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Casada con el padre de mi hijo.
img img Casada con el padre de mi hijo. img Capítulo 4 ¡Así aprenderás a no decir mentiras!
4 Capítulo
Capítulo 6 ¡Voy a demandarte! img
Capítulo 7 ¡No quiero volver a verte! img
Capítulo 8 ¡No te soporto! img
Capítulo 9 ¡Estás obsesionada conmigo! img
Capítulo 10 ¡Tienes que ayudarme a dar a luz! img
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Capítulo 4 ¡Así aprenderás a no decir mentiras!

Al día siguiente, Myriam se dirigió a la mansión de los Lennox. Se identificó en la entrada como la nueva asistente de la señora Isis.

Enseguida, uno de los empleados la guio por los impresionantes jardines de aquella enorme casa. Notó una enorme alberca, hermosos rosales y una pérgola de madera en medio, donde una hermosa y atractiva mujer descansaba sobre un cómodo sofá.

-Señora Isis, esta es la mujer que envió el señor Gerald -informó el empleado.

La señora Lennox se quitó las gafas y observó de pies a cabeza a Myriam. Notó que era joven y hermosa, y supuso que su hijastro la mandó para espiarla, pues no tenían muy buena relación.

Myriam parpadeó, sorprendida al darse cuenta de que la madrastra de su jefe era demasiado joven. No le agradó la forma en la que la miró, pero necesitaba el empleo, así que le brindó una sonrisa.

-Soy Myriam Bennett, su nueva asistente -indicó y estiró la mano para saludarla.

Con un gesto de desdén, Isis correspondió con sequedad.

-Espero que hagas bien tu trabajo -expresó con soberbia-. Necesito que lleves estos documentos -señaló con la mano a la mesa- a la empresa de Gerald. Que los firme. Son unas cotizaciones importantes. Por favor, no vayas a ensuciar esos documentos -expuso y bebió un sorbo de jugo de naranja-. Pásame las muletas y ayúdame a levantarme -ordenó.

Myriam obedeció las órdenes de su nueva jefa y la ayudó a ingresar a la casa, que era enorme, con amplios ventanales y hermosas terrazas.

-Es preciosa -murmuró Myriam.

-Apresúrate, que no tenemos todo el día -refutó Isis-. Debes regresar para que riegues las plantas del balcón de mi alcoba. Vete ya -ordenó.

Myriam salió presurosa hacia la empresa. Al subir a las oficinas, notó un profundo silencio, y a todos enfocados en su trabajo. Se acercó al escritorio de Amanda.

-Hola, la señora Isis me envió a dejarle estos documentos al señor Gerald. Me dijo que son importantes -informó.

-Baja la voz -solicitó Amanda-. Al jefe le gusta trabajar en profundo silencio. Deben ser las cotizaciones. Déjalas, yo se las entrego -sonrió.

-Pero debo llevarlas de regreso -expuso Myriam, mordiendo sus labios.

-Debes esperar. El señor Gerald está ocupado, y nadie se atreve a molestarlo.

Myriam frunció el ceño.

-No comprendo, ¿por qué le tienen tanto miedo? -cuestionó-. Es un simple mortal como todos... claro que con más dinero -expresó con sinceridad.

Los ojos de Amanda se abrieron de par en par al darse cuenta de que su jefe estaba detrás de Myriam. Las piernas le temblaron.

-Es un poco exigente, nada más -balbuceó.

-Más bien parece un tirano. No puedo creer que aún existan personas que disfrutan tener a sus empleados sometidos. Ese señor debería saber que un ambiente laboral armonioso mejora el rendimiento. Pero dudo mucho que él sepa lo que es diversión -comentó.

-Señorita... -carraspeó la gruesa voz de él. No dijo más porque nunca recordaba su apellido.

Myriam brincó del susto. Las mejillas se tiñeron de carmín. Giró y notó que el semblante de él era frío; no mostraba ni un gesto de disgusto. Era como una máquina sin emociones.

-Yo... -balbuceó la joven-, vine a dejarle unos documentos -expuso con voz temblorosa.

Gerald la observó con atención.

-A mí me dio la impresión de que vino a entretener a mis colaboradores. Nosotros tenemos reglas y deben cumplirse -habló con firmeza.

Myriam asintió y no dijo nada. Tomó el folder del escritorio de Amanda y se lo extendió.

-Son estos -indicó.

Gerald tomó los documentos y se dirigió a su oficina.

-Ay no -susurró Amanda-. Te va a tener en la mira. Detesta que objeten su manera de ser.

Myriam liberó un suspiro y presionó los párpados.

-Parece que no le agrada que le digan sus verdades -murmuró bajito al oído de Amanda. Entonces se alejó al escuchar que su jefe gritaba su nombre. Tembló del susto, tomó una bocanada de aire y se dirigió al despacho.

-Lléveselos de vuelta. Los escanean y envían a los correos de inmediato -ordenó.

Myriam, quien apenas entraba al despacho, se movió con rapidez para tomar el folder. Cuando lo iba a hacer, él colocó su mano encima de la carpeta y alzó la cabeza, enfocando su profunda mirada en ella.

-Señorita Bennett, le recuerdo que su función es ser asistente, no venir a entretener a mis empleados -expuso-. Y tampoco haga comentarios sin conocer a las personas.

Myriam carraspeó. La forma tan seca en que le habló le erizó la piel.

-Solo... -estaba por decir que dijo lo que pensaba, pero recordó que necesitaba el empleo. Apretó los puños-. Lo lamento, no volverá a ocurrir.

Enseguida salió de la empresa y regresó a casa de Isis. De inmediato, ella ordenó que regara las plantas.

Myriam salió hacia la terraza y olió el aroma delicado de las flores. Entonces sintió náuseas y corrió al baño. Luego de vomitar, algo pálida, regresó a sus labores.

En la hora del almuerzo casi no probó bocado, y en la tarde prosiguió ayudando a Isis en sus tareas.

Así pasaron varios días en los que Myriam iba y venía de la empresa, y los síntomas de su embarazo eran cada vez más evidentes.

Luego de regar las rosas aquella tarde, entró al baño y de nuevo vomitó lo poco que había ingerido.

-¿Estás embarazada? -fue la pregunta sorpresiva de Isis, sin darle tiempo de pensar en una mentira.

-Eh, yo... -balbuceó, temblorosa. Se recargó en la puerta del tocador, asintió, y sus ojos se llenaron de lágrimas.

Isis ladeó una sonrisa.

-Esto no es nada bueno. A Gerald no le agradan los empleados con hijos. Dice que restan productividad -indicó-. Si se entera, te va a despedir.

-Ayúdeme -suplicó Myriam, pues sabía bien que, en su estado, ninguna empresa la iba a contratar-. Haré lo que me pida -expuso, observando con ojos de súplica a su jefa.

Esa última frase fue música para los oídos de Isis.

-Yo puedo guardar tu secreto, siempre y cuando también trabajes de niñera y me ayudes a cuidar a mi niño. Ya lo has visto, tiene cuatro años -solicitó-. No te pagaré extra por eso, pero puedo decirle a Gerald que te suba el sueldo -miró a la joven-. ¿Lo tomas o lo dejas? -cuestionó.

-Acepto -respondió ella, aun sabiendo que la carga sería mayor.

Desde ese día, Myriam, además de sus labores cotidianas, empezó a cuidar al pequeño Jeremy. Sin embargo, con el paso del tiempo, el trabajo era cada vez más pesado.

Cada noche, al llegar a casa, lo primero que hacía era ducharse. Enseguida cenaba algo ligero y de inmediato se metía a la cama.

-No sé por cuánto tiempo más podamos resistir -dijo, acariciando su vientre-. Espero que cuando crezcas, ese ogro no nos vaya a despedir -expuso, pensando en el rostro lleno de frialdad de Gerald. Liberó un suspiro, empezó a parpadear, y se quedó dormida.

A la mañana siguiente llegó con algo de retraso a casa de Isis.

-Te necesito con urgencia -bramó la mujer-. ¿Por qué llegas tarde? -cuestionó.

-No me siento muy bien -confesó la joven-, pero no se preocupe, seguiré con mis labores. ¿Qué debo hacer? -cuestionó.

-Necesito que vayas a la tintorería y recojas un vestido. Fíjate que haya quedado impecable -solicitó.

Myriam asintió. Antes de irse, sintió una punzada en el vientre. Apretó los labios y fue al tocador. Entonces sus ojos se abrieron de par en par al ver una ligera mancha de sangre en su ropa interior.

-Mi bebé -susurró, temblando-. ¡Señora Isis! -gritó.

La mujer, quien se hallaba en la sala, al escuchar los gritos tomó sus muletas y se dirigió al baño.

-¿Qué sucede? -cuestionó.

Myriam abrió la puerta con los ojos llorosos.

-Tengo un sangrado -informó, con profunda preocupación.

-Esto no está nada bien. Si Gerald se entera, vamos a tener problemas -indicó.

Myriam presionó los labios y negó con la cabeza. A esa mujer no le interesaba ella ni su bebé, sino no tener problemas con su hijastro.

-Debo ir a un hospital -sugirió.

-Sí, claro -respondió Isis y le dio dinero para enviarla en un taxi.

-Por favor, resiste -suplicaba Myriam, acariciando su vientre.

*****

Gerald llegó al hospital en busca de su socio Kevin, pues le habían informado que tuvo un accidente. Averiguó en recepción y se dirigió a buscar la sala de emergencias. Vio un gran revuelo en una sala, ingresó, y cuando las enfermeras gritaron, se dio cuenta de que había cometido un grave error.

-Este es el departamento de ginecología -informó una enfermera-. ¿Su esposa va a dar a luz? -cuestionó.

-No, no soy casado -expuso él-. Busco la sala de emergencias.

La enfermera sonrió y le dio las indicaciones, y justo cuando salía, chocó de frente con Myriam. Se sorprendió de verla ahí; además, la notó pálida y demacrada.

-¿Qué haces aquí? -cuestionó-. ¿Acaso estás embarazada?

Myriam sintió que la sangre se le fue a los pies. Nunca imaginó encontrarlo ahí. Entonces pensó una excusa.

-No, claro que no. Mi mejor amiga trabaja en esta área, es ginecóloga. Vine a realizarme los exámenes de rutina que solicita su empresa y, de paso, aproveché para saludarla.

Gerald elevó ambas cejas.

-Imagino que debes volver con Isis -comentó.

-Sí, la señora solo me dio permiso unas horas. Iré después de almorzar -informó.

-Te invito a almorzar, necesito preguntarte ciertas cosas -indicó.

-¿A mí? ¿En este momento? -cuestionó, pues lo que le urgía era recibir atención médica.

-Por supuesto. No tengo todo el día -informó.

Myriam asintió y fue con él a un restaurante cercano. Ella solicitó algo ligero, y gracias a un medicamento para las náuseas que le dio Elsa, ya se alimentaba mejor.

-¿Cómo van las cosas con mi madrastra? -cuestionó Gerald.

-Todo bien -respondió Myriam-. Es una mujer muy dedicada a su trabajo -informó.

Gerald bebió un sorbo de vino.

-Y a banalidades -susurró bajo.

Myriam lo escuchó, pero no hizo ningún comentario al respecto.

-Debo ir al baño -indicó y se puso de pie.

Gerald asintió, pues en ese momento revisaba en su móvil unos pedidos importantes. Estaba tan concentrado, que al principio no notó la ausencia de Myriam, hasta que se percató que había pasado como media hora. Levantó su mano y llamó al mesero.

-¿Has visto salir a la mujer que estaba conmigo? -cuestionó con seriedad.

El joven negó con la cabeza.

-No, señor -informó.

-Trae la cuenta -ordenó y se dirigió al tocador a buscarla. Tocó varias veces-. Señorita Bennett -la llamó, pero al no tener respuesta, abrió la puerta, y la encontró desmayada.

-¡Ayuda! -solicitó gritando, y se acercó a ella. Le tomó el pulso y lo sintió débil. Resopló.

De inmediato, los encargados del restaurante ayudaron a Gerald a subir a la joven en su auto. Él condujo con rapidez hasta el hospital más cercano. Enseguida la llevaron a emergencias.

Al ser una empleada de la empresa, se quedó para conocer su estado de salud. Mientras esperaba, visitó a su amigo Kevin, quien había tenido una pequeña fractura en la mano jugando vóley. Media hora después, una enfermera apareció, averiguando por los familiares de Myriam. Pero él no se había tomado la molestia de indagar en Recursos Humanos por el número telefónico de un allegado a ella.

-Soy su jefe -dijo él-. ¿Cómo se encuentra?

-Está estable, pero necesita reposo. Tuvo una amenaza de aborto -informó la enfermera.

-¿¡Aborto!? -cuestionó con gran sorpresa, y tensó sus músculos-. ¿Puedo verla? -indagó.

-Está dormida, pero venga conmigo -dijo la enfermera.

Gerald siguió a la mujer con profunda seriedad. Ella lo dejó en la alcoba, y cuando él ingresó, observó a Myriam pálida y con los ojos cerrados. Se contuvo las ganas de despedirla en ese instante, y abandonó la alcoba y el hospital.

-Esto no lo puedo permitir -susurró en el auto. Arrancó a toda velocidad hacia su empresa, subió al despacho, abrió su laptop y redactó un correo dirigido a Myriam Bennett.

-Así aprenderás a no decir mentiras -aseguró.

Antes de pulsar el botón enviar, Gerald solicitó el expediente de Myriam a Recursos Humanos. Su asistente enseguida se lo entregó.

El hombre arrugó el ceño y golpeó con fuerza la madera de su escritorio.

-Es la esposa de Raymond Wilson -masculló con gran molestia-. No puedo creer que ese infeliz enviara a su mujer a espiarnos -gruñó, respirando agitado-. Pero no se van a burlar de nosotros -sentenció, y pulsó el botón "enviar". El correo fue directo al buzón de Myriam.

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