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La hija perdida del magnate
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Capítulo 3 3

El sonido de sus tacones resonaba en el reluciente piso de mármol cuando Natalia cruzó la recepción de Montalvo Corp por primera vez como empleada. Aunque su rostro reflejaba tranquilidad, por dentro su corazón latía con fuerza. Este era el primer paso real dentro del imperio de su padre.

Vestía un traje de falda y chaqueta en tono azul marino, elegante pero discreto. Había pasado horas ensayando frente al espejo, asegurándose de que cada detalle de su apariencia proyectara profesionalismo. No podía cometer errores.

-Señorita Guerra, por aquí -dijo una joven con gafas, que parecía tener poco más de veinte años.

-Gracias... -leyó el gafete de la chica- Mariana.

-Soy la asistente del señor Ríos, él me pidió que te mostrara la oficina.

Natalia la siguió por un pasillo de paredes de cristal. Desde ahí, podía ver la actividad en las oficinas: teléfonos sonando, personas escribiendo en laptops de última generación, reuniones en salas con vista panorámica de la ciudad.

-Aquí estamos -anunció Mariana, deteniéndose frente a un cubículo espacioso-. Tu puesto está aquí, junto a los demás asistentes del departamento.

Natalia observó su nuevo espacio de trabajo: un escritorio de madera clara con una computadora, un teléfono y una agenda corporativa con el logo de la empresa grabado en dorado. Era más de lo que había tenido en toda su vida.

-¿Quieres un consejo? -susurró Mariana, inclinándose levemente-. No te metas con la gente de arriba. Mantente en tu trabajo y no hagas preguntas.

Natalia arqueó una ceja.

-¿Por qué lo dices?

Mariana miró a los lados, asegurándose de que nadie la escuchara.

-Porque este lugar es una jungla -respondió en voz baja-. Hay peleas de poder constantes, traiciones, despidos repentinos... Si te equivocas, te devoran.

Natalia sonrió levemente.

-Gracias por el consejo.

Pero no había venido a Montalvo Corp a ser una empleada más.

El día pasó entre correos electrónicos, llamadas y documentos que Natalia tenía que revisar. Se sorprendió de lo rápido que captaba los procesos de la empresa, memorizando nombres y conexiones clave.

Justo cuando pensaba que el día terminaría sin incidentes, Matías Ríos apareció con una carpeta en la mano.

-Natalia, ven conmigo -ordenó con tono serio.

Ella lo siguió hasta una sala de reuniones con ventanales enormes. En el centro, había una mesa de madera oscura donde estaban sentadas varias personas. Entre ellas, un hombre que emanaba autoridad.

Su padre.

El impacto de verlo en persona la golpeó más fuerte de lo que imaginó. Había visto fotos de Esteban Montalvo en internet, pero ninguna capturaba del todo la presencia que tenía.

Alto, de cabello oscuro con algunas canas en las sienas, traje a la medida y expresión impenetrable. Sus ojos grises analizaban cada detalle de la reunión con frialdad.

Él no tenía idea de que su propia hija acababa de entrar en la sala.

-Señor Montalvo -dijo Matías-, esta es Natalia Guerra, la nueva asistente del departamento.

Los ojos de Esteban pasaron brevemente sobre ella, como si estuviera evaluándola en cuestión de segundos.

-Espero que sea eficiente -fue lo único que dijo antes de volver su atención a los documentos.

Natalia sintió una mezcla de rabia e ironía. Había pasado toda su vida creyendo que su padre estaba muerto, y ahora, él ni siquiera le dirigía una segunda mirada.

Pero no importaba.

Su misión no era ser reconocida.

Su misión era destruirlo.

Pasaron las semanas y Natalia se integró sin problemas en la empresa. Aprendió rápido cómo funcionaban las dinámicas internas, quiénes eran los aliados y los enemigos de Esteban Montalvo dentro de la compañía.

Una noche, mientras organizaba archivos en su computadora, encontró algo interesante.

Había un contrato pendiente de aprobación que implicaba una fusión con otra empresa importante. Según la información en el sistema, la negociación llevaba meses, pero había resistencia por parte de algunos directivos.

Y entre esos directivos, estaba un nombre que llamó su atención: Fernando Acosta.

No era un apellido desconocido.

Lo había visto en varias de las noticias sobre el secuestro que sufrió cuando era bebé.

Fernando Acosta era uno de los hombres de confianza de Esteban Montalvo... y uno de los principales sospechosos en aquel caso.

Natalia sintió que algo dentro de ella encajaba como las piezas de un rompecabezas.

Si alguien dentro de Montalvo Corp estaba involucrado en su secuestro, significaba que su padre no solo había sido engañado, sino que el enemigo estaba más cerca de lo que pensaba.

Y si jugaba bien sus cartas, podría descubrir la verdad.

La venganza estaba cada vez más cerca.

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