Cuando Darío la vio, de pie frente a todos, su rostro cambió. Sus ojos se iluminaron con algo distinto: admiración. Amelia, que nunca había mostrado su pecho de manera tan evidente, bajó la mirada con timidez, avergonzada de la atención que despertaba. Él extendió la mano hacia ella, y por primera vez en toda la noche, pareció perder un poco de esa frialdad calculada que lo caracterizaba.
El murmullo del salón se desvaneció cuando la música comenzó a sonar. Darío y Amelia, tomados de la mano, se adentraron en la pista. Ella, con el vestido que no había elegido, con la vida que no quería, pero con la determinación silenciosa de que tarde o temprano encontraría la forma de huir.
La música del salón cambió a un vals suave. Los invitados se apartaron para dejar espacio en el centro, mientras Darío, con paso seguro, extendía la mano hacia Amelia. Ella la aceptó con cierta reticencia, bajando la mirada, como si cada gesto suyo pesara más de lo que debía.
-Es nuestra canción -murmuró él, inclinándose apenas hacia ella cuando la tomó por la cintura.
Amelia levantó los ojos sorprendida, sin saber si él lo decía con sinceridad o como parte de la puesta en escena. Sus labios se entreabrieron, pero al final solo asintió con un gesto casi imperceptible.
El contacto era cercano, más del que ella deseaba, pero Darío parecía decidido a no dejarle espacio para retroceder. La guiaba con firmeza, sus movimientos fluidos, seguros.
-Nunca imaginé bailar esta pieza en mi boda -añadió en voz baja, tan solo para que ella lo escuchara-. Es la favorita de mi madre... y ahora, también mía.
Amelia tragó saliva. No encontraba palabras, apenas inclinó la cabeza con un movimiento leve, como si reconociera lo dicho sin comprometerse a responder. Lo que no pudo evitar fue notar el aroma que lo envolvía: un perfume cálido, especiado, que despertó en ella sensaciones que prefería mantener a raya. Cerró los ojos por un instante, intentando apartar esa chispa que la confundía, como si su cuerpo decidiera traicionarla.
Darío sonrió al percibir su tensión, acercándola un poco más.
-No tienes que estar nerviosa -susurró-. Déjate llevar, Amelia.
Ella quiso replicar, decirle que sus nervios no eran lo que él creía, pero se contuvo. Apenas un murmullo salió de sus labios:
-No estoy acostumbrada.
Él no insistió, simplemente la sostuvo con mayor delicadeza, adaptando sus pasos a los de ella. Por primera vez en toda la noche, Amelia sintió que el tiempo se ralentizaba; el murmullo de los invitados parecía lejano, y aunque quería rechazarlo, no pudo ignorar que algo dentro de sí respondía a la calidez de aquel instante.
La canción llegó a su final. El aplauso de los presentes rompió el hechizo, y Amelia apartó la mirada al instante, volviendo a erigir el muro de frialdad que había empezado a resquebrajarse.
De regreso en la mesa, varios amigos de Darío se acercaron a felicitarlo. Rieron, conversaron animadamente, brindaron con él. Darío, cortés y sociable, atendía a todos con una naturalidad que Amelia envidiaba.
Para ella, ese bullicio fue la oportunidad. Con todos los ojos puestos en Darío y sus amigos, Amelia deslizó la servilleta sobre la mesa, fingiendo que iba al baño. Se levantó con cautela, su corazón golpeando en el pecho. Esta vez, tal vez, podría escabullirse.
Amelia avanzaba con pasos rápidos, casi conteniendo la respiración mientras se deslizaba por un pasillo lateral del salón. El murmullo de los invitados quedaba atrás, la música sonaba lejana. Por un momento, el corazón le palpitó con la ilusión de que tal vez esta vez sí lograría escapar.
Pero al girar la esquina, se encontró con una figura que no esperaba. Un hombre mayor, de cabello plateado y porte digno, la esperaba como si hubiese sabido que ella aparecería por allí.
-Amelia -dijo la voz cálida, firme, con un dejo de nostalgia.
-Abuelo Juan -susurró ella, sintiendo cómo toda su valentía se quebraba.
Él abrió los brazos, y sin poder resistirse, Amelia se dejó envolver en ese abrazo que olía a hogar, a infancia, a las pocas memorias felices que aún la sostenían.
-¿A dónde ibas con tanta prisa, mi niña? -preguntó con suavidad, apartándose solo lo suficiente para mirarla a los ojos.
Ella no respondió; las lágrimas amenazaban con volver. Pero Juan, con la paciencia de quien ha vivido demasiado, tomó sus manos y, con un gesto que evocaba los tiempos en que bailaban en el patio de casa, la condujo unos pasos en un vals improvisado, ahí mismo, en el pasillo desierto.
-Recuerda cuando eras pequeña y subías a mis zapatos para seguir el ritmo -rió apenas, con ternura-. Siempre decías que algún día bailarías con un príncipe.
Amelia apretó los labios, temblorosa.
-Y mírame ahora, abuelo... atrapada.
Él negó despacio.
-No lo veas así. No estás atrapada, Amelia. A veces la vida no nos da lo que pedimos, pero nos da lo que necesitamos. No cierres tu corazón antes de tiempo. Déjate querer... puede que te sorprendas de las formas en que el amor llega.
Ella lo miró con los ojos enrojecidos, intentando no quebrarse.
-¿Y si no quiero enamorarme de él?
Juan sonrió con melancolía.
-El amor no siempre pregunta lo que queremos. A veces simplemente sucede. Dale una oportunidad, mi niña. Podría haber en él más de lo que imaginas.
Amelia bajó la mirada. La rebeldía dentro de ella no desapareció, pero las palabras del abuelo se clavaron como un peso dulce y doloroso. Sintió que, una vez más, su intento de huir se había desvanecido, como si el destino y su propia familia tejieran una red que la mantenía atrapada.
El abuelo acarició su mejilla y añadió:
-Regresa al salón. Que no te vean como una fugitiva en tu propia boda.
Amelia asintió en silencio, incapaz de replicar. Con el corazón dividido entre la ternura y la desesperación, volvió sobre sus pasos, sabiendo que el juego de escapar no había terminado... solo se había aplazado.