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Era una noche inusual. La luna brillaba con un tono rojizo que bañaba el castillo en una luz siniestra, creando sombras alargadas y figuras misteriosas. Aurora y Maximiliano, en un encuentro inesperado en el balcón, se encontraron frente a frente, rodeados por el resplandor de la luna roja. El aire estaba cargado de tensión, y ninguno de los dos sabía cómo romper el silencio. Sin embargo, algo en la atmósfera cambió esa noche. Maximiliano, sintiendo una atracción irrefrenable por su esposa, la tomó de la mano y la acercó lentamente hacia él.
El contacto fue electrizante. Aurora intentó resistirse, pero su cuerpo no podía negar lo que sentía. Aquella noche, bajo la luz de la luna roja, se permitió ceder, dejar que la pasión que había estado reprimida saliera a flote. Los besos entre ellos fueron intensos, llenos de deseo, pero también de una mezcla de sentimientos no resueltos. Por primera vez, Maximiliano no pensó en la venganza, sino en la mujer que tenía frente a él.
Aurora, aunque confundida, no pudo evitar sucumbir a la atracción. En ese instante, los sentimientos que había tratado de ocultar salieron a la superficie. No solo deseaba a Maximiliano, sino que, por primera vez, se dio cuenta de que había algo más profundo que la venganza que los unía.