Género Ranking
Instalar APP HOT
Fuera de juego
img img Fuera de juego img Capítulo 4 Noventa minutos
4 Capítulo
Capítulo 8 El mensaje img
Capítulo 9 La lista img
Capítulo 10 Lo que opina Darius img
Capítulo 11 Segundo partido img
Capítulo 12 Neutro img
Capítulo 13 Lo que Darius no dice img
Capítulo 14 Antes de irse img
Capítulo 15 Equipaje img
Capítulo 16 El autobús de la selección img
Capítulo 17 Habitaciones img
Capítulo 18 Desayuno img
Capítulo 19 Entrenamiento conjunto img
Capítulo 20 Lo que nota el entrenador img
img
  /  1
img

Capítulo 4 Noventa minutos

Seren

La respuesta llegó al día siguiente.

Llegó en un clip de zona mixta grabado a la salida del entrenamiento del Arvane, cuando algún periodista con buenos reflejos lo esperó con una grabadora y le preguntó directamente qué pensaba del comentario del nuevo delantero del Stael.

Cuarenta segundos. El fútbol moderno premia el espectáculo sobre el trabajo.

Lo vi tres veces. No porque no lo entendiera la primera. Lo vi tres veces porque había algo en el tono que no terminaba de procesar. No era agresión. No era herida.

Era algo más frío y más difícil de ignorar, la respuesta de alguien que no se molesta en levantar la voz porque sabe que no necesita hacerlo. Que convierte mi provocación en una declaración de principios sin siquiera reconocer que fue una provocación.

Cerré el clip.

Interesante, dijo la voz.

-No es interesante -dije-. Es táctica de comunicación.

Claro.

Lo cual no era exactamente lo que quería escuchar de mi propia voz interior a las ocho de la mañana de un martes.

________________________________________

El partido fue tres semanas después.

Tres semanas de entrenamientos, de aprender los nombres de mis nuevos compañeros, de conocer la ciudad en los márgenes del tiempo que el fútbol no ocupaba.

Tres semanas de Tomas Birk contando historias en el vestuario con la energía de alguien que encuentra todo genuinamente interesante, lo cual era a la vez agotador y completamente entrañable.

Tres semanas de no buscar más vídeos de Matteo Vrel. Me lo dije el primer día. No lo cumplí el segundo.

Tengo un sistema, estudio al defensa que me va a marcar, aprendo sus hábitos, encuentro los espacios que deja. Para este partido estudié a Renk Solav, el central del Arvane. Treinta y un años, zurdo, sale demasiado en los balones largos.

Luego, sin una razón táctica clara que pudiera explicar satisfactoriamente, estudié cuatro vídeos de Matteo Vrel.

Me dije que era contexto general. Me lo dije dos veces.

El estadio tenía más medios de lo habitual para un partido de primera jornada, más cámaras, más periodistas acreditados apretados en las zonas de tránsito.

El clip del hasta ahora llevaba tres semanas circulando y la rivalidad declarada antes del primer partido genera exactamente ese tipo de atención.

Bien. Eso era lo que quería.

El Arvane salió con la seguridad de un equipo que lleva años siendo el mejor de su liga y que lo sabe sin necesitar demostrarlo.

Matteo Vrel fue el último en salir. Se colocó en el centro con esa postura que reconocí de los vídeos - hombros ligeramente hacia atrás, el peso distribuido de alguien que no necesita parecer relajado porque lo está de verdad.

Me vio. No lo sé con certeza. Pero algo en la forma en que su mirada recorrió nuestro once y se detuvo un segundo antes de apartar la vista dijo que sí.

La voz no dijo nada. Lo cual era, en sí mismo, información.

Los primeros diez minutos los pasé haciendo lo que hago bien.

Moverme. Leer el espacio. Anticipar dónde va a estar el balón antes de que llegue. Renk Solav era exactamente como los vídeos lo describían - sólido, físico, con esa tendencia a adelantarse medio paso de más. Lo usé dos veces en los primeros cinco minutos para crear espacio donde no había.

El sistema funcionó.

Matteo Vrel estaba en el otro extremo del campo. Lo sabía porque lo había mirado más veces de lo necesario para cualquier propósito táctico.

En el minuto veintitrés, una transición rápida del Arvane terminó con Matteo arrancando en diagonal hacia nuestra área, rápido, con espacio, la jugada completamente clara antes de que terminara de ejecutarse.

No pensé.

Llegué con el hombro primero, tarde, lo sabía, pero suficientemente controlada para que el árbitro no tuviera más remedio que pitarla. El contacto fue seco. Matteo cayó.

El árbitro pitó. Levanté las manos.

Matteo se levantó. Me miró.

-Necesitaba parar el contragolpe -dije. Con la sonrisa puesta. Con el tono de quien explica algo obvio a alguien que ya lo sabe.

Dos segundos de silencio. Matteo Vrel sostuvo mi mirada con la quietud de alguien que no necesita llenar el silencio porque el silencio no le incomoda en absoluto.

-Ya lo sé -dijo.

Tres palabras. Sin inflexión. Sin calor. Sin nada. Y se alejó trotando.

Me quedé un segundo donde estaba.

El contacto había sido más físico de lo planificado. No la falta en sí, eso estaba calculado. Sino los segundos posteriores en el suelo: el impacto, el estrés del partido, la proximidad de Matteo a un metro coincidiendo en el mismo instante. Algo en el sistema había respondido de una forma que no estaba en el cálculo.

Nada visible. Nada que nadie pudiera notar. Pero yo lo noté.

Lo archivé. Seguí jugando.

Ya lo sé. No era indiferencia, era la respuesta de alguien que clasifica lo que acaba de pasar, lo archiva en la categoría correcta, y sigue adelante sin que le cueste nada. Mi falta calculada, mi sonrisa calibrada, mi explicación innecesaria, todo eso había caído en el vacío sin hacer ruido.

En el descanso Tomas me pasó agua y dijo en voz baja:

-El nueve del Arvane te mira mucho.

-Todos miran al delantero rival.

-No así.

Lo miré. Tomas tenía veinticinco años y esa forma específica de decir cosas incómodas con total inocencia.

-Análisis táctico -dije.

Tomas asintió con la expresión de quien acepta una explicación que no le convence del todo.

El dos a cero llegó en el setenta y uno. En el setenta y ocho encontré el espacio, un hueco entre Renk Solav y el lateral que existió exactamente dos segundos. Recibí de espaldas al gol, sentí la presión de Renk llegando, giré. El balón fue al ángulo con la precisión de algo que no necesita ser pensado.

Dentro.

Levanté los brazos. Miré las gradas, a los nuestros, y por un momento la sonrisa que salió no era la de prensa. Era la otra. La real.

Dos a uno. No alcanzó.

El pitido final. La fila de saludos.

Llegué a Matteo Vrel. Extendí la mano. Él la tomó.

Me miró con algo más pequeño y más quieto que la frialdad del partido. Como si estuviera viendo algo que no esperaba ver. Le sostuve la mirada. Le devolví la comisura ligeramente levantada, no la sonrisa de prensa, algo más honesto.

El tipo de gesto que se escapa antes de que puedas decidir si enviarlo.

El apretón duró más de lo estándar. Ninguno de los dos lo mencionó.

En el vestuario Tomas apareció a mi lado antes de que me quitara las espinilleras.

-¿Qué pasó en el apretón de manos?

-Nada.

-Te quedaste tres segundos extra.

-Estaba cansado.

-Seren.

-Tomas.

Me miró con sus veinticinco años y su inocencia específica.

-Vale -dijo finalmente.

Se fue a duchar.

Me quedé con las espinilleras en la mano y las tres palabras resonando en algún lugar que no era exactamente el pensamiento consciente.

Ya lo sé. Sin inflexión. Sin calor. Sin nada.

Y, sin embargo.

La certeza tranquila y completamente inútil de que Tomas Birk no me había creído ni una sola palabra.

Y de que tenía razón en no creerme.

Porque yo tampoco me creía.

Me quité las espinilleras. Levanté la vista sin propósito concreto.

Al otro lado del vestuario, entre el ruido y el vapor de las duchas, había alguien que no celebraba nada. Darius. De pie junto a la pared, botella de agua en la mano, mirando en mi dirección con la expresión de quien lleva un rato observando y ha terminado de sacar sus conclusiones.

Cuando nuestras miradas se cruzaron no apartó la vista. Bebió un sorbo despacio y se dio la vuelta.

No supe qué había visto.

Pero algo en su expresión me dijo que él sí.

Anterior
            
Siguiente
            
Descargar libro

COPYRIGHT(©) 2022