casi a rastras sacó a su esposa de la casa.

Al subir al auto, Myriam liberó el aire que había estado conteniendo.

-Hemos intentado, sin resultado, la fertilización... Quizás deberíamos adoptar -propuso.

Raymond golpeó el volante con furia. Giró el rostro, desencajado, y la miró con ira.

-¿Te volviste loca? ¿Acaso no te funciona el cerebro? -gruñó-. Si hacemos eso, todos sabrán de mi problema, y no pienso ser la burla de nadie -refutó, respirando con agitación-. ¡Debes tener un hijo! Así tengas que embarazarte de otro.

"¿Tengas que embarazarme de otro?" retumbó en la mente de Myriam.

Sus labios se abrieron en una gran O, y sintió que la sangre se le iba a los pies al escuchar semejante propuesta.

-¿Cómo puedes pedirme eso? -susurró, tratando de contener las lágrimas.

-¿Me amas? -preguntó Raymond.

-Claro que sí... -respondió ella, o al menos eso creía.

-Entonces dame un hijo. De lo contrario, buscaré una mujer que esté dispuesta a todo -dijo con cinismo.

-¿Cómo? -Myriam no podía creer lo que acababa de escuchar.

Se sintió como un objeto, una máquina de fabricar bebés. Su corazón se rompió.

Entonces, enfurecida, empujó a su esposo y pisó el acelerador con fuerza.

-¿Estás loca o qué? -gruñó Raymond-. ¡Nos vamos a matar!

Reñían, forcejeando por el volante. Myriam no respondió. De pronto, soltó el acelerador y frenó en seco.

Raymond, a punto de golpearse, logró estabilizar el auto. Cuando estaba por abrir la boca para reñirla, ella bajó del vehículo, cerró la puerta con fuerza y se alejó, llevando los tacones en las manos, sin dar explicación.

Esa noche vestía un vestido rojo vibrante. Alzó la mano y un taxi se detuvo frente a ella. Subió sin mirar atrás.

****

Gerald Lennox aparcó frente al bar donde lo esperaban sus amigos. Lanzó las llaves al valet para que estacionara su BMW y entró con paso firme, erguido en su metro ochenta y cinco de estatura.

A sus treinta años, era el director general de la multinacional de alimentos Lennox. Tenía una fría mirada azul, piel clara y cabello oscuro. Vestía vaqueros celestes, camisa gris y blazer negro.

Varias mujeres murmuraban al verlo pasar, intentando coquetear con él. Gerald era atractivo, pero parecía inmune a los encantos femeninos.

Llegó a la mesa, saludó a sus compañeros y tomó asiento. Comenzaron una partida de póker, entre charlas, risas y tragos de whisky.

-Si pierdes esta noche, yo elijo a la mujer que te llevarás a la cama -propuso Kevin, ladeando los labios con picardía.

Gerald resopló, negando con la cabeza.

-No tengo interés en el sexo -respondió, recordando a Bianca, la mujer de la que creyó enamorarse. Suspiró al pensar en cómo lo rechazó, por la ruina inminente de su familia.

-Te estás oxidando -advirtió Kevin. Los demás soltaron carcajadas-. ¿Tienes miedo de enamorarte?

-Cada día estás más loco -bufó Gerald-. No volveré a caer en tus juegos, como aquella vez de hace unos meses.

Bebió otro trago de whisky, mientras la partida continuaba.

Kevin, entonces, reparó en una hermosa mujer que pasó cerca: cabellera oscura, vestido rojo, mirada decidida.

-Ya tengo a la candidata perfecta para que vuelvas a divertirte esta noche -dijo, señalando hacia la barra-. Se ve espectacular.

Gerald, un poco ebrio pero aún lúcido, la vio. Minutos antes, ella había pasado con paso firme y elegante. No parecía una mujer de una noche, ni alguien que se prestara para las absurdas apuestas de Kevin. Y él tampoco estaba dispuesto a seguirle el juego.

Unos minutos antes Myriam había llegado al bar donde su mejor amiga, Elsa -ginecóloga de profesión-, tomaba unos tragos. Al ingresar, varios caballeros habían centrado su atención en ella. Siempre captaba miradas. Sin embargo, ignoró esos galanteos. Encontró con la mirada a su amiga, se acercó a la barra y la abrazó con fuerza.

Pidieron un tequila y un Martini mientras charlaban. Myriam le contaba la discusión que había tenido con su esposo.

Elsa no podía comprender cómo Raymond le había hecho semejante propuesta a su esposa.

-¿Y qué piensas hacer? -preguntó, bebiendo de su Martini.

Myriam apuró el tequila de un solo trago.

-No quiero perderlo. Sin embargo... quizás la fertilización sea una opción -balbuceó, sin estar convencida aún de volver a someterse al procedimiento.

Elsa, que era bastante liberal, sonrió y asintió con picardía.

-Escogiste la vía aburrida. Yo me hubiera ligado a un hombre apuesto y habría hecho un bebé -bromeó, señalando con la mano hacia las mesas cercanas antes de brindar con su copa.

-Eres incorregible -respondió Myriam con una sonrisa apagada, mientras notaba cómo varios caballeros las observaban y susurraban entre sí.

Sus ojos se cruzaron entonces con la mirada fría e inexpresiva de un hombre atractivo, de ojos azulados. Él desvió la vista hacia sus compañeros al instante.

Myriam sacudió la cabeza. La idea de Elsa era absurda, impensable.

-No sé si ese procedimiento funcione. Ya lo intentamos... y mis órganos se van debilitando -suspiró.

-Una vez más -suplicó con la voz entrecortada. Sentía que, de ese hijo, dependía su matrimonio.

Siguió bebiendo, intentando disipar sus penas con licor. Casi tambaleándose, se dirigió al baño. Al salir, fue interceptada por un hombre muy apuesto y galante, quien se inclinó para hablarle al oído y le señaló a otro caballero en una mesa cercana.

Myriam enfocó su vista en el hombre que él le señalaba. Le pareció guapo... más que su propio esposo. Pensó que, tal vez por los tragos que había ingerido, estaba viendo alucinaciones. Pero entonces recordó la loca propuesta de Raymond. Tenía su permiso. Así que, sin pensarlo demasiado, aceptó.

Acompañada del hombre que la había interceptado, se acercó a la mesa. El apuesto caballero la miró. A pesar del alcohol, esos ojos tristes la estremecieron.

Él se levantó. Salieron juntos del bar y subieron al convertible del desconocido. Al llegar al lujoso hotel, Gerald se dio cuenta de que la mujer se había quedado dormida. Su vestido se había subido, dejando al descubierto sus largas y firmes piernas.

Los ojos de él se abrieron de golpe. La garganta se le secó. Era una mujer hermosa, esbelta, de figura impresionante. Una verdadera tentación.

Bajó del vehículo y la tomó impulsivamente en brazos. Pero, de pronto, vislumbró un anillo dorado en su dedo anular.

«Está casada»

Bajó los párpados. El azul gélido de sus ojos se nubló al instante, cubriéndose de gris.

Tras un momento de vacilación, sostuvo a la mujer cerca de su pecho. Inhaló su aroma dulce, a violetas, y minutos después entró en la suite cinco estrellas.

La colocó con cuidado sobre la cama y examinó su rostro. Las mejillas sonrosadas eran encantadoras, y el cabello castaño caía en ondas por las curvas de su cuerpo.

Le acarició la mejilla. Estaba por marcharse en silencio cuando escuchó su voz, ebria y suave, desde el interior.

-No te vayas... te necesito.

Gerald se detuvo. Giró con lentitud. Al regresar a la habitación, encontró a la bella dama de pie. Se aclaró la garganta al ver cómo dejaba caer el vestido hasta sus pies. La escena era tremendamente sensual.

-Está muy ebria, señora. Deténgase -pidió con voz ronca.

-Ray... ven... Cuánto tiempo sin sentir tanta pasión... Hagamos un bebé... vamos...

Myriam lo miró, pero en su mente alucinada creía estar con su esposo.

Gerald comprendió que lo estaba confundiendo con otro hombre. Y, frente a sus ojos, ella se quitó la fina lencería que cubría su cuerpo.

Su instinto masculino reaccionó de inmediato, pero no era un hombre que se aprovechara de una mujer en esas condiciones.

«No puedo más. Tengo que salir de aquí», se ordenó mentalmente. Salió de la suite y cerró la puerta tras de sí.

****

Al día siguiente, los rayos solares acariciaron el rostro de Myriam. Frunció el ceño y abrió los ojos de golpe. Se llevó una mano al pecho al darse cuenta de que estaba en una habitación desconocida.

-¿Dónde estoy? -susurró, confundida.

Notó su vestido y demás prendas tiradas sobre la alfombra. Abrió los labios, temblando.

-¿Qué sucedió? -se preguntó a sí misma. Parpadeó varias veces-. No... no pude haberlo hecho...

Intentó recordar, pero tenía lagunas mentales. Recordaba la voz del hombre, su mirada fría y nada más. Se sobresaltó cuando escuchó el sonido del móvil. Se levantó, buscó el bolso y lo sacó con manos temblorosas. Al ver que era su esposo, se estremeció. Su corazón se desbocó.

-¿Dónde estás? -rugió Raymond al otro lado de la línea.

-Me quedé con Elsa -balbuceó, buscando su vestido-. Voy directo al trabajo.

-¿Con Elsa? -repitió con suspicacia-. Espero que le digas a tu amiga que nos ayude... -dijo, antes de colgar.

Myriam resopló. Por un momento creyó que la había descubierto. Miró a su alrededor. Buscó entre las sábanas y la mesa de noche algún indicio de lo ocurrido, pero no encontró nada.

Tembló solo de imaginar que pudo haberse acostado con un desconocido.

-¿Qué hice? -murmuró, llevándose las manos a la cabeza. Le dolía-. No pude haber traicionado a Raymond... -dijo entre sollozos, con la voz quebrada.

****

Minutos después, llegó al apartamento de Elsa. Respiró aliviada al encontrarla. Necesitaba saber si su amiga recordaba con quién se había ido la noche anterior.

-No sé nada. Solo desapareciste. Pensé que te habías ido a casa -dijo la ginecóloga-. ¿Por qué? -añadió, observándola con atención.

Myriam resopló. Le contó lo sucedido. No recordaba nada.

Elsa soltó una carcajada divertida.

-Espero que haya sido muy atractivo -bromeó.

Myriam la fulminó con la mirada.

-Sabes que no soy ese tipo de mujer. Prefería volver a someterme a la fertilización antes que traicionar a Raymond -dijo, sintiendo un nudo en la garganta-. No sé cómo voy a mirarlo a los ojos -agregó, cubriéndose el rostro con ambas manos.

Elsa frunció los labios.

-Tu marido fue quien te sugirió esa idea. No tendría por qué ofenderse. Además, él...

Se detuvo. No quiso atormentar a su amiga con las cosas que sabía sobre Raymond.

-No te aflijas. Confiemos en que ese sujeto del bar tampoco recuerde lo que ocurrió -concluyó.

Le sirvió un café y le prestó ropa limpia para que se duchara y pudiera irse a trabajar.

****

Días después, Myriam se sometió nuevamente al procedimiento de fertilización. Ya se había estado preparando desde días antes de aquella noche confusa, y ahora solo quedaba esperar que el óvulo fecundado se implantara en su útero.

Varias semanas más tarde, Myriam notó un retraso. Para salir de dudas, compró varias pruebas caseras. Siguió las instrucciones y, mientras esperaba el resultado, caminaba de un lado a otro por la habitación.

-Que esta vez funcione... -suplicaba con las manos entrelazadas. Sentía que el estómago se le revolvía por los nervios. Cuando el reloj marcó el tiempo indicado, corrió al baño. Las miró... y todas mostraban dos líneas.

-¡Positivo! -exclamó con infinita emoción.

Derramó lágrimas de felicidad. Aquello era justo lo que necesitaba para salvar su matrimonio. Sin esperar más, se dirigió al consultorio de Elsa. Necesitaba que la revisara. Su amiga confirmó el embarazo... pero en el corazón de Myriam nació una duda devastadora:

¿Ese bebé era producto de la fertilización... o de la noche que no recordaba?

            
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