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Gabriel caminaba entre los pasillos de la escuela sintiendo que todo a su alrededor funcionaba como una maquinaria perfecta. Los estudiantes avanzaban en orden, las puertas se abrían y cerraban con precisión, y los relojes marcaban el tiempo con una regularidad casi inhumana.
Ser normal es más efectivo.
Era la frase que siempre escuchaban. Que siempre repetían. Desde pequeño le habían enseñado que la estabilidad era lo más importante. Que las personas problemáticas, aquellas que se salían del molde, solo causaban desorden.
Y sin embargo, algo dentro de él no encajaba del todo.
Mientras avanzaba, miró a su alrededor con más atención. Sus compañeros hablaban sobre los mismos temas de siempre: tareas, rutinas, planes de estudio. Todo era predecible. Todo era seguro.
Pero algo le inquietaba.
Al llegar a su aula, vio que todos estaban sentados en sus lugares, esperando la clase sin distracciones. Pero entonces su mirada se detuvo en alguien en especial: una chica en la última fila, junto a la ventana.
Había algo extraño en ella. Su postura era relajada, pero su expresión parecía... ausente. Como si estuviera allí y, al mismo tiempo, en otro lugar.
Gabriel frunció el ceño.
¿Siempre había estado en su clase?
La conocía, eso era seguro. Sabía que su rostro le resultaba familiar. Pero por más que intentaba recordarlo, su mente se quedaba en blanco cuando trataba de asociarle un nombre.
Su ceño se frunció aún más.
-Oye -susurró su amigo Samuel, sentado a su lado-. ¿Pasa algo?
Gabriel tardó un momento en responder.
-Esa chica... -susurró- ¿Cómo se llama?
Samuel lo miró con confusión y luego giró la cabeza hacia donde Gabriel señalaba.
Pero su reacción fue extraña. Parpadeó un par de veces y luego soltó una risa corta.
-¿Qué chica?
Gabriel sintió un escalofrío en la nuca.
-La de la ventana... -insistió.
Samuel lo miró como si estuviera bromeando.
-No hay nadie ahí, hermano.
Gabriel giró la cabeza rápidamente. La chica seguía en su asiento, con la mirada perdida en el exterior.
Su corazón comenzó a latir más fuerte.
No estaba imaginándolo. Él la veía.
Pero si Samuel no podía...
¿Por qué solo él la notaba?
Gabriel bajó la vista, sintiendo que un nudo se formaba en su estómago. Durante toda su vida le habían dicho que ser normal era lo correcto, que dudar solo traía problemas. Pero por primera vez, la idea de aceptar todo sin cuestionarlo le pareció aterradora.
Porque si había algo en ese salón que no encajaba...
Tal vez él tampoco encajaba.