Llegaron a un loft industrial en las afueras, un lugar que olía a metal, cuero viejo y aislamiento. En cuanto la puerta se cerró tras ellos, el silencio fue roto por el sonido de una bofetada. No de Ethan hacia ella, sino de Alicia hacia él, descargando toda la furia contenida de las últimas horas.
-¡Me vas a decir ahora mismo quién es esa puta! -gritó Alicia, su voz quebrada por la rabia y el humo que aún sentía en los pulmones-. ¡Casi me queman viva por tu culpa, maldito seas!
Ethan la sujetó de las muñecas, estampándola contra la puerta de acero. Sus ojos estaban inyectados en sangre, vibrando con una intensidad animal.
-¡Cierra la puta boca, Alicia! -rugió él, su rostro a centímetros del de ella-. ¿Crees que esto es un juego de oficina? Esa mujer es alguien que no deja testigos. Si estás viva es porque ella quería que viéramos el fuego.
-¡Me importa una mierda quién sea! -escupió ella, forcejeando con una fuerza desesperada-. Me usaste de cebo. Me follaste en ese escritorio para marcar territorio y luego me llevaste al matadero. Eres un hijo de puta.
-Soy el único que evita que acabes como Liam, en una bolsa de plástico -dijo Ethan, su voz bajando a un barítono peligroso-. Pero si quieres pelear, Alicia, vamos a pelear de verdad.
La tensión entre ambos explotó. Ya no era solo miedo; era una necesidad química de borrar el horror de la muerte con la violencia del sexo. Alicia le desgarró la camisa, volando los botones, mientras Ethan la levantaba en vilo, obligándola a enredar sus piernas alrededor de su cintura.
-Hazme olvidar -gimió ella, mordiéndole el hombro hasta sacarle sangre-. Hazme sentir que no voy a morir hoy, pedazo de animal.
-Te voy a quitar las ganas de gritar -sentenció él.
Caminó con ella a cuestas hasta una mesa de trabajo metálica, apartando herramientas y planos con un movimiento violento de su brazo.
La dejó caer sobre el metal frío y, sin preámbulos, le arrancó lo que quedaba de su ropa. Alicia estaba encendida, su cuerpo exigiendo un castigo que la sacara del shock.
-Fóllame hasta que me duela, Ethan -desafió ella, abriéndose de piernas con una impudicia salvaje-. Demuéstrame que eres más que un cobarde con un traje caro.
Él no se hizo esperar. Se liberó con urgencia y la penetró de un solo golpe, profundo y seco. Alicia soltó un grito que fue mitad agonía y mitad éxtasis, arqueando la espalda mientras sus uñas buscaban carne en la espalda de Ethan. El ritmo no fue humano; era un choque de trenes, una coreografía de odio y deseo donde el placer se extraía a base de fricción bruta y gemidos desgarradores.
-¿Esto es lo que querías? -gruñó Ethan entre dientes, golpeando su cuerpo contra el de ella con una fuerza que hacía vibrar la mesa-. ¿Esto es lo que te apaga el ruido de la cabeza, pequeña perra suicida?
-¡Más fuerte! -gritaba Alicia, con la mirada perdida en las vigas del techo, sus manos apretando los bordes del metal hasta que sus nudillos se pusieron blancos-. ¡No te detengas, maldito seas, no me dejes pensar!
El encuentro fue una carnicería erótica. No hubo besos, solo mordiscos; no hubo caricias, solo marcas de dedos que quedarían como tatuajes temporales en sus muslos. Cuando ambos llegaron al clímax, fue una explosión de espasmos que los dejó vacíos, temblando sobre la mesa mientras el sudor goteaba sobre el metal.
Después de lo que parecieron horas, el silencio regresó, pero esta vez cargado de una pesadez distinta. Alicia se incorporó, limpiándose la comisura de los labios y buscando sus cigarrillos entre los restos de su ropa.
-Esa mujer... -dijo Alicia, encendiendo el tabaco con manos temblorosas-. Es la misma que vi en el coche de Liam. Tenía un maletín de metal negro.
Ethan, que se estaba subiendo los pantalones mientras observaba por la ventana la calle desierta, se giró bruscamente.
-¿Un maletín negro? -preguntó, su rostro palideciendo-. Alicia, ¿estás segura de que era negro y no plateado?
-Negro mate. Con un sello que parecía un círculo tachado -respondió ella, soltando el humo con lentitud-. ¿Qué carajo hay ahí dentro para que valga una vida?
Ethan se acercó a ella, tomándola de la cara con una seriedad que la hizo estremecer.
-En ese maletín están los nombres de todos los que lavan dinero a través de la editorial. Incluyendo a gente que hace que yo parezca un santo. Si esa mujer lo tiene, Liam ya está muerto, aunque su corazón siga latiendo en el hospital. Y nosotros... nosotros somos el cabo suelto que ella tiene que quemar.
-Entonces tenemos que encontrarla antes de que ella nos encuentre -dijo Alicia, con una resolución fría que no sabía que poseía-. No voy a morir en un callejón por los pecados de otros.
-Para encontrarla, Alicia, vas a tener que bajar al fango de verdad -advirtió Ethan-. Ella frecuenta un lugar llamado "El Vacío". Es un club donde la luz del sol no entra y donde la moral se queda en la puerta. Si entramos ahí, no hay vuelta atrás.
-Ya crucé esa línea anoche en el baño de la discoteca, Ethan -respondió ella, levantándose y caminando hacia el baño para lavarse la sangre y el sexo de la piel-. Prepárate. Si vamos a ir al infierno, quiero ir bien vestida.
El club estaba situado en un sótano de una antigua fábrica de carne. El aire era pesado, saturado de incienso barato, sudor y el aroma metálico de la sangre. La música no era baile; era un zumbido industrial que hacía vibrar los dientes.
Alicia vestía un cuero negro que se sentía como una segunda piel, sus ojos delineados de una oscuridad que ocultaba su miedo. Ethan caminaba a su lado, con una mano posesiva en su cintura, pero esta vez no era solo deseo; era protección.
-No hables con nadie -le susurró él al oído mientras bajaban las escaleras-. Aquí, las palabras se pagan con dientes. Solo observa.
Al fondo del local, en una zona VIP protegida por hombres que parecían armarios empotrados, estaba ella. La mujer de la motocicleta. Se había quitado el casco y su cabello platino brillaba bajo las luces estroboscópicas rojas. Sobre la mesa, descansaba el maletín negro.
-Es ella -dijo Alicia, sintiendo que el corazón le martilleaba el pecho.
-Quédate aquí -ordenó Ethan-. Voy a intentar un acercamiento. Si ves que las cosas se ponen feas, corre hacia la salida trasera. No mires atrás.
-Ni de coña, Ethan -respondió Alicia, sacando una pequeña navaja que había robado del loft-. Vinimos juntos a esto. Si ella quiere sangre, le daremos la nuestra, pero no se la llevará gratis.
Caminaron hacia la mesa, desafiando las miradas de los matones. La mujer del cabello platino levantó la vista y sonrió. No era una sonrisa de bienvenida, sino la de un depredador que ve a su presa entrar voluntariamente en la jaula.
-Vaya, vaya -dijo la mujer, su voz era como seda sobre cristales rotos-. Los amantes del callejón. Pensé que estarían demasiado ocupados lamiéndose las heridas como para venir a buscarme.
-Queremos el maletín, Vanessa -dijo Ethan, su voz firme pese a la desventaja numérica-. Sabemos qué hay dentro. Y sabemos que no tienes comprador todavía.
-¿El maletín? -Vanessa soltó una carcajada que se perdió en el estruendo de la música-. Esto ya no se trata de dinero, Ethan. Se trata de quién sobrevive para contar la historia. Y me temo que Alicia tiene un talento especial para los finales trágicos.
Vanessa hizo una señal discreta a sus hombres. El círculo se cerró alrededor de ellos. Alicia sintió la adrenalina recorrerle la columna. Sabía que en los próximos minutos, su vida se decidiría entre la violencia de los puños y el frío del acero. Pero por primera vez en treinta años, el ruido en su cabeza se había apagado por completo. Solo quedaba el instinto. El hambre. Y las ganas de destrozar a quien se atreviera a interponerse en su camino.
-¡Ahora! -gritó Alicia, lanzándose hacia la mesa mientras el caos estallaba a su alrededor.