Ethan soltó una risa seca, un sonido carente de humor que erizó los vellos de la nuca de Alicia. Se acercó al ventanal, observando el tráfico de la ciudad antes de girarse de nuevo hacia ella.
-No es un juego, Alicia. Es una auditoría de vida -respondió él, dando un paso hacia su espacio personal-. Liam no es un desconocido cualquiera. Es el hijo de uno de los principales inversores de esta editorial. Si se sabe que estuviste con él antes de que terminara en una unidad de cuidados intensivos, tu carrera como escritora morirá antes de que publiques el primer párrafo.
Alicia sintió un vacío en el estómago, pero su instinto de supervivencia disparó una respuesta cargada de veneno.
-¿Y tú qué? -lo desafió, acercándose hasta que sus rostros quedaron a milímetros-. Estabas allí. En el baño. Drogándote conmigo. Si yo caigo, tú vienes conmigo al fango, "consultor".
Ethan sonrió, pero sus ojos permanecieron fríos, calculadores.
-A diferencia de ti, yo sé borrar mis huellas -murmuró él, bajando el tono de voz-. La pregunta aquí es: ¿Vas a colaborar conmigo para descubrir quién atacó a Liam o prefieres esperar a que la policía toque a tu puerta con una orden de arresto?
Alicia se apartó bruscamente, dándole la espalda. El ruido en su cabeza, ese que intentó apagar la noche anterior con alcohol y pastillas, regresaba con la fuerza de un martillo hidráulico.
-¿Por qué te importa tanto Liam? -preguntó ella sin mirarlo.
-No me importa Liam -confesó Ethan, y por primera vez hubo una nota de sinceridad brutal en su voz-. Me importa lo que él tenía en el coche. Algo que tú podrías haber visto, o que podrías haberte llevado sin darte cuenta en medio de tu... frenesí.
Alicia recordó el coche de Liam. La penumbra, el olor a cuero, la urgencia de sus manos. No había prestado atención a nada más que a sus propios sentidos nublados.
-No vi nada -dijo Alicia con firmeza.
-Entonces vamos a tener que refrescarte la memoria -sentenció Ethan, caminando hacia la puerta y abriéndola para que ella saliera primero-. Recoge tus cosas. Nos vamos.
-¿A dónde? -quiso saber ella, con un tono desafiante pero ya derrotada por la lógica de la situación.
-A revivir la noche, Alicia. Pero esta vez, vas a mantener los ojos muy abiertos.
Alicia salió del despacho sintiendo las miradas de sus compañeros. Sabía que estaba entrando en un túnel oscuro, y que Ethan, el hombre con el que había compartido fluidos y secretos en un baño mugriento, era el único que tenía la linterna. O quizás, era él quien la estaba empujando hacia el precipicio.
La tensión en el despacho de la editorial era solo el preludio. Alicia sentía que el control se le escapaba entre los dedos, y esa sensación, lejos de asustarla, despertaba en ella una sed de caos que solo la violencia de sus impulsos podía saciar.
Ethan no esperó a que ella se moviera. Cerró la puerta del despacho con un seguro electrónico que resonó como una sentencia. El silencio que siguió fue denso, cargado de una electricidad peligrosa.
-No te vas a ir a ningún lado hasta que me digas qué sacaste de ese coche, Alicia -dijo Ethan, su voz era ahora un susurro gélido mientras la acorralaba contra el escritorio de roble.
-Te dije que no vi nada. Estaba ocupada... disfrutando de lo que tú no pudiste terminar -escupió ella, clavándole una mirada cargada de odio y desafío.
La reacción de Ethan fue instantánea. La sujetó por las muñecas, inmovilizándola contra la madera dura. El dolor del agarre hizo que Alicia soltara un gemido que se perdió entre la rabia y el deseo.
-Mientes -gruñó él. Con una mano libre, Ethan la tomó del cuello, no para asfixiarla, sino para obligarla a mirar el abismo en sus ojos-. Tu cuerpo te delata. Estás temblando, pero no es de miedo. Es de ganas.
Sin previo aviso, Ethan la giró con brusquedad, obligándola a inclinarse sobre el escritorio. Los papeles y manuscritos volaron al suelo. Alicia sintió el frío de la superficie metálica de su computadora contra su mejilla mientras Ethan, con movimientos violentos y expertos, le levantaba la falda.
-¿Quieres sentir algo real? -le susurró al oído, su aliento quemándole la piel-. Esto es lo único real que tienes ahora.
Él no fue delicado. Bajó su cierre con un tirón seco y la penetró sin preámbulos, con una fuerza que hizo que el escritorio crujiera. Alicia apretó los dientes, enterrando sus uñas en la madera, dejando surcos en el barniz. No hubo ternura, solo una colisión de necesidades oscuras. El ritmo era errático, violento, un castigo que ambos buscaban para silenciar sus demonios. Alicia echó la cabeza hacia atrás, soltando un grito ahogado que quedó atrapado entre las paredes insonorizadas del despacho. En ese momento, la humillación se mezclaba con un placer punzante, una droga más potente que cualquier polvo blanco.
Cuando él terminó, la soltó con un desprecio casi mecánico. Alicia se quedó apoyada sobre el mueble, respirando con dificultad, sintiendo el ardor en su piel y el vacío volviendo a reclamar su lugar.
Minutos después, estaban fuera. El coche de Ethan rugía por las calles hasta detenerse en el callejón trasero de la discoteca de la noche anterior. El cordón policial ya no estaba, pero el olor a basura y orina seguía impregnado en las paredes de ladrillo.
-Bájate -ordenó Ethan, tirando de su brazo.
La llevó hasta el punto exacto donde Liam había sido emboscado. En el suelo, todavía había una mancha oscura y seca: sangre.
-Mira eso, Alicia. Eso es lo que pasa cuando juegas con gente que no conoces -dijo él, obligándola a arrodillarse frente a la mancha-. Liam tenía un maletín. Un maletín que no aparece. Y tú eres la última sombra que captaron las cámaras antes del ataque.
Alicia miró la sangre. De repente, un destello de la noche anterior cruzó su mente. El forcejeo, el sonido de algo pesado golpeando el pavimento mientras ella se alejaba tambaleante.
-Vi a alguien -susurró ella, su voz temblando por primera vez-. No era un hombre. Había una mujer en las sombras cuando salí del coche de Liam. Tenía algo en la mano... algo metálico.
-¿Una mujer? -Ethan frunció el ceño, su expresión se endureció-. Si es quien yo creo, Alicia, desearás que la policía te hubiera atrapado primero.
En ese momento, el motor de una motocicleta rugió a la entrada del callejón. Una figura vestida de cuero negro, con el casco puesto, los observaba desde la distancia. Antes de que pudieran reaccionar, el conductor aceleró, lanzando una botella de vidrio que estalló a pocos centímetros de ellos, envolviendo el suelo en llamas instantáneas.
-¡Corre! -gritó Ethan, cubriendo a Alicia mientras el fuego empezaba a lamer las paredes del callejón.