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La Venganza de la Esposa Sustituta
img img La Venganza de la Esposa Sustituta img Capítulo 2 El Retorno de la Reina
2 Capítulo
Capítulo 6 La Gran Entrada img
Capítulo 7 El Fantasma en el Espejo img
Capítulo 8 El Precio de las Cenizas img
Capítulo 9 Tres años demasiado tarde img
Capítulo 10 El Precio de la Historia img
Capítulo 11 El Reflejo de la Reina img
Capítulo 12 El Asedio del Rey Caído img
Capítulo 13 El Desprecio y la Piedad img
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Capítulo 2 El Retorno de la Reina

El Aeropuerto Internacional de la ciudad nunca había parecido tan pequeño a los ojos de Ivy. Tres años atrás, había cruzado esas mismas puertas con una maleta rota, los ojos hinchados de tanto llorar y el alma hecha jirones. Hoy, el aire acondicionado de la terminal privada se sentía como un susurro de bienvenida para la mujer que descendía de su jet ejecutivo Gulfstream G650.

El sonido de sus tacones de aguja, unos Stiletto de suela roja, golpeaba el suelo de granito con una cadencia metálica y decidida. Ya no era el paso vacilante de la chica que caminaba sobre cáscaras de huevo para no despertar la ira de un hombre ciego. Era el paso de una cazadora.

Ivy se ajustó sus gafas de sol sobredimensionadas de la marca Celine, ocultando unos ojos que habían visto demasiada miseria como para volver a mostrar debilidad. Vestía un traje de dos piezas de seda color crema que se ajustaba a su figura con una precisión arquitectónica. Su cabello, antes largo y descuidado, ahora lucía un corte bob asimétrico perfectamente peinado que enmarcaba un rostro más afilado, más maduro, más letal.

-Señora Sterling, el equipo de seguridad la espera en la salida 4 -dijo Julian, su mano derecha, caminando medio paso detrás de ella mientras revisaba una tableta-. Los informes de la subasta del terreno en el Distrito Financiero están listos. Blackwood Enterprises ha estado moviendo sus fichas agresivamente esta mañana. Creen que el terreno es suyo.

Ivy esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos. Una sonrisa que era puramente profesional y peligrosamente gélida.

-Que lo crean -respondió ella. Su voz había bajado un octavo, perdiendo la fragilidad de la juventud y ganando la textura de la autoridad-. La confianza es el primer paso hacia la caída. ¿Cómo está Leo?

La mención de su hijo fue lo único que suavizó momentáneamente la línea dura de sus hombros.

-Llegó a la residencia privada hace una hora con la niñera. Se está adaptando bien. Preguntó por usted, pero le dije que la "Reina de las Casas" tenía un reino que reclamar.

Ivy asintió. "La Reina de los Bienes Raíces". Ese era el apodo que la prensa financiera de Londres y Nueva York le había otorgado después de que lograra revitalizar el sector inmobiliario en zonas de conflicto y convertir ruinas industriales en los lofts más caros del mundo. Había operado bajo el nombre de Ivy Sterling, borrando cualquier rastro de la "Ivy Sinclair" que fue expulsada bajo la lluvia.

Al salir de la terminal, un convoy de tres camionetas negras blindadas la esperaba. Los guardaespaldas abrieron la puerta trasera del vehículo central con una reverencia sincronizada. Ivy entró, sumergiéndose en el aroma a cuero nuevo y silencio absoluto.

Mientras la camioneta avanzaba por las calles de la ciudad que una vez la despreció, Ivy observó el paisaje urbano a través de los cristales tintados. Pasaron frente a la antigua mansión de sus padres. Había un cartel de "Embargado" en la reja. Sus labios se curvaron ligeramente. Había sido su primera transacción desde el extranjero: comprar las deudas de su familia biológica a través de terceros y dejar que el banco hiciera el trabajo sucio. No por necesidad, sino por orden.

-Pon las noticias locales -ordenó Ivy.

Julian encendió la pantalla integrada en el respaldo del asiento delantero. La imagen de un hombre inundó la cabina. Damian Blackwood.

Se veía igual, y sin embargo, diferente. La ceguera le había dado una cualidad vulnerable que ahora había desaparecido por completo, reemplazada por una arrogancia depredadora. Estaba dando una entrevista frente al sitio de construcción de lo que pretendía ser la "Torre Blackwood", el centro comercial más grande de la región. A su lado, aferrada a su brazo con una sonrisa de porcelana, estaba Elena.

Elena Sinclair lucía joyas que Ivy reconoció de inmediato: la colección de esmeraldas de la familia Blackwood. Las mismas que Damian le había prometido a Ivy en una noche de debilidad en la oscuridad, llamándola "su tesoro".

-...estamos entusiasmados por cerrar esta adquisición mañana -decía Damian a la cámara, su voz profunda enviando un eco de memoria involuntaria por la columna de Ivy-. No hay nadie en esta ciudad capaz de superar la oferta de Blackwood Enterprises por el terreno de la calle 5. Es el pilar de nuestro futuro.

Ivy extendió su mano delgada, de uñas perfectamente pintadas en color borgoña, y apagó la pantalla con un toque seco.

-Julian, ¿cuál es el presupuesto máximo que Damian aprobó para esa subasta?

-Doscientos cincuenta millones, señora. Sus asesores le han dicho que es una cifra imbatible dado el estado actual del mercado local.

-Prepara la transferencia para trescientos millones -dijo Ivy con naturalidad, como si estuviera ordenando un café-. Y asegúrate de que el depósito provenga de la cuenta de Phoenix Estate. Quiero que mi nombre sea lo último que vea antes de que se dé cuenta de que ha perdido el suelo que pisa.

-Entendido. Por cierto, la gala benéfica de la Fundación del Hospital General es esta noche -añadió Julian con cautela-. Todos los nombres importantes de la ciudad estarán allí. Incluyendo a los Blackwood. Sería la plataforma perfecta para su presentación oficial.

Ivy miró por la ventana. Estaban cruzando el puente que conectaba el distrito residencial con el corazón financiero. Abajo, el río corría turbio por las recientes lluvias. Recordó el sabor del agua de lluvia en su boca aquella noche, mezclada con la humillación y el dolor del parto prematuro que casi le arrebata la vida semanas después en un hospital público de otro país.

-Esta ciudad tiene memoria corta, Julian -comentó ella, más para sí misma que para él-. Creen que la tragedia es algo que les sucede a los demás. Se olvidan de lo que sucede cuando dejas a alguien sin nada. Alguien que no tiene nada que perder, lo tiene todo por ganar.

-¿Asistirá entonces?

Ivy se quitó las gafas de sol. Sus ojos verdes, ahora fríos como esmeraldas bajo cero, se reflejaron en el espejo retrovisor.

-Oh, iré. Pero no iré como una invitada. Iré como el recordatorio de todos sus pecados. Quiero el vestido rojo que llegó de Milán. El que parece sangre bajo las luces de cristal.

-¿Quiere que anuncie su llegada?

-No. Quiero que el silencio hable por mí. Cuando entre en ese salón, quiero que Damian Blackwood sienta el mismo escalofrío que sintió el día que recuperó la vista. Pero esta vez, no será por alivio. Será por terror.

La camioneta se detuvo frente a un rascacielos de cristal y acero que servía como sede temporal de Phoenix Estate. Ivy bajó del vehículo, y por un momento, el tiempo pareció detenerse. Una ráfaga de viento levantó un poco de polvo del suelo, recordándole que el mundo seguía girando, incluso para aquellos que se creían dioses.

Caminó hacia la entrada, donde un ejército de empleados ya estaba alineado para recibirla. Ella no los miró. Su mente estaba en una suite de hotel de cinco estrellas donde un niño de tres años con los mismos ojos grises de Damian la esperaba para jugar. Leo era su debilidad, pero también su fuerza. Él era la razón por la que no se conformaría con recuperar lo que le quitaron; ella quería el imperio entero.

-Julian -dijo antes de entrar al ascensor privado.

-¿Sí, señora Sterling?

-Asegúrate de que Elena reciba una invitación personal... enviada a su nombre de soltera. Solo para recordarle que los títulos de "esposa" son tan fáciles de quitar como un vestido usado.

Las puertas del ascensor se cerraron, ocultando la expresión de Ivy mientras ascendía hacia la cima de su torre. El juego había comenzado. La Reina de los Bienes Raíces no estaba de vuelta para reclamar un lugar en la mesa. Estaba de vuelta para volcar la mesa y quemar el salón. Y Damian Blackwood, el hombre que una vez llamó a su amor "asco", estaba a punto de descubrir que no hay nada más caro en este mundo que el perdón de una mujer que aprendió a construir imperios sobre sus propias ruinas.

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