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La primera noche en la que compartieron la cama fue desconcertante. La tensión en el aire era palpable, y mientras ambos se mantenían a la distancia, las emociones que nunca habían sido admitidas comenzaron a salir a la luz. Maximiliano se acercó a ella con una mirada que mezclaba deseo y dominio, como si su proximidad fuera parte de su estrategia para doblegarla. Pero la joven no se dejó intimidar. A pesar de sus miedos, había algo en su mirada que desafiaba su control.
Los días siguientes fueron una batalla constante, no solo de poder, sino también de deseo. Aurora no entendía cómo podía sentir atracción por el hombre que había arruinado su vida, pero algo dentro de ella la impulsaba a acercarse, a retarlo. Maximiliano, por su parte, se veía arrastrado por una pasión que no había anticipado. No solo la veía como un medio para obtener su venganza, sino como una mujer de espíritu indomable que lo hacía cuestionar sus propios sentimientos.
Las noches se convirtieron en un campo de pruebas donde las pasiones se entrelazaban con la estrategia, y aunque ambos sabían que su relación era todo menos convencional, no podía evitar lo que sentían. Las chispas entre ellos se regresan más intensas cada día, llevando la tensión a niveles peligrosos.