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Casada con el padre de mi hijo.
img img Casada con el padre de mi hijo. img Capítulo 5 ¡Un hombre sin corazón!
5 Capítulo
Capítulo 6 ¡Voy a demandarte! img
Capítulo 7 ¡No quiero volver a verte! img
Capítulo 8 ¡No te soporto! img
Capítulo 9 ¡Estás obsesionada conmigo! img
Capítulo 10 ¡Tienes que ayudarme a dar a luz! img
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Capítulo 5 ¡Un hombre sin corazón!

-¿Cómo te sientes? -cuestionó Elsa al día siguiente, acariciando el rostro de su amiga.

-Mejor -respondió con voz frágil-. Gracias por salvar a mi bebé. -Parpadeó y derramó varias lágrimas.

-Debes estar tranquila, y trabajar menos -indicó la especialista-, te advertí que tu embarazo era de riesgo.

Myriam presionó sus labios, y acarició su vientre.

-Tienes razón, pero si no hago lo que me piden, puedo perder el empleo -expresó sollozando.

-Y si sigues laborando de esa forma, puedes perder a tu bebé, piénsalo -recomendó Elsa-, te daré el alta -informó, y salió de la habitación a revisar a otros pacientes.

Myriam suspiró profundo y cerró sus ojos, entonces recordó que debía ir a trabajar, cogió su móvil que minutos antes le había entregado una enfermera, y observó que tenía un correo, sintió un escalofrío al ver que se trataba de su jefe. Se llevó la mano a la boca al darse cuenta de que había sido despedida.

-¡No puede ser! -exclamó con el rostro empañado de lágrimas, enseguida volvió a vestirse y salió rumbo a la empresa Lennox.

*****

-La próxima vez que contratemos a alguien, averigüen bien -gritó Gerald, furioso, al departamento de Recursos Humanos.

-¿Qué está pasando? -preguntó Kevin a Amanda.

-Parece que teníamos a un espía trabajando entre nosotros -comentó ella, y se retiró hacia su escritorio.

-¿Qué sucede? -insistió Kevin, dirigiéndose a su amigo.

Gerald resopló, invitó a Kevin a la sala de juntas y le relató lo que había descubierto sobre Myriam.

-¿En serio? -dijo Kevin, sacudiendo la cabeza, sorprendido-. Parecía una buena mujer... y bastante bonita. ¿Qué opinas?

Gerald rodó los ojos.

-No me he fijado bien en ella, pero eso no importa. Lo que cuenta es que Raymond no se quedó de brazos cruzados luego de que le ganamos esos contratos -resopló Gerald.

-Pues sí... pero mandar a su propia mujer a espiarnos, ya son palabras mayores -apuntó Kevin.

En ese instante, golpes en la puerta de la sala los alertaron: era Amanda.

-Señor, afuera está Myriam. Insiste en hablar con usted, dice que es urgente.

Gerald bufó y negó con la cabeza.

-¡Es el colmo! -refutó, abriendo y cerrando los puños con frustración.

-¡Cálmate! -pidió Kevin, siempre como la voz de la conciencia de Gerald-. Es mejor que hables con esa mujer, quizás le puedas sacar información.

Gerald resopló, bebió un poco de agua y finalmente ordenó:

-Que pase.

****

Afuera, Myriam notó cómo los empleados de la empresa la miraban y murmuraban entre ellos. Mordió sus labios, nerviosa, mientras veía a Amanda salir del despacho del jefe; las piernas le temblaban.

-Puedes pasar -informó Amanda.

Myriam respiró hondo, se armó de valor y se dirigió al despacho. Tocó la puerta y escuchó la voz gruesa de Gerald decir que siguiera.

«Dios, ayúdame», suplicó en su mente, intentando controlar el nerviosismo. Ingresó al despacho, pero su jefe ni siquiera levantó la mirada del computador.

-Señorita Bennett -dijo carraspeando-, o más bien, señora Wilson. ¿Qué desea? -preguntó con profunda seriedad, enfocándola con su gélida mirada.

Myriam sintió como si esa fría mirada la congelara. Se quedó paralizada unos segundos, y luego habló:

-Muy pronto dejaré de ser la esposa de Raymond -informó-. Nos estamos divorciando, pero en ninguna hoja de vida existe una opción que diga "en proceso de separación" -lo miró directamente a los ojos.

Gerald frunció los labios ante su respuesta, desafiante.

-Suponiendo que eso sea cierto, ¿por qué ocultó el embarazo? -preguntó sin despegar la vista de ella.

Myriam apretó los labios.

-Porque hay empresarios que creen que las mujeres embarazadas no son productivas -explicó con voz trémula-. Si les hubiera dicho la verdad, no me habría dado el empleo. Necesito trabajar; no tengo de qué vivir ni cómo mantener a mi bebé.

Gerald resopló profundamente y carraspeó.

-Esta es una empresa, no una casa de beneficencia, señorita Bennett. Estoy seguro de que le tocará una buena parte de los bienes de Raymond, no tiene por qué preocuparse -expuso con cinismo.

Myriam negó con la cabeza y fijó su mirada llena de indignación en aquel insensible hombre.

-Cómo pude pensar que un hombre sin corazón podría entenderme -susurró con voz apagada-. Sin embargo, le contaré lo que ocurrió -y le narró cómo encontró a Raymond engañándola con su hermana y cómo él la tendió una trampa, haciendo creer a todos que ella era la infiel.

Gerald ladeó los labios.

-Muy conmovedora su historia, pero le repito: está despedida. Váyase de esta empresa y dígale a Raymond que no envíe a su mujer de espía.

Myriam sintió deseos de llorar, pero no le daría el gusto de verla destrozada. Pasó con dificultad la saliva y le respondió:

-Es usted una persona muy injusta, insensible. Tiene el corazón tan duro como una piedra -dijo con firmeza-. Ahora entiendo todo lo que se dice de usted, y por qué quizás esa mujer lo dejó. ¿Quién podría amar a una máquina?

Gerald parpadeó y sintió la sangre reverberar por sus venas. Nadie se atrevía a hablarle así, y menos una desconocida.

-¡Largo! -bramó con voz fuerte-. No vuelva a aparecer por esta empresa -advirtió, observándola amenazante.

Myriam salió con pasos rápidos del despacho, recorrió un pasillo y se recargó en un muro, comenzando a sollozar.

-Vamos a estar bien -susurró, acariciando su vientre-.

Luego salió de la empresa, sin rumbo fijo.

****

Isis había llamado insistentemente al móvil de Myriam, pero este siempre enviaba la llamada al buzón. Sin tener otro número de contacto, decidió comunicarse con la empresa para obtener algún dato sobre la joven.

Amanda le explicó lo sucedido, y de inmediato Isis solicitó hablar con Gerald.

-Estoy ocupado -dijo él al otro lado de la línea-. ¿Hay algún problema con mi hermano? -preguntó con voz seca.

-Claro que hay problemas -replicó Isis-. ¿Por qué despediste a Myriam? -cuestionó con molestia-. Me agrada el trabajo de la chica y Jeremy está contento con ella.

Gerald rodó los ojos.

-Esa mujer era una espía. Está casada con Raymond Wilson, aunque dice que se están divorciando, pero no le creo nada. No volverá a esta empresa. ¿Quedó claro? -afirmó con contundencia.

-Eres igual de intransigente que tu padre -refutó Isis, antes de colgar la llamada.

****

Myriam servía leche en un vaso y colocaba galletas en un plato. Los víveres que había comprado con la liquidación de su anterior empleo empezaban a acabarse, y ya no contaba con mucho dinero, pues apenas había cumplido un mes trabajando para Isis, y la habían despedido sin pagarle el sueldo ni la indemnización.

-¿Qué voy a hacer? -se preguntó en voz alta, derramando varias lágrimas mientras recordaba las frías palabras de Gerald y su total falta de empatía.

En ese momento, su móvil sonó. Se sorprendió al ver que era su jefa y, temerosa de recibir reproches, dudó en contestar; sin embargo, ante la insistencia de la llamada, finalmente respondió.

-Hola Myriam, tengo una propuesta para ti -dijo Isis de inmediato.

-Buenas tardes, señora -respondió Myriam, pensativa-. ¿Qué propuesta? -preguntó-. El señor Lennox no quiere que me acerque a ustedes -suspiró.

-Ya no trabajarás para Gerald, sino para mí. Quiero que te dediques únicamente a mis asuntos y a cuidar de mi hijo. ¿Aceptas? -cuestionó Isis.

Myriam parpadeó varias veces, dudando.

-No quiero causarle problemas con el señor Gerald -murmuró.

-No los habrá. Él casi nunca viene por acá -indicó Isis-. Te espero mañana. -Colgó la llamada.

Myriam se llevó la mano a la frente y analizó la situación. Sabía que, estando embarazada, no encontraría otro empleo, así que no tenía más alternativa que aceptar y volver con Isis.

****

Al día siguiente, Myriam regresó a la mansión de Isis y comenzó a trabajar con ella, sin acudir a la empresa de Gerald, evitando así cualquier conflicto.

El pequeño Jeremy empezaba a encariñarse con ella; le gustaba jugar con Myriam porque ella le dedicaba el tiempo que su madre no podía.

Así pasaron varios días, y una tarde, cuando Myriam regresaba a su casa, se encontró con el casero.

-Señorita Bennett, usted ofreció pagar la renta hace una semana, y no he recibido ninguna llamada -dijo con severidad.

Myriam palideció por completo.

-Estoy consiguiendo el dinero -respondió con sinceridad.

-Tiene tres días para pagármelo; de lo contrario, la desalojaré -sentenció, y se retiró.

Myriam abrió la puerta, ingresó a la estancia, se dejó caer en un mueble y comenzó a llorar, sintiendo profunda ira y resentimiento hacia Raymond, y también hacia Gerald.

-¡Son unos idiotas! -refutó, tomando su móvil para marcar a Elsa.

La ginecóloga, al escucharla tan abatida, decidió ir a visitarla.

Un par de minutos después, llegó al piso de Myriam.

-¿Qué sucedió? -preguntó Elsa con preocupación.

Myriam le contó toda su situación económica.

-Necesito un préstamo -expuso con vergüenza.

Elsa la miró con ternura.

-Yo puedo prestarte, pero lo justo sería demandar a ese desgraciado -propuso, resoplando con indignación-. No podía despedirte estando embarazada.

-Lo sé, pero no tengo dinero ni para pagar la renta, mucho menos para un abogado -expresó, frustrada.

-Podemos buscar entre los abogados que brindan servicios gratuitos -indicó, rebuscando en su bolso y sacando una tarjeta-. Ve mañana a esta dirección -sugirió-, ahí te ayudarán.

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