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La Venganza de la Esposa Sustituta
img img La Venganza de la Esposa Sustituta img Capítulo 5 El Color de la Guerra
5 Capítulo
Capítulo 6 La Gran Entrada img
Capítulo 7 El Fantasma en el Espejo img
Capítulo 8 El Precio de las Cenizas img
Capítulo 9 Tres años demasiado tarde img
Capítulo 10 El Precio de la Historia img
Capítulo 11 El Reflejo de la Reina img
Capítulo 12 El Asedio del Rey Caído img
Capítulo 13 El Desprecio y la Piedad img
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Capítulo 5 El Color de la Guerra

La tarjeta de invitación descansaba sobre el tocador de mármol de la suite principal del penthouse de Ivy. El papel pergamino grueso, los bordes biselados y la caligrafía dorada que deletreaba el nombre Blackwood brillaban bajo la luz de los candelabros de cristal. Era un trozo de papel elegante, diseñado para evocar prestigio y exclusividad, pero para Ivy Sterling, era un boleto de regreso al infierno del que había escapado.

Con un dedo tembloroso que rápidamente obligó a estabilizarse, trazó las letras del patrocinador principal. Damian Blackwood. El hombre que la había desechado como a un trapo sucio bajo la tormenta.

Faltaban tres horas para la gala. El reloj marcaba las cinco de la tarde, y el silencio en su penthouse era absoluto, un marcado contraste con el estruendo emocional que rugía en su interior.

La puerta de su habitación se abrió con un crujido suave, rompiendo el hechizo. Unos pasos pequeños y rápidos resonaron sobre la alfombra persa, seguidos de una risa cristalina.

-¡Mami!

Ivy se giró, y la frialdad en sus ojos verdes se disolvió instantáneamente, reemplazada por una calidez profunda y feroz. Leo entró corriendo a la habitación, sosteniendo un pequeño avión de juguete en su mano regordeta. Llevaba un peto de mezclilla y una camiseta a rayas, con sus rizos oscuros y rebeldes cayendo sobre su frente.

Pero fueron sus ojos los que siempre le robaban el aliento a Ivy. Eran de un gris tormenta, idénticos a los del hombre que estaba a punto de destruir.

Ivy se agachó y abrió los brazos, atrapando al niño en el aire cuando él se lanzó hacia ella. Enterró el rostro en el cuello de su hijo, aspirando el aroma a talco y manzanas que siempre lo acompañaba.

-¿Qué hace el dueño de mi corazón corriendo por los pasillos? -preguntó Ivy, besando su mejilla.

-El tío Julian dijo que te estabas poniendo tu armadura -respondió Leo, ladeando la cabeza con curiosidad mientras miraba el portatrajes negro que colgaba de la puerta del armario-. ¿Vas a pelear con dragones, mami?

Ivy soltó una pequeña risa que sonó más como un suspiro entrecortado. Acarició el cabello oscuro de Leo, sintiendo el peso de la responsabilidad anclándola a la realidad. No estaba haciendo esto solo por venganza; lo estaba haciendo para asegurarse de que nadie, nunca, tuviera el poder de arrodillarlos de nuevo.

-Algo así, mi amor -murmuró Ivy, acomodando el cuello de la camisa de su hijo-. Voy a una fiesta donde hay personas que creen que son dragones. Pero mami es quien controla el fuego.

Leo sonrió, mostrando sus pequeños dientes, satisfecho con la respuesta. La niñera apareció en el umbral, disculpándose con la mirada. Ivy asintió, dándole a Leo un último y apretado abrazo antes de dejarlo ir.

Cuando la puerta se cerró, Ivy se volvió hacia el espejo. La madre amorosa había desaparecido; la Reina de los Bienes Raíces estaba de vuelta. Tomó la invitación dorada, la partió por la mitad con un movimiento seco y dejó que los pedazos cayeran al basurero. No necesitaba el papel para entrar. Ella era la dueña del tablero.

Al otro lado de la ciudad, en el estudio forrado en caoba de la mansión Blackwood, el sonido del cristal estallando contra la pared hizo eco como un disparo.

Damian Blackwood estaba de pie detrás de su escritorio, con el pecho subiendo y bajando erráticamente. Un vaso de whisky destrozado yacía sobre la alfombra persa, manchando las fibras de color ámbar. Su respiración era áspera, casi un gruñido.

El altavoz de su teléfono parpadeaba con una luz roja.

-Señor... -la voz temblorosa de su Director Financiero llenó la habitación-. Lo he verificado tres veces con el notario de la ciudad. El Lote 5 se ha perdido. La oferta ganadora fue de trescientos diez millones de dólares.

Damian apoyó ambas manos sobre el escritorio de roble, apretando los bordes hasta que la madera crujió.

-¿Trescientos diez millones? -su voz era peligrosamente baja, el preludio de un huracán-. Eso es un cuarenta por ciento por encima del valor de mercado. Nadie en este estado tiene esa liquidez para un terreno en bruto. ¿Quién fue? ¡Dime el nombre de la constructora!

-Ese es el problema, señor. No fue una constructora local. Fue un fondo de inversión extranjero. Se llaman Phoenix Estate. Nadie sabe quién es su CEO, todo se manejó a través de un bufete de abogados suizo. Operaron en las sombras y nos superaron en el último minuto.

-¡El Proyecto Legado dependía de ese terreno! -rugió Damian, barriendo con el brazo los pesados tomos de arquitectura de su escritorio, enviándolos al suelo-. ¡Encuentra quién dirige Phoenix Estate! ¡Quiero un nombre, quiero una cara, y quiero saber cómo demonios supieron mi límite de puja!

Cortó la llamada con un golpe brutal. La furia lo consumía, pero debajo de ella, latía un sentimiento más oscuro: paranoia. Sentía que alguien lo estaba cazando. Trescientos diez millones no era una inversión, era una declaración de guerra. Alguien había querido humillarlo públicamente el mismo día en que iba a ser coronado como el rey filántropo de la ciudad.

La puerta del estudio se abrió y Elena entró, vestida con una bata de seda. Llevaba el cabello recogido en rulos y una máscara de hidratación en el rostro que le daba un aspecto fantasmal.

-Damian, cariño, ¿qué es todo este ruido? -se quejó ella, mirando con desdén los libros caídos y el cristal roto-. Los maquilladores están a punto de llegar. Tienes que empezar a vestirte. El fotógrafo de la revista Elite nos espera en la alfombra roja a las ocho en punto.

Damian la miró, y por un segundo, sintió una desconexión total. Acababa de perder la piedra angular de su futuro imperio, cientos de millones de dólares en proyecciones se habían esfumado, y la mujer con la que se iba a casar solo estaba preocupada por el flash de una cámara.

-Perdí el Lote de la Calle 5, Elena -dijo él, su voz tensa, buscando en ella la misma chispa de genio que solía encontrar cuando estaba ciego.

Elena parpadeó, ajustándose el cinturón de la bata con indiferencia.

-Oh. Bueno, es solo un pedazo de tierra lleno de escombros, ¿no? Puedes comprar otro. Tienes mucho dinero, mi amor. No dejes que esto arruine nuestra noche. Mi vestido costó una fortuna y quiero que sonrías para las fotos.

Damian se quedó helado. La observó como si fuera una extraña.

Es solo un pedazo de tierra.

La frase resonó en su cabeza. Avanzó lentamente hacia ella, sus ojos grises entrecerrados.

-¿Solo un pedazo de tierra? -susurró Damian-. Elena... cuando estaba ciego, solíamos sentarnos en el suelo y tú me hacías tocar los mapas en relieve. Me leías los informes topográficos. ¿Recuerdas por qué el Lote 5 era vital? ¿Recuerdas cuál era la elevación norte que lo hacía perfecto para los cimientos?

Elena tragó saliva de manera visible. Su mirada revoloteó por la habitación, buscando una salida. El pánico genuino brilló en sus ojos.

-Yo... bueno, eso fue hace mucho tiempo, Damian. Estaba estresada cuidándote. ¿Acaso importa? ¡Eran... eran veinte metros!

-Cuarenta -la corrigió él en un susurro gélido-. Eran cuarenta metros de elevación sobre el río. Me lo repetiste cada noche durante un mes.

-¡Estaba cansada! -exclamó ella a la defensiva, retrocediendo un paso-. Damian, estás siendo irracional. Ve a ducharte. Tenemos una gala que presidir.

Elena giró sobre sus talones y salió apresuradamente del estudio. Damian se quedó solo entre los escombros de su oficina. La duda, que había comenzado como una pequeña semilla en el hotel la noche anterior, acababa de echar raíces profundas en su mente. Cerró los ojos, recordando la voz suave y firme que solía calmarlo en la oscuridad, hablándole de cimientos y estructuras. La mujer que acababa de salir de su oficina sonaba hueca en comparación.

Se desabrochó los puños de la camisa, su mandíbula tensa. Iba a ir a esa gala. Iba a sonreír para las cámaras. Pero mañana, el mundo ardería hasta que encontrara a quien le había robado su imperio, y hasta que descubriera por qué su propia vida se sentía como una mentira cuidadosamente tejida.

A las siete y media de la tarde, la transformación estaba completa.

Ivy estaba de pie frente al espejo de cuerpo entero. El vestido rojo de seda de Milán no era solo una prenda; era una obra de arte bélica. El escote en V profundo proyectaba una confianza absoluta, mientras que la tela se adhería a sus curvas antes de caer en una elegante cola que rozaba el suelo, recordando a la sangre derramada sobre el mármol. Su espalda estaba casi completamente descubierta, mostrando una postura erguida que la antigua Ivy jamás habría podido sostener.

Llevaba el cabello recogido en un moño bajo y pulido, sin un solo mechón fuera de lugar. Sus labios estaban pintados de un rojo carmesí oscuro, y en sus orejas brillaban unos diamantes que valían más que la casa en la que había crecido.

Julian entró en la habitación con su esmoquin impecable, deteniéndose en seco al verla.

-Señora Sterling -dijo, con un tono de genuina reverencia-. Si las miradas mataran, esta noche no habría sobrevivientes en ese salón.

-Ese es el plan, Julian -respondió ella, dándose la vuelta. El movimiento hizo que la seda roja ondeara como fuego líquido-. ¿Tienes el reporte?

-Nuestros informantes en la mansión Blackwood confirman que Damian está furioso. Destrozó su estudio. Sabe que perdió el terreno ante Phoenix Estate, pero aún no sabe quiénes somos. Irá a la gala para mantener las apariencias frente a sus accionistas.

Ivy sonrió. Fue una sonrisa letal, fría y deslumbrante.

-Perfecto. Él ha estado buscando a un fantasma todo el día. Es hora de que el fantasma se presente en cuerpo y alma.

Se acercó a la mesa auxiliar y tomó un pequeño y elegante bolso de mano negro. No llevaba invitación. No llevaba clemencia.

-El coche nos espera abajo -informó Julian, abriendo la puerta para ella.

Ivy Sterling cruzó el umbral, dejando atrás su penthouse y su pasado. El sonido de sus tacones resonó en el pasillo vacío. El escenario estaba listo, los actores estaban en sus marcas, y el telón estaba a punto de levantarse. La esposa sustituta, la chica que lloró bajo la lluvia, había muerto. Y la mujer de rojo que se dirigía hacia el Grand Regency no aceptaría menos que la rendición incondicional.

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