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A medida que pasaban las semanas, Aurora comenzó a ver más allá del hombre vengativo que había conocido. Aunque el deseo de venganza seguía presente, Maximiliano reveló, en momentos fugaces, una vulnerabilidad que ella no había anticipado. Durante una conversación en el jardín,
Pasaron las semanas, y Aurora comenzó a observar más detenidamente a Maximiliano. Aunque su fachada de hombre fría y calculador seguía intacta, en ciertos momentos se dejaba ver una vulnerabilidad inesperada. Una tarde, mientras caminaban por los jardines del castillo, Maximiliano, en un gesto raro de apertura, comenzó a hablar sobre su pasado. Le contó cómo el Conde de Raval había traicionado a su familia y cómo esa traición había marcado el resto de su vida. Había perdido a su hermano y su hogar a manos del Conde, y su vida había estado marcada por el deseo de vengarse.
Aurora, al escuchar la historia, sintió una punzada de compasión. Aunque su corazón seguía dividido por el dolor de su propio destino, comenzó a comprender que Maximiliano no era simplemente un hombre sin alma, como lo había creído. Él también había sufrido, aunque su sufrimiento se había convertido en una obsesión que lo había arrastrado a la venganza.
Por primera vez, Aurora vio a Maximiliano no como el enemigo, sino como un hombre herido por el pasado. A pesar de sus sentimientos conflictivos, no pudo evitar sentir una mezcla de tristeza y deseo por él. Sin embargo, ella sabía que no podía permitir que sus emociones la traicionaran. Si algo había aprendido de su vida hasta ese momento, era que el amor no podía existir en un terreno tan peligroso.
Maximiliano, por su parte, comenzó a cuestionar la venganza que había perseguido durante tantos años. Aunque su misión de destruir al Conde seguía siendo su prioridad, la conexión con Aurora lo hacía dudar. La mujer que una vez vio como parte de su enemigo se estaba convirtiendo en alguien que despertaba sentimientos de pertenencia y pasión que él no sabía cómo manejar.