Género Ranking
Instalar APP HOT
SALVADA POR EL JEFE DE MI EX
img img SALVADA POR EL JEFE DE MI EX img Capítulo 4 ELLA ME INQUIETA
4 Capítulo
Capítulo 6 ¡MALDITA DEPRESIÓN! img
Capítulo 7 INTENSAMENTE img
Capítulo 8 FASCINACIÓN img
Capítulo 9 LA PROPUESTA Y SUS DIVERSOS TONOS img
Capítulo 10 ¿UN SENTIMIENTO img
img
  /  1
img

Capítulo 4 ELLA ME INQUIETA

ELLA ME INQUIETA

Leandro Mackenzie

Después de la vergonzosa visita a la esposa de mi estimado empleado estrella, me asaltó un torbellino de confusión. Esa mujer era un total enigma y, al analizarla en persona, la impresión que me causó fue aún mayor. Es una mujer joven y sencilla, de la misma edad que mi hermana, y, al igual que ella, consumida por la ilusión del mismo hombre.

Pensar en eso me enfureció. Me serví un vaso de licor y me recosté en mi gran sillón, cuando de repente la puerta de mi oficina se abrió para dar paso a Jennifer, mi querida hermana menor.

-¿Por qué has congelado mis cuentas, Leandro? -Jennifer golpeó mi escritorio y sus ojos azules se clavaron en los míos con una intensidad amenazante.

-Porque soy tu albacea -respondí-. ¿Has olvidado las condiciones impuestas por nuestros padres? Solo puedo darte el control de tu herencia hasta que obtengas un título profesional y, por lo que veo, el único título que obtendrás será el de madre soltera. La miré de arriba abajo, irritado. Con solo 22 años, su vientre abultado revelaba sus seis meses de embarazo, y el padre de su hijo es un estúpido empleado de mi empresa. No podría haber elegido peor.

-¡Cállate, entrometido! Necesito que desbloquees mis cuentas. Tengo necesidades, gastos y muchas cosas que cubrir, Leandro.

-Bueno, dile al padre de tu hijo que se haga cargo. ¿O es que ese imbécil no tiene dinero para hacerlo? Ah, cierto, lo había olvidado: ¡tiene esposa! -exploté, furioso.

-Está a punto de divorciarse de ella. Esa mujer no me llega ni a los tobillos. Además, hermanito, debe estar revolcándose en su tristeza porque ya debe saber de mi relación con Valentino.

Mi hermana soltó una carcajada malévola, burlándose del dolor de otra mujer, una que acababa de perder a su hijo y casi muere a manos de un hombre patético y abusivo.

-¿Qué hiciste, Jennifer?

-Le conté a esa mujer sobre mi relación con Valentino para que abandone su mansión y nos deje el camino libre.

Mis mejillas se tornaron de un rojo intenso mientras la miraba con rabia.

-¿Estás construyendo tu felicidad a expensas de la tristeza de otra mujer?

-No es mi problema. ¿Por qué la defiendes tanto?

-Porque ella está pasando por lo mismo que nuestra hermana; está siendo maltratada por un hombre misógino y abusivo. Realmente no es por ella por quien estoy preocupado, Jennifer. ¡La que me preocupa eres tú! No quiero perderte, y menos a manos de ese imbécil. ¡La última paliza que le dio a esa mujer fue asquerosa, terrible, casi la mata! ¿Quieres ser la próxima víctima?

Jennifer apretó los puños; sus nudillos blanquecinos parecían a punto de estallar de rabia.

-Él no me va a hacer eso a mí. Esa mujer lo provoca, ella es la que hace que le pegue y la trate así, es una completa bruja, una mujer dañina.

-¿Qué? ¿Quién te dijo eso, Jennifer? ¿Estás ciega o qué? No quieres ver la realidad de las cosas. Estás enamorada de un hombre que es demasiado malo. Hermana, por favor recuerda lo que le pasó a Margaret. Eres lo único que me queda.

Tomé la mano de mi hermana, intentando que entrara en razón, pero definitivamente estaba cegada por el amor. Se zafó bruscamente de mi agarre y me miró con repudio.

-No te metas en mi vida, Leandro. Quiero que me dejes en paz. Soy adulta, y si no me devuelves mis cuentas, tendré que hablar con mi abogado.

-Jennifer, te lo ordeno, no es cuestión de si quieres o no, te ordeno que te alejes de Valentino. Soy tu hermano mayor y no puedo permitir que sigas en esa situación.

Jennifer me miró furiosa y sacudió la cabeza.

-¡Estás loco! No voy a alejarme de Valentino. ¡Nunca! -Jennifer salió de mi oficina, dando un fuerte portazo al irse. Su partida me enfureció; no quería perderla.

La única forma en que ella se alejaría de Valentino sería si él se fuera de nuestras vidas para siempre. La única persona que podía ayudarme era Katherine Olson. Si ella lo denunciaba y lograba que lo metieran en prisión, Valentino ya no estaría con Jennifer.

Me puse el abrigo y salí de mi oficina directo a su casa. Ella tenía que escucharme; estaba en sus manos evitar que la vida de otra joven inocente estuviera en peligro.

-Rigoberto, lléveme a esta dirección, por favor -le ordené a mi chofer.

-Sí, señor, como ordene.

Veinte minutos después, estaba frente a la gran mansión de mi empleado. La casa era algo peculiar y estaba muy por encima de los estándares de una familia promedio que vive de un salario de cinco cifras al mes. ¡Yo no quería eso para mi hermana menor!

Bajé del auto, me aclaré la garganta y crucé el umbral, tocando el timbre en la enorme puerta marrón que presidía la entrada.

Me sorprendió que nadie abriera la puerta, ya que mi investigador privado me había informado que Katherine estaba en casa. Toqué el timbre de nuevo y, otra vez, no obtuve respuesta. Una oscura premonición se apoderó de mí, llenándome de nervios. Intenté forzar la puerta principal, pero fue en vano. Me dirigí a la parte trasera y encontré que la puerta de la cocina estaba entreabierta.

Entré, buscando a Katherine.

-¡Katherine! Disculpe, soy Leandro Mackenzie. ¡Katherine! -llamé, pero no obtuve respuesta.

Tal vez había salido y mi investigador no la vio. Movido por la curiosidad de saber cómo vivían, empecé a recorrer cada rincón de la casa. Cada espacio era frío y parecía desolado, reflejando una profunda tristeza y soledad que me dio escalofríos.

El polvo acumulado en los muebles era evidencia de un abandono obvio, un signo palpable de depresión.

Subí las escaleras lentamente, mirando a mi alrededor. La mansión, vieja y desordenada, mostraba signos de decadencia. Abrí la puerta de una de las habitaciones; era la habitación de invitados, y no vi nada fuera de lo común. Al final del pasillo, había una habitación con la puerta entreabierta. A medida que me acercaba, mi corazón palpitaba con fuerza, como si intuyera que iba a encontrar algo aterrador. Me apresuré y abrí la puerta, quedando completamente petrificado al ver su pequeña figura extendida en la cama.

Sí, era ella, la pobre Katherine, que estaba completamente inconsciente, ni siquiera dormida, ¿o tal vez muerta? Junto a ella estaba su teléfono celular y un frasco de pastillas, derramadas sobre la cama, un claro indicio de que había intentado acabar con su vida.

-¡Katherine! ¡Katherine! ¿Qué hiciste, mujer? -La levanté en mis brazos. Su rostro aún reflejaba las manchas púrpuras de los golpes que el salvaje le había dado. Quería desmayarme; me hubiera gustado agarrarlo por el cuello y matarlo con mis propias manos, pero esa criatura no merecía existir ni ser nombrada.

Bajé las escaleras con ella en mis brazos y encontré la puerta principal. Salí y fui hacia el auto.

-Rigoberto, ayúdeme, por favor.

-Claro, señor. -Rigoberto salió corriendo, abrió la puerta trasera y me ayudó a colocarla en el asiento. Rápidamente subió al auto y arrancó con velocidad.

-Lléveme a la clínica Mercy, a la parte de medicina privada, por favor.

-Claro, señor.

Apoyé la cabeza de la pobre Katherine en mi regazo. Sus rasgos perfectos, su rostro inocente y su cuerpo con curvas me hacían tener pensamientos nefastos y confusos. Katherine tenía 25 años y yo 41. Tragué saliva con arrepentimiento por encontrar atractiva a una mujer de su edad, tan cercana a la edad de mi hermana Jennifer. Aunque mi hermana tenía 22 años, la diferencia no era mucha.

Sacudí su cabeza, intentando que volviera en sí, pero no reaccionaba. ¿Qué habías hecho, niña?

-Resiste, Katherine, por favor, resiste -repetía, acariciando su suave mejilla.

Su semblante era terrible; su rostro pálido reflejaba demasiada tristeza, y me conmovió saber que mi hermana era la causa de ese dolor.

Unos minutos después, llegamos a la clínica. Rigoberto me ayudó a colocarla en una camilla.

-¡Ayúdenla, por favor! Parece que se intoxicó o intentó quitarse la vida. ¡Ayuda!

-Claro, señor -respondió una enfermera desde lejos-. Por favor espérenos aquí, no puede entrar.

Katherine fue llevada por el pasillo oscuro del hospital, y yo me quedé afuera esperando alguna noticia sobre su vida. Pasaron las horas mientras permanecía allí; aunque perfectamente podría haber llamado a Valentino, no tenía forma de explicar cómo la había encontrado en ese estado. Sin embargo, decidí quedarme con ella hasta que despertara y pudiéramos hablar.

Mientras esperaba, logré ver los mensajes de mi hermana en su teléfono. Jennifer tenía un corazón de piedra. Lo peor era que ella también corría el riesgo de terminar como Katherine. Ese pensamiento me estremeció.

Anterior
            
Siguiente
            
Descargar libro

COPYRIGHT(©) 2022