-¿Entonces por qué este matrimonio, abuelo? ¿Por qué forzarme?
Juan suspiró, acariciándole la mejilla con la mano arrugada.
-Porque creen que Darío es ese hombre. Y aunque ahora lo veas como una imposición, el tiempo puede revelar verdades que hoy no imaginas. A veces el amor nace de la costumbre, otras veces de una chispa inesperada... pero siempre necesita que el corazón esté dispuesto a ver más allá del miedo.
Amelia iba a replicar cuando una voz interrumpió el momento:
-¿Aquí estabas? -Darío apareció al final del pasillo, aún con el móvil en la mano, el gesto elegante y seguro que lo caracterizaba. Su traje impecable, el cabello bicolor bajo la luz cálida del corredor, le daban un aire imponente.
El abuelo soltó a Amelia despacio y se volvió hacia él con una sonrisa tranquila.
-Aquí tienes a tu esposa, Darío. Estaba cuidándola un poco antes de que regrese al salón.
Darío asintió y se inclinó con respeto hacia Juan.
-Gracias, don Juan. No sabe cuánto aprecio su confianza.
Amelia observó la escena en silencio, sorprendida. Había una complicidad tácita entre ambos hombres, una especie de acuerdo invisible que la envolvía sin su consentimiento. Su abuelo, tan protector siempre, parecía ver en Darío algo que ella aún no alcanzaba a reconocer.
-Vamos, Amelia -dijo Darío, ofreciéndole la mano-. Nos esperan para el siguiente baile. Y después debemos despedirnos, el vuelo nos llevará a Isla Escondida, nuestra playa privada para la luna de miel.
Ella lo miró, tragando saliva. El eco de las palabras de su abuelo resonaba en su pecho, entrelazándose con la firmeza cortés de Darío. Su rebeldía rugía, pero también, en el fondo, una duda nueva comenzaba a crecer: ¿y si el destino estaba jugando con ella de una manera distinta a la que imaginaba?
Con los dedos temblorosos, Amelia aceptó la mano de Darío, mientras su abuelo los observaba con una mezcla de melancolía y esperanza.
La música comenzó a envolver el salón con un aire solemne, casi nostálgico. Amelia se encontró en medio de la pista, sostenida por los brazos firmes de Darío. El murmullo de los invitados se desvaneció bajo la melodía, pero el peso de las miradas permanecía, como una sombra que no la dejaba respirar.
Darío inclinó apenas el rostro hacia ella, rozando con su aliento su oído.
-Relájate solo es un baile -susurró, con esa voz tranquila que contrastaba con el torbellino en su pecho.
Amelia quería creerle, quería dejarse llevar, pero la presión social -los ojos de su familia, los comentarios velados de las damas, las expectativas- le apretaban el alma. Movía los pies con elegancia, como le habían enseñado, aunque por dentro sentía que estaba al borde de un precipicio.
La canción llegó a su final, y antes de que pudiera apartarse, Darío la tomó con fuerza por la cintura y, sin pedir permiso, le plantó un beso rotundo. Un beso que estalló en medio de los aplausos, vítores y risas cómplices de los invitados. Amelia abrió los ojos sorprendida, sintiendo el calor de todos esos testigos que celebraban lo que para ella era una mezcla de atrevimiento, desconcierto y una chispa que la estremeció sin poder negarlo.
El beso terminó, pero las ovaciones continuaron, como si hubieran sellado con júbilo el inicio de una nueva etapa. De pronto, la hermana de Darío apareció, sonriente y juguetona, con una maleta en mano.
-Amelia, aquí tienes lo necesario para el viaje. La preparé yo misma -dijo con picardía-. Créeme, mi hermano es un aburrido, pero lo romántico te va a encantar.
Las carcajadas se multiplicaron alrededor. Amelia solo pudo sonreír, sin responder, sosteniendo con nerviosismo el equipaje que ahora representaba un paso irreversible hacia lo desconocido.
El pasillo se llenó de abrazos, bendiciones y buenos deseos. Poco después, ya estaban subiendo al auto que los llevaría al aeropuerto. La noche seguía llena de festejo en la mansión, pero para Amelia, el silencio dentro del vehículo resultaba ensordecedor.
Darío, con el móvil en la mano, atendía una llamada de trabajo, su tono firme y serio, como si nada hubiera cambiado. Amelia, en cambio, sentía cómo el mundo entero se desmoronaba dentro de ella.
De vez en cuando lo miraba, intentando descifrar algo en su perfil iluminado por la luz azul del teléfono, pero cada vez que sus ojos se encontraban, ella desviaba la mirada hacia la ventana, donde las luces de la ciudad pasaban veloces, como destellos de un hogar que se alejaba cada vez más.
El trayecto avanzaba, y con cada kilómetro, Amelia se preguntaba si estaba escapando de sí misma o si, por el contrario, estaba siendo arrastrada hacia un destino que no eligió.
El auto se detuvo frente al hangar iluminado. Un hombre de traje oscuro los esperaba, erguido, con las manos juntas al frente. Apenas bajaron del vehículo, Amelia sintió cómo Darío le entrelazaba los dedos con firmeza, obligándola a presentarse ante el mundo como parte de un todo inseparable.
-Bienvenidos, señor Darío, señora Amelia -saludó el hombre con una leve inclinación de cabeza. Su voz transmitía respeto, casi reverencia-. Todo está preparado para su viaje.
Amelia se dejó guiar, todavía confundida por la naturalidad con la que todos parecían aceptar aquel vínculo. Caminó junto a él hacia el avión privado que los esperaba, brillante bajo las luces del aeropuerto. El murmullo de los motores era como un recordatorio constante de que ya no había vuelta atrás.
Una azafata de impecable uniforme los recibió en la puerta del jet. Su sonrisa era cálida, pero sus ojos se clavaron en Darío con un respeto inmediato, casi automático.
-Señor, señora, será un honor atenderlos en el trayecto.
Amelia no pudo evitar notar cómo todos los gestos de la mujer parecían sincronizados con los deseos de Darío, como si él estuviera acostumbrado a que lo obedecieran sin réplica.