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«Madre, ¿te encuentras bien? ¿Madre? ...»
Ellar se acercó al cuerpo inerte de su madre tendido sobre la cama y observó con impotencia el profundo tajo que la hacía manar sangre de su vientre. Intentó en vano taponar la hemorragia con sus pequeñas manos, pero era demasiado tarde, cuando la encontró, su madre estaba ya muerta.
¿Dónde habían ido aquellos hombres?
Horas antes, su madre se había encerrado en el mugriento cuarto de aquel burdel con dos hombres que habían insistido en pagar muy bien el servicio. Como solía ocurrir, durante los primeros minutos, de la habitación cerrada solo habían surgido risas y frases malsonantes, pero al poco tiempo estos sonidos se convirtieron en jadeos y gritos de placer. Su madre había sido el orgullo del dueño del burdel durante mucho tiempo, por su belleza deslumbrante y su cuerpo que incitaba a la lujuria, pero aquello terminó bruscamente cuando sus dos últimos clientes, unas bestias incivilizadas procedentes de algún lejano reino del sur, habían decidido después de terminar de practicar sexo que el precio que cobraba era demasiado alto, ya que la belleza efímera que había sido siempre su seña de identidad ya no era tan obvia por el peso de la edad. Se escucharon gritos. Comenzó un forcejeo. El sonido de un bofetón seguido del caer de objetos, golpes y más golpes, suplicas desesperadas y tras el violento bullicio se hizo el silencio. Tras el incidente los desconocidos desaparecieron sin dejar rastro y Ellar se encontró en la más absoluta soledad con seis años de edad, y en esos momentos solo pudo pensar en huir.