Sadira entrena con una veintena de jóvenes, aunque todos mayores que ella, combate personal. No se le da especialmente bien pero lo intenta con una constancia de admirar. Aunque pocos de sus golpes alcanzan su objetivo, es bastante buena asimilando y resistiendo los que recibe. Está en la sede de los Misioneros; un edificio algo abandonado pero que a sus ojos resulta de lo más inspirador. Al fin y al cabo, es su formación en ese lugar lo que le permitirá algún día convertirse en misionera terrestre.
Los misioneros son los únicos ángeles que mantienen un contacto directo y frecuente con la Tierra y los humanos que viven en ella, por lo que tienen vía libre para poder bajar siempre que lo deseen.
-Bien, ahora acercaos todos, por favor -anuncia uno de los instructores. Los alumnos obedecen y se disponen en una fila horizontal-. En esta ocasión vamos a finalizar la clase con un ejercicio diferente.
Sadira, situada en uno de los extremos, empieza a sentir un cosquilleo nervioso. Sabe que "ejercicio diferente" supone explorar las habilidades ocultas de los ángeles, algo en lo que ella no destaca en absoluto.
Los dos instructores, un hombre y una mujer de apariencia también juvenil, se colocan frente a los alumnos. Seguidamente, el chico les coloca uno a uno una venda que les cubre los ojos en su totalidad, inhabilitándolos por completo. Al llegar a Sadira efectúa el gesto con una delicadeza especial. Lo siguiente que percibe es simplemente silencio. Aunque no lo ven, la chica ha sacado un objeto de su bolsillo. El hombre se explica:
-Me tenéis que decir qué tiene Mirta en la mano.
Se escuchan murmullos nerviosos, pero nadie llega a emitir palabra. Todo lo que alcanzan sus miradas es negro y más negro, y les sorprende que les exijan una actividad tan avanzada a las pocas semanas de entrenamiento.
-Sois ángeles, así que no dependéis de vuestros ojos para ver -ante la inacción de los alumnos, Jey decide aportar algo más de información-. Si de verdad queréis ser misioneros no podéis limitaros a las capacidades humanas.
-Mirad más allá -le asiste su compañera-. concentraos en visualizar el objeto entre la oscuridad.
Sadira se focaliza en su objetivo con firmeza. Sabe que el único motivo por el que la han admitido en esa clase tiene nombre de persona, y no piensa defraudar al único ángel que ha vislumbrado algo de luz en ella. Transcurren unos segundos de pura concentración, pero en cuanto comienza a vislumbrar alguna parte de la imagen que tiene en frente la visión rápidamente se desvanece. Uno de los chicos, rendido ante la evidencia, se quita la venda con pesar. Al descubrir el objeto en cuestión suelta un poco creíble:
-¡Lo sabía!
Sus palabras incitan al resto a hacer lo mismo, motivados por la curiosisdad. Pronto Sadira es la única en conservar la venda, que dedica a la actividad toda su atención. Al fin ha conseguido mantener estable la borrosa imagen que antes se difuminaba en cuestión de segundos. Mentalmente, dirige la mirada a la mano de la chica, pero no ve nada. Y he ahí la respuesta.
-No tiene nada -suelta tímida, y al instante se quita la venda para confirmarlo.
El resto de alumnos no parecen estar muy satisfechos con que sea ella la única en completar el ejercicio. Pero Sadira se alegra enormemente por su progreso; quizá su título de misionera no esté tan lejos como pensaba.
-Bien hecho, Sadira -le alaba Jey, y se dirige al grupo al pronunciar lo próximo-. Repasad el ejercicio para mañana.
Los alumnos recogen sus cosas y se marchan de la Sede. Sadira hace lo propio, y al salir por la puerta alcanza un largo pasillo blanco con infinidad de puertas iguales. Está en la Ciudadela, la única ciudad del cielo y donde se desarrolla la vida de todos los ángeles. Fue construida con el origen de los ángeles terrenales y para su ubicación se escogió el lugar más iluminado del reino. Toma varias rutas con decisión, pues tiene una parada en mente que quiere hacer antes de volver a casa para comunicarle a Marx su progreso en la escuela.
Con la habilidad que acaba de aprender, y que por lo visto no se le da del todo mal, echa un vistazo a lo que ocurre a sus espaldas. Al parecer, el camino que ha decidido tomar es el mismo que está transitando Jey pocos metros por detrás. Sadira observa, indirectamente, como tiene la vista fijada en ella. No deja que la alcance porque eso significaría que lo sabe. Sadira intuye que ambos se dirigen a la plaza Celeste, ubicada en el centro de la Ciudadela, y donde hay abierto en estos momentos un portal hacia la Tierra.
Pocos minutos después Sadira alcanza la plaza. Observa como la multitud se aglomera a alrededor de un gran círculo de luz. Algunos asoman la cabeza para tratar de entrever qué lugar del planeta tiene como destino en esta ocasión. Sadira les imita; logra vislumbrar un territorio nevado. Siente cierta envidia.
-¿Tú también te has apuntado a la excursión? -le increpa Jey por detrás, pero ella ni se inmuta porque ya le esperaba.
Su pregunta le hace casi gracia.
-Sabes que las tengo prohibidas. No pueden arriesgarse a que me vuelva a escapar.
-Hablas del cielo como si fuera una cárcel.
-Bueno, lo era para mí... -confiesa. Se le vienen a la mente unos recuerdos que se niega a revivir, de modo que se centra en el presente-. Pero ahora, con Marx, todo parece tomar un rumbo diferente.
Ser el único ángel desenlazado nunca fue tarea fácil, pero a la corta edad de seis años se le volvió completamente insoportable. Fueron muchos los que comenzaron a relacionar el declive de la Luz, y con ello del Cielo, con el nacimiento de un ángel sin vínculo, por lo que culparon a Sadira de todos sus males. No es que ella quisiera renegar de sus orígenes; atravesó el portal aquel día diez años atrás por mera supervivencia. Nadie sabe qué experiencias le depararon allí abajo, pero lo que todo el mundo conoce es que daría cuanto tiene por volver.
La pareja observa cómo un niño cruza la puerta ilusionado al grito de «allá voooy». Los portales se abren muy de vez en cuando hoy en día, pues su creación requiere una gran energía que, según los Gobernantes, no puede malgastarse con el mero entretenimiento de la población. Es por ello que muy pocos se pierden la oportunidad de saber más del planeta que custodian cuando se les presenta la ocasión. Sadira observa la escena apenada; ni siquiera entiende por qué se martiriza viendo a otros cumplir unos sueños que ella comparte, y que anhela con probablemente mucho mayor ahínco.
-Si quieres puedo traerte algo de abajo -le propone el chico, al reparar en su estado-. ¿Qué te gustaría?
A Sadira se le iluminan los ojos. Le agradece con la mirada.
-Lo que sea, todo en la Tierra es perfecto -ante la expresión dudosa de Jey, concreta un poco-. Una flor estaría bien.
El chico no puede contener la risa.
-También hay flores en el cielo. Y de muy bonitas, de hecho.
-Sí, pero todas forman parte de un escenario ficticio. Todo aquí arriba es como un espejismo del mundo real. Incluso nosotros somos una copia barata de los humanos.
-¿Copia barata? Pero si somos mucho mejores.
Sadira le clava la mirada.
-¿De verdad lo crees?
-Pues claro. Vivimos mucho más tiempo, nunca enfermamos, nos sanamos mágicamente y algunos incluso podemos extraer nuestras alas para volar. Lo que no sé es cómo te las ingeniaste para hacerles creer durante ocho años que eras una de ellos.
Los dos rompen a reír. Jey se da cuenta de que sabe más de ella de lo que en un principio quería aparentar.
-Bueno, quizá algún día te cuente la técnica. Aunque te adelanto que la parte más difícil es fingir que te alimentas -suelta divertida-. Te sorprendería la cantidad de especies animales que incluyen en su menú.
Surge un silencio que no llega a ser incómodo.
-¿Les echas de menos? A los humanos con los que estuviste.
Sadira esquiva la pregunta.
-Me conforta pensar que si estoy aquí es por ellos -expone convencida-. Marx me dijo una vez que la verdadera forma de cambiar las cosas es desde arriba, y que si de verdad deseo ayudar a los humanos debo comenzar por ayudarnos a nosotros.
-Es una buena razón para convertirse en misionera.
La chica asiente complacida. No se conocen de hace mucho; de hecho, se vieron por primera vez algunas semanas atrás el día que ella comenzó su formación como misionera. Sin embargo, no ha hecho falta más tiempo para que surja entre ellos una química especial.
-Te recomiendo que cruces ya o tendrás que esperar otros cinco meses -le sugiere. Jey obedece y atraviesa el portal ante la atenta mirada de la joven.