-Te dije que no podías decirme que no -susurró Alicia, estirando la mano para alcanzar un cigarrillo que había dejado en la mesa de noche.
Ethan, con el brazo cubriéndose los ojos para bloquear la luz que entraba por el balcón, soltó una risa ronca.
-Eres insaciable, Alicia. A veces dudo si te casaste conmigo o con mi entrepierna.
-No te equivoques, cariño -respondió ella, expulsando el humo hacia el techo artesonado-. Me casé con la idea de tenerte a mi disposición. El anillo es solo el contrato de exclusividad.
Se levantó desnuda y caminó hacia el balcón. Desde allí, la Sagrada Familia se alzaba como un esqueleto de piedra bajo el sol de la tarde. Alicia sintió un escalofrío.
Un mes de matrimonio y ya sentía que las paredes se le venían encima. La "felicidad" doméstica le picaba en la piel como una alergia.
De pronto, su teléfono, oculto en el fondo de su bolso de marca, vibró. No era el tono de llamada normal. Era un pitido corto, seco. Un mensaje de un número que no debería existir.
"Barcelona es pequeña, Alicia. Disfruta la luna de miel mientras el pasado no te encuentre."
La sangre se le congeló. Alicia apretó el cristal de la barandilla con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos. ¿Cómo la habían encontrado? Ella había borrado sus huellas antes de salir de Manhattan.
-¿Pasa algo, nena? -preguntó Ethan desde la cama, notando su rigidez.
Alicia guardó el teléfono rápidamente y esbozó una sonrisa depredadora, la misma que usaba para engañar a los lobos.
-Nada. Solo pensaba que esta ciudad tiene demasiadas iglesias. Y tú y yo ya cumplimos con Dios en Nueva York. Prepárate, Ethan.
Esta noche vamos a salir a buscar algo más... fuerte que el vino del hotel.
Se dio la vuelta, ocultando el temblor de sus manos. La cacería ya no era solo un juego erótico en su sofá de Nueva York; ahora, alguien más estaba moviendo las fichas en el tablero, y ella no pensaba ser la presa de nadie.
La atmósfera en la suite se volvió asfixiante para Alicia. El mensaje en su celular era un fantasma que no podía ignorar. Necesitaba aire, pero sobre todo, necesitaba el caos que Ethan ya no le proporcionaba con un anillo en el dedo.
-Voy a salir a caminar, Ethan. Quiero sentir Barcelona a solas, sin que me hables de la arquitectura o del menú -dijo ella, poniéndose unas gafas oscuras y recogiendo su bolso.
Ethan levantó la vista de la cama, confundido.
-¿A solas? Alicia, acabamos de llegar. Es nuestra luna de miel, déjame acompañarte. No conoces la ciudad y puede ser peligroso.
Alicia lo miró con una frialdad que cortaba el aliento.
-Peligrosa soy yo, Ethan. Quédate aquí, descansa esa "fatiga" que tenías hace un rato. Volveré cuando me dé la gana.
Sin esperar respuesta, cerró la puerta de un golpe. Ethan, suspirando con frustración, abrió su laptop para distraerse con el trabajo, mientras Alicia bajaba al lobby con el corazón latiendo a mil por hora.
Caminó por las Ramblas, perdiéndose entre la multitud, hasta que el neón de una discoteca subterránea llamó su atención. El nombre brillaba en un rojo pecaminoso. Entró, dejando que los bajos de la música le retumbaran en el pecho. Fue directo a la barra.
-Whisky. Doble. Sin hielo -ordenó.
Antes de que pudiera dar el primer trago, una voz conocida, gélida y masculina, le susurró al oído:
-Te gustó el mensaje que te envié, ¿verdad? Veo que no has perdido el tiempo.
Alicia se quedó petrificada. Al girar la cabeza, se encontró con Liam. Sus ojos eran dos pozos de oscuridad que ella conocía demasiado bien de su pasado antes de Nueva York.
-¿Te acuerdas de mí, Alicia? -dijo él con una sonrisa de medio lado, haciendo una señal al barman para pagar la cuenta-. Déjame invitarte. Un caballero siempre cuida a una dama que parece estar huyendo de algo.
Alicia sintió una descarga de adrenalina. Metió la mano en su bolso, rozando las bolsas de polvo blanco que llevaba un mes ignorando por "respeto" a su matrimonio. El peso de la droga y la presencia de Liam eran una tentación suicida.
-No estoy huyendo, Liam. Estoy buscando -respondió ella, terminando su copa de un trago.
-Entonces deja de buscar en este antro de mala muerte. Mi departamento está cerca. Tengo mejor whisky y mucha más privacidad.
El lugar era minimalista, frío, con grandes ventanales que daban a la ciudad. Alicia se sentó en el sofá de cuero, sintiendo cómo el alcohol y la droga que acababa de consumir empezaban a nublarle el juicio de la mejor manera posible.
Liam no perdió tiempo. Se arrodilló frente a ella con una lentitud calculada, observándola como un depredador. Alicia echó la cabeza hacia atrás, sintiendo el frío del cuero contra su espalda. Sin decir una palabra, Liam deslizó sus manos por los muslos de ella, enganchando sus dedos en la seda de su pantaleta y bajándola con suavidad pero con firmeza.
Alicia soltó un gemido ronco cuando sintió el aire fresco de la habitación en su piel. Liam inclinó la cabeza y, con una destreza que la hizo arquear la espalda, comenzó a pasar su lengua por su vagina.
-¡Ahhh! ¡Sí, Liam! ¡Así! -gritaba Alicia, olvidándose de Ethan, del hotel y de su boda.
El placer era violento, eléctrico. Se aferró al cabello de Liam mientras las sacudidas del orgasmo empezaban a invadirla, entregada totalmente a la traición en su propia luna de miel.
El silencio en el departamento de Liam era sepulcral, solo interrumpido por su respiración pesada mientras dormía profundamente, ajeno al caos interno de la mujer a su lado. Alicia se quedó un momento estática, observándolo desde la penumbra. La euforia química empezaba a descender, dejando en su lugar una lucidez amarga y el sabor metálico del whisky barato en la lengua.
Sin hacer ruido, Alicia se incorporó. Sus movimientos eran mecánicos, casi coreografiados por la costumbre de una vida de huidas. Se puso la ropa interior, se subió el vestido y buscó sus tacones esparcidos por la alfombra. Al recoger su bolso, sus dedos rozaron el sobre de la droga; quedaba poco, pero suficiente para recordarle que el control era solo una ilusión.
Se miró al espejo del recibidor de Liam. El labial estaba corrido y sus ojos tenían un brillo salvaje, casi animal. Se pasó las manos por el cabello para intentar domarlo y salió del edificio hacia la brisa fría de la madrugada barcelonesa.
Caminó por las calles vacías de Barcelona, sintiendo que el eco de sus propios pasos la juzgaba. Al llegar al hotel de lujo, el recepcionista le dedicó una inclinación de cabeza profesional, pero Alicia ni siquiera lo miró. Subió en el ascensor, observando los números iluminarse: 10, 11, 12... El piso de su nueva "realidad".
Abrió la puerta de la suite con la tarjeta magnética. El sonido del clic le pareció un disparo en medio de la noche.
La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por el brillo azulado de la pantalla de la laptop de Ethan, que se había quedado encendida sobre el escritorio. Él estaba profundamente dormido en la inmensa cama, con la sábana a medio caer.
Parecía tan tranquilo, tan estúpidamente confiado.
Alicia dejó el bolso en una silla y se quedó de pie al borde de la cama, observando a su esposo. Hace apenas unas horas, él le decía que estaba cansado; hace apenas una hora, otro hombre la hacía gritar en un sofá ajeno.
Se desvistió con lentitud, dejando caer su ropa en un montón desordenado sobre la alfombra. Se deslizó entre las sábanas frías, manteniendo una distancia prudente de Ethan. Él se movió entre sueños y, por instinto, estiró un brazo para buscarla.
-¿Alicia? -murmuró él, con la voz pastosa por el sueño-. ¿Qué hora es...?
-Shhh... Duerme, Ethan -susurró ella, cerrando los ojos y sintiendo cómo el aroma de Liam todavía se aferraba a su piel a pesar de la distancia-. Ya estoy aquí. No ha pasado nada.
Alicia se quedó mirando la oscuridad del techo, esperando que el sueño llegara antes que la culpa, aunque sabía perfectamente que, en su mundo, la culpa era lo único que nunca llegaba a visitarla.