Ivy Sterling permanecía de pie frente al resplandor azulado del mapa, sosteniendo una taza de café negro que había dejado de humear hacía rato. Llevaba una blusa de seda esmeralda y pantalones de sastre de talle alto, luciendo como una comandante a punto de enviar a sus tropas al frente de batalla.
A su lado, Julian deslizaba un dedo sobre una tableta, transfiriendo datos al mapa principal. Varios sectores de la ciudad se iluminaron en rojo, marcando los territorios controlados por Blackwood Enterprises.
-La tasación oficial salió a la medianoche -anunció Julian, su voz rompiendo el silencio aséptico de la oficina-. El Lote de la Calle 5. Cinco hectáreas de tierra virgen en el corazón del cruce comercial más transitado del estado. Es el último terreno de esta magnitud disponible antes de que la ciudad implemente las nuevas restricciones de expansión urbana.
Ivy asintió lentamente, sus ojos fijos en un cuadrante parpadeante en el centro de la proyección.
-Damian lleva años preparando el terreno para esta adquisición -dijo ella, su tono desprovisto de cualquier emoción, clínico-. Literal y figuradamente. Ha comprado a los concejales, ha manipulado las leyes de zonificación y ha asfixiado a los pequeños propietarios de los alrededores para asegurar que no haya competencia local.
-Su plan maestro es el Proyecto Legado -Julian amplió la imagen, mostrando un render arquitectónico filtrado que habían obtenido mediante inteligencia corporativa-. Un complejo de uso mixto: torres de oficinas corporativas de lujo, un centro comercial subterráneo de alta gama y residencias exclusivas. Si Blackwood Enterprises construye esto, consolidarán un monopolio inmobiliario intocable por las próximas tres décadas. Sus acciones subirían un cuarenta por ciento en el momento en que pongan la primera piedra.
Ivy extendió la mano libre y tocó la luz azul que representaba el Lote 5. La proyección onduló bajo las yemas de sus dedos.
De repente, el zumbido de los servidores y el frío aire acondicionado de la oficina se desvanecieron, reemplazados por el recuerdo del sofocante calor de una habitación a oscuras.
Flashback.
Hacía tres años y medio. La lluvia golpeaba los ventanales de la mansión Blackwood, una constante durante el otoño de su encierro matrimonial. Damian estaba sentado en el borde de la cama, con los ojos vendados tras su última crisis nerviosa. Ivy estaba sentada en el suelo, junto a sus rodillas, con un pesado plano topográfico extendido sobre la alfombra.
-Léemelo otra vez -había exigido él, su voz ronca por la frustración de la ceguera. Sus manos, grandes y callosas, tanteaban el aire hasta encontrar el hombro de ella, aferrándose como un náufrago.
-La elevación norte es de cuarenta metros sobre el nivel del río -había leído Ivy en voz baja, guiando los dedos de Damian sobre un mapa en relieve que ella misma había fabricado con cartón y pegamento durante la madrugada, solo para que él pudiera "ver" con las manos-. Los estudios de suelo confirman que la base rocosa puede soportar cimientos para rascacielos de ochenta pisos.
Damian había sonreído. Era una de las pocas veces que lo había hecho en ese infierno oscuro. Sus dedos trazaron el contorno áspero del Lote 5.
-Aquí es, Elena -había susurrado él, usando el nombre que era un puñal diario en el corazón de Ivy-. Cuando recupere la vista, construiré mi imperio aquí. El Proyecto Legado. Será el centro del mundo. Nuestro centro.
Ivy había cerrado los ojos, tragándose las lágrimas, y había apoyado su mejilla contra la rodilla de él. "Nuestro centro", había pensado ella con amarga esperanza.
Fin del Flashback.
Ivy retiró la mano del holograma como si el mapa quemara. Tomó un sorbo de su café frío para lavar el sabor a cenizas de su boca. Él le había confiado su sueño más profundo a la mujer que le leía en la oscuridad, creyendo que era Elena. Ahora, Elena posaba frente a las cámaras hablando de un proyecto del que no sabía absolutamente nada, mientras Ivy sostenía las verdaderas llaves de ese imperio.
-Señora Sterling -la llamó Julian, notando la repentina rigidez en la postura de su jefa-. ¿Está bien?
-Perfectamente -mintió Ivy, aclarando su garganta-. ¿Cuál es la estrategia de licitación de Damian para la subasta a sobre cerrado de mañana?
-Nuestros analistas han cruzado los datos de flujo de caja de Blackwood Enterprises. Tienen un techo de liquidez estricto. Damian no puede inmovilizar más de doscientos cincuenta millones de dólares sin alertar a la junta directiva y violar los estatutos de fideicomiso de la empresa. Él confía en que nadie en la ciudad tiene el capital líquido para superarlo en una subasta a ciegas, por lo que su oferta oficial será exactamente de doscientos cincuenta y un millones. Un millón extra para asegurar el golpe.
Ivy esbozó una sonrisa que no auguraba nada bueno para Damian Blackwood. Era la sonrisa de un verdugo afilando el hacha.
-Un hombre arrogante siempre asume que es el único depredador en la jungla -murmuró Ivy, caminando alrededor de la mesa-. Vamos a aplastar su techo. Prepara la oferta de Phoenix Estate por trescientos diez millones de dólares.
Julian detuvo su dedo sobre la tableta, levantando la vista con sorpresa.
-Tres... ¿trescientos diez? Señora, con todo respeto, esa cifra supera la tasación real por casi un cuarenta por ciento. El margen de plusvalía a corto plazo se reducirá a cero. Estaríamos inmovilizando una parte masiva de nuestro capital internacional en un terreno sobrevalorado. Financieramente, es un suicidio táctico.
-No lo mires como una inversión inmobiliaria, Julian. Míralo como un costo de demolición -replicó Ivy, apoyando ambas manos sobre la mesa y clavando su mirada verde en su socio-. No quiero ese terreno para construir. Lo quiero para que él no pueda construir. Si Damian pierde el Lote 5, el efecto dominó destruirá sus proyecciones para los próximos cinco años. Los inversores extranjeros que ha estado cortejando entrarán en pánico. Sus acciones caerán. Y cuando caigan, nosotros estaremos allí para comprar los pedazos.
Julian observó la determinación férrea en el rostro de Ivy. Había trabajado con ella durante tres años, viéndola ascender desde ser una joven madre asustada hasta convertirse en un tiburón de las altas finanzas, pero pocas veces había visto este nivel de agresividad pura. Asintió lentamente, entendiendo que esta transacción no se trataba de negocios; era personal.
-Autorizaré la transferencia de los fondos fiduciarios desde nuestras cuentas en Suiza -confirmó Julian, tecleando rápidamente en su dispositivo-. La oferta será ingresada a las ocho de la mañana, un minuto antes del cierre de la subasta a sobre cerrado. El notario de la ciudad anunciará al ganador al mediodía. Damian Blackwood ni siquiera sabrá qué lo golpeó.
-Asegúrate de que la oferta esté firmada a nombre de Phoenix Estate, pero incluye una cláusula de confidencialidad estricta sobre la identidad del CEO hasta la firma física de las escrituras -ordenó Ivy, volviéndose hacia los inmensos ventanales que ofrecían una vista panorámica del territorio que estaba a punto de conquistar-. Quiero que pase todo el día retorciéndose, preguntándose qué corporación fantasma acaba de arrancarle el corazón a su imperio.
En ese momento, el intercomunicador de la oficina parpadeó con una luz roja.
-Señora Sterling -sonó la voz metálica de la recepcionista ejecutiva-, acaba de llegar un mensajero de la Fundación del Hospital General. Trae un sobre lacrado a su atención personal.
Ivy y Julian cruzaron una mirada.
-Hazlo pasar -dijo Ivy.
Un minuto después, Julian dejó sobre el mármol negro un elegante sobre de papel pergamino con letras grabadas en oro. Ivy deslizó un abrecartas de plata por el borde y extrajo la gruesa tarjeta de invitación.
La Junta Directiva de la Fundación del Hospital General tiene el honor de invitar a la Sra. Ivy Sterling (CEO, Phoenix Estate) a su Gala Benéfica Anual. Patrocinador Principal: Blackwood Enterprises.
-Damian es el patrocinador principal -señaló Julian, leyendo por encima del hombro de Ivy-. Él estará allí para recibir los aplausos de la élite de la ciudad. Probablemente planeaba usar la gala para celebrar su victoria en la subasta del Lote 5.
La ironía de la situación era tan dulce que Ivy sintió que casi podía saborearla.
-Entonces, le daremos algo más que celebrar -murmuró Ivy, trazando el relieve dorado de su nuevo nombre con el pulgar-. La subasta se resuelve al mediodía. La gala es a las ocho de la noche. Para cuando él se ponga su esmoquin, ya habrá recibido la noticia de que su sueño ha sido destruido por una empresa extranjera de la que no sabe nada. Estará desesperado, furioso y vulnerable.
Ivy soltó la invitación sobre la mesa, justo en el centro del holograma del Lote 5, como si estuviera marcando la zona cero de una explosión inminente.
-Julian, cancela mis reuniones de la tarde -ordenó, sus ojos brillando con una frialdad absoluta-. Voy a necesitar tiempo para prepararme. Cuando cruce las puertas de ese salón esta noche, quiero que Damian Blackwood esté sangrando por la herida corporativa que le vamos a infligir. Y justo cuando crea que no puede perder nada más... me verá a mí.
La trampa estaba colocada. El cebo estaba listo. La Venganza de la Esposa Sustituta estaba a punto de cobrarse su primera víctima millonaria.