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Gabriel nunca había notado cuán ruidosa podía ser un aula hasta ahora. La voz del profesor se mezclaba con el sonido de las sillas arrastrándose, las hojas de los cuadernos pasando y los murmullos de los estudiantes. Pero, a pesar de todo, su atención estaba fija en la última fila.
La chica seguía ahí.
El día anterior, había intentado hablar con Samuel sobre ella, pero su amigo simplemente no la veía. "No hay nadie ahí", había dicho con total seguridad. Pero Gabriel sí la veía. Y ahora, ella lo estaba mirando de vuelta.
La clase avanzaba con normalidad, pero la presencia de la chica hacía que todo se sintiera fuera de lugar. Gabriel intentó concentrarse, pero cada vez que desviaba la mirada, la encontraba observándolo, como si estuviera esperando algo.
Finalmente, cuando sonó el timbre anunciando el receso, decidió hacer algo. Se levantó con rapidez y caminó hasta la última fila. Pero justo cuando estaba a punto de hablarle, ella se adelantó.
-No deberías poder verme.
Su voz era suave, pero firme. Gabriel sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
-¿Qué? -fue lo único que pudo responder.
Ella lo miró con una expresión difícil de descifrar. No era miedo ni sorpresa, sino algo más parecido a la curiosidad.
-Esto no debería estar pasando -dijo en voz baja, como si hablara consigo misma-. No otra vez.
Gabriel sintió su garganta seca. Miró alrededor del aula, pero los demás estudiantes pasaban de largo, sin prestarle atención.
-¿Quién eres? -preguntó finalmente.
La chica dudó un instante, luego respondió:
-Me llamo Elena.
Era un nombre común, pero algo en la forma en que lo dijo hizo que sonara extraño, como si no estuviera acostumbrada a decirlo en voz alta.
Gabriel tragó saliva.
-¿Por qué dices que no debería verte?
Elena lo miró con más intensidad, como si estuviera evaluando si debía decirle la verdad o no. Luego, suspiró.
-Porque las cosas están diseñadas para que no lo hagas.
Gabriel sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
-¿Qué cosas?
Pero antes de que ella pudiera responder, alguien lo llamó desde la puerta del aula.
-¡Gabriel! ¿Vienes o qué?
Era Samuel. Se había detenido a esperarlo, con cara de impaciencia.
Gabriel volvió la vista hacia Elena, pero ella ya no estaba.
Miró a su alrededor, confundido. La silla en la que había estado sentada estaba vacía. No había señales de que alguien hubiera estado ahí.
Cuando salió del aula, Samuel lo miró con extrañeza.
-¿Con quién hablabas?
Gabriel tardó un momento en responder.
-Con nadie.
No estaba seguro de por qué había mentido. Pero algo le decía que, hasta que entendiera qué estaba pasando, era mejor que nadie supiera la verdad.