-No te acuerdas de mi, es enserio oh por dios no lo puedo creer de veras tan rico que las pasamos en la discoteca-. Dijo Ethan
Alicia, soltaba una risa demoniaca
-Ja,ja,ja, no se, ni me interesa. Solo fue una noche que ni recuerdo si puede bajarte esa nube.
Ethan, sorprendido por la reacción de Alicia, Pero insistió mil veces.
-Te invitó está noche a vernos un rato sino está ocupada.
-Desde luego si estoy ocupada, lo siento a demás no entiendo cómo conseguiste mi número.- respondió Alicia
Ethan, por un momento quedó en silencio seputral.
-Ah bueno, entonces luego una amiga tuya me la dió en la discoteca.
Alicia, colgababa el local
-Esta puta me va a escuchar
Alicia soltó el auricular con una violencia que hizo que el aparato rebotara contra la base metálica. El silencio de su apartamento, que hace unos segundos le parecía un refugio para su placer, ahora se sentía cargado de una paranoia eléctrica. El humo del tabaco cubano flotaba en espirales lentas, pero su ritmo cardíaco ya no era el del whisky; era el de la cacería.
-Maldita sea, Sofía -siseó entre dientes, frotándose la sien donde empezaba a punzarle una migraña incipiente.
No había otra. Sofía era la única con la boca lo suficientemente floja y el juicio lo suficientemente nublado por el alcohol como para entregar su contacto a un tipo que Alicia había despachado en un baño.
Para Alicia, la privacidad era la única frontera que le quedaba en una vida donde ya no existían los límites morales.
Se levantó del sofá, dejando el whisky a medias. La excitación de hace unos minutos se había transformado en una energía gélida y analítica. Caminó hacia el ventanal que daba a las calles de Nueva York; desde su altura, la ciudad parecía un circuito integrado, lleno de luces que no significaban nada.
El teléfono volvió a sonar.
Alicia se quedó estática, observando el aparato como si fuera una serpiente a punto de atacar. Dejó que sonara una, dos, tres veces. El sonido taladraba las paredes de su cráneo. Al cuarto timbrazo, lo descolgó, pero no dijo nada. Se limitó a pegar el receptor a su oído, escuchando la respiración del otro lado.
-Sé que estás ahí, Alicia -la voz de Ethan sonaba más grave, despojada de la pretensión de la primera llamada-. No soy un tipo que acepte un "no" cuando sé que me estabas buscando con la mirada antes de que siquiera cruzáramos una palabra.
-Lo que tú creas saber me tiene sin cuidado, Ethan -respondió ella, con la voz plana, gélida-. Conseguir mi número es cruzar una línea. Y a mí me gusta jugar con fuego, pero no me gusta que me quemen la casa.
-No quiero quemar nada. Solo quiero terminar lo que la música interrumpió -insistió él. Se escuchaba el ruido de un motor potente de fondo, el rugido de un coche desplazándose por la Quinta Avenida-. Estoy a diez minutos de tu edificio. O bajas, o subo. Y ambos sabemos que no quieres que arme un espectáculo en tu recepción.
Alicia apretó el tabaco contra el cenicero de cristal, aplastándolo hasta que solo quedó ceniza. Una parte de ella, la parte cuerda, le decía que llamara a seguridad. Pero la otra, la que vivía de la adrenalina y el caos, sintió un escalofrío de anticipación.
-Piso 12 -dijo ella finalmente, antes de colgar de nuevo.
Se miró al espejo del pasillo. Tenía el cabello revuelto, las pupilas aún algo dilatadas y el rostro marcado por el cansancio de una vida al límite. Se retocó el labial rojo, oscuro como la sangre seca, y se sirvió un último trago de whisky de un solo golpe.
Si Ethan quería jugar a ser el acosador persistente, ella le enseñaría que entrar en su apartamento era mucho más fácil que salir de él. Escuchó el timbre del ascensor resonando en el pasillo. La noche, que prometía ser de soledad y calma química, acababa de dar un giro hacia lo desconocido.
Alicia abrió la puerta y se encontró con Ethan, quien sostenía un enorme ramo de flores y una botella de vino de 1877. Con un gesto seco, lo dejó pasar al interior.
-Al fin te encuentro. Guao, qué bonito apartamento tienes. Me imagino que es tuyo, ¿cierto? -dijo Ethan con una risita, tratando de romper el hielo mientras recorría el lugar con la mirada.
Alicia lo volteó a mirar con desprecio, sin ocultar su irritación.
-No, pedazo de pendejo, es de tu madre. ¿No ves? Obvio que es mío, pedazo de imbécil -respondió ella, tajante.
A pesar del insulto, Ethan no se inmutó; se sentó en el sofá observando a Alicia, quien lucía un vestido que le robaba toda la atención. Ella, todavía envuelta en esa energía errática, se sentó en el mismo sofá, manteniendo una distancia mínima. Ethan comenzó a acariciar las piernas de Alicia con lentitud, subiendo hasta que su dedo índice rozó su vagina. Alicia dio un salto involuntario, soltando un jadeo.
-Ay, qué rico... -susurró ella, cerrando los ojos.
Ethan aprovechó el momento para seguir seduciéndola, profundizando la caricia al meter dos de sus dedos en la vagina de Alicia con un ritmo experto.
-Así, así... no pares -gritaba Alicia, mordiéndose los labios mientras la cabeza se le iba hacia atrás.
De pronto, Alicia lo empujó contra el respaldo del sofá con fuerza. Se montó encima de él en un movimiento ágil y desesperado, guiando el pene de Ethan para introducirlo en su vagina de un solo golpe. Alicia ya no se reía; ahora gritaba de puro placer, entregada por completo al frenesí del encuentro mientras el resto del mundo desaparecía tras la puerta de su apartamento.