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Promesas en la Penumbra
img img Promesas en la Penumbra img Capítulo 3 Promesas sin voz.
3 Capítulo
Capítulo 6 Entre las nubes y las primeras grietas. img
Capítulo 7 El Peso del Anillo. img
Capítulo 8 El regalo de dejarte ir. img
Capítulo 9 Promesas a distancia. img
Capítulo 10 Entre su ausencia y mis sueños. img
Capítulo 11 La esposa que nadie ve. img
Capítulo 12 Donde termina la distancia. img
Capítulo 13 Un beso que lo cambió todo. img
Capítulo 14 Lo que es nuestro, no se negocia. img
Capítulo 15 Promesas al amanecer img
Capítulo 16 Que hablen. img
Capítulo 17 Donde empieza lo nuestro. img
Capítulo 18 Nuestra verdadera promesa. img
Capítulo 19 La noche en que nos elegimos. img
Capítulo 20 Brillar siendo yo. img
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Capítulo 3 Promesas sin voz.

-¡Suéltame, papá! -gritó, mientras la arrastraba hacia la puerta.

Los corredores parecían interminables, llenos de flores blancas y gente que aguardaba con sonrisas. Amelia sentía que cada paso la alejaba más de sí misma, como si caminara hacia un sacrificio.

Entonces, lo vio.

Darío estaba de pie al fondo, esperándola en el altar. Su cabello oscuro con aquella peculiar franja plateada lo hacía imposible de confundir. El esmoquin negro se ceñía a su figura con elegancia; era distinto a todo lo que Amelia había imaginado. No había sonrisa en su rostro, pero sus ojos -profundos, serios, casi desafiantes- se encontraron con los de ella.

Un estremecimiento le recorrió el cuerpo. Por un instante, la rabia y la desesperación se confundieron con algo nuevo, inesperado, una chispa que la hizo tambalearse en su rebeldía.

Su padre, notando la vacilación, apretó aún más su brazo.

-Camina, Amelia.

Ella respiró hondo, con el corazón latiendo a un ritmo frenético. Una parte de sí seguía clamando por huir, pero otra -traidora, confusa- no podía apartar la vista de Darío.

El altar parecía más una jaula blanca que un lugar sagrado. Amelia avanzaba tomada del brazo de su padre, quien sostenía la cabeza erguida, orgulloso, mientras su propia mirada vagaba entre la incomodidad y la rabia contenida. Frente a ella, Darío esperaba impecable, con el porte de alguien acostumbrado a tener el control de todo lo que lo rodea. Su sonrisa era tranquila, pero sus ojos parecían escudriñarla, como si intentara descubrir si en algún rincón de su alma existía un mínimo destello de aceptación.

Cuando Amelia se detuvo junto a él, la tensión se volvió palpable. El juez comenzó a pronunciar las palabras de la ceremonia, y cada frase le caía como una piedra sobre el pecho.

-Estamos aquí reunidos -decía la voz solemne.

Amelia apenas escuchaba. Sus manos apretaban el pequeño trozo de encaje de su vestido, y en su mente solo resonaba la melodía de piano que había tocado la noche anterior. Esa música era su refugio.

Llegó el momento de los anillos. La dama de honor de Amelia, con una sonrisa forzada, sostuvo la pequeña caja entre sus manos temblorosas. La entregó, y Amelia apenas pudo recibir el anillo. Tenía la garganta seca, las palabras no le salían.

-Amelia, repita conmigo -indicó el juez.

Ella abrió los labios, pero su voz fue apenas un susurro, quebrada, casi inaudible. Su promesa sonó como la sombra de lo que debía ser.

En cambio, Darío lo hizo fácil, rápido, seguro. Repitió cada palabra con firmeza, deslizando el anillo en el dedo de Amelia con un gesto elegante, como quien cumple un trámite perfectamente calculado.

El juez los declaró marido y mujer. Los aplausos estallaron en la sala, como un eco ajeno al corazón de Amelia.

Entonces Darío inclinó el rostro hacia ella. El beso llegó suave, breve, pero lo suficientemente invasivo como para que Amelia apenas pudiera soportarlo. Cerró los ojos con fuerza, conteniendo el temblor en sus labios, obligándose a no apartarse para evitar el escándalo.

La mano de Darío tomó la suya con firmeza, entrelazando los dedos. Ella sintió que la piel le ardía en ese contacto, mezcla de repulsión y de un extraño cosquilleo que no quería reconocer. ¿Era atracción, era miedo, era pura rebeldía? No lo sabía, y eso la inquietaba más que el propio matrimonio.

Entre vítores y música, salieron del altar. La multitud arrojaba pétalos de flores mientras ellos subían al auto de lujo que los esperaba. Amelia, aún con el beso clavado en los labios como una herida, se dejó guiar al asiento trasero. El motor rugió, alejándolos de la iglesia, rumbo a la comida que sellaría la unión.

Amelia miraba por la ventana, y en el reflejo del cristal alcanzó a ver su propio rostro. No era el de una novia feliz, sino el de alguien que, aunque atada, todavía buscaba la manera de huir.

El auto de lujo avanzaba suave por las avenidas iluminadas. Desde afuera, la escena podía parecer de cuento: una pareja recién casada, rodeada de luces, flores y promesas de futuro. Pero dentro del vehículo, Amelia sentía que cada kilómetro la alejaba más de lo que realmente anhelaba.

Darío, impecable en su porte, sostenía el teléfono contra su oído. Su voz sonaba firme y profesional mientras discutía los últimos detalles del proyecto Borbón con su equipo. Era el CEO de Montenegro Design Group, la firma más prestigiosa en diseño y construcción moderna, y aquella llamada no era más que una entre tantas en su interminable agenda.

Amelia, a su lado, miraba hacia la ventana. Las luces de la ciudad se reflejaban en sus ojos, y de pronto, sin poder contenerlo, las lágrimas comenzaron a rodar silenciosas por sus mejillas. Recordaba la carta de aceptación a la Academia Harmonia de Piano, el lugar donde siempre había soñado estar, ahora reducido a un papel escondido bajo sus pertenencias. Aquella oportunidad, su verdadero futuro, se le escurría entre los dedos como arena.

Rápida, llevó una mano a su rostro, secando el rastro de lágrimas. No podía permitir que Darío la viera llorar; estaba convencida de que él se reiría, de que menospreciaría sus sueños como simples caprichos de una niña ingenua. Fingió serenidad cuando Darío colgó, justo en el momento en que el auto se detenía frente al salón.

Los recibieron entre vítores y música. Amelia sonrió débilmente, aunque por dentro sentía un nudo que le impedía respirar.

El banquete comenzó. En el amplio salón, decorado con luces doradas y ramos de flores, todos parecían felices menos ella. Amelia fingía reír en momentos puntuales, pero poco a poco su rebeldía empezó a filtrarse en gestos pequeños: retiraba con brusquedad la mano cuando Darío intentaba tocarla, bajaba la mirada cuando alguien les pedía posar para una foto, o se quedaba en silencio largo rato, respondiendo con monosílabos a las preguntas de los invitados.

De pronto, se levantó fingiendo que necesitaba ir al baño. En realidad, buscaba una salida, cualquier puerta trasera que la liberara, aunque fuera solo unos minutos. Caminaba con el corazón acelerado, la idea de escapar creciendo como un fuego en su pecho. Pero justo al doblar un pasillo se topó con la madre y la hermana de Darío.

-Querida, te ves hermosa -dijo su suegra, observando con detenimiento su vestido-. Ese traje también lo eligió Darío para ti. Pensó en cada detalle, incluso en que mostraras un poco de escote y no se equivocó, luces deslumbrante.

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