"Maestro, acepto. Me voy a Barcelona."
La voz de Mateo Valdivieso era firme, sin rastro de duda. La decisión estaba tomada.
El Maestro Ricardo, su mentor de guitarra en Barcelona, asintió lentamente al otro lado de la línea. "Haces bien, muchacho. El duende no puede vivir en una jaula, aunque sea de oro. Aquí tienes tu casa. Te conseguiré un lugar, empezarás de cero."
Mateo colgó el teléfono. Su mirada recorrió por última vez la habitación que había sido suya durante veintiséis años. Era un adiós. Adiós a Jerez, adiós a las bodegas Valdivieso, adiós a la mujer que había llamado madre.
Se ajustó el reloj en la muñeca izquierda. Debajo, oculta, una cicatriz redonda y fea marcaba su piel. La quemadura de un hierro candente. El recuerdo permanente de su abandono, el precio de la sangre.
Un ruido en el pasillo lo sacó de sus pensamientos. La puerta se abrió. Era Leo, el usurpador, y a su lado, Isabela Montero, su prometida. O, mejor dicho, su ex-prometida.
Leo la sostenía por la cintura, una intimidad descarada y provocadora.
"Mateo, hermano," dijo Leo, su voz falsamente humilde. "Isabela y yo vamos a salir. ¿No vienes? Ah, claro, todavía no te encuentras bien."
Isabela no lo miró. Su rostro, antes lleno de devoción por él, ahora era una máscara de frialdad.
Mateo sintió una oleada de asco. La frustración le apretó el pecho.
Recordó la Feria del Caballo, no hace tanto. Isabela, con los ojos brillantes, le susurraba al oído: "Cuando nos casemos, tu música será la banda sonora de nuestra vida. Te amo, Mateo, más que a los toros de mi padre, más que a mi propio nombre."
Ahora, esa misma mujer había pedido a su madre, Carmen, anular el compromiso.
"Madre, creo que Leo y yo... conectamos mejor. Es lo correcto para las familias."
Mateo observó a Leo. Detrás de esa fachada de inocencia, veía la astucia, la manipulación fría.
Ya no importaba. Su decisión de irse era también una liberación para ellos. Les quitaba de encima la molestia de su presencia.
"Mateo," la voz de Leo era ahora un puchero infantil. "¿Me prestas tu reloj? El mío se rompió. Isabela dice que el tuyo me quedaría muy bien."
Era una burla. Una más.
Mateo lo ignoró, pero Leo se acercó y tropezó deliberadamente con sus propios pies, cayendo al suelo con un gemido exagerado. "¡Ay! Mi tobillo."
Isabela reaccionó al instante. Se arrodilló junto a Leo, protectora. "¿Estás bien, Leo? ¿Te ha hecho algo?"
Miró a Mateo, sus ojos llenos de una acusación helada. "¡Cómo te atreves a empujarlo! ¿No ves que es frágil?"
En ese momento, Carmen Valdivieso y sus dos hijas, Sofía y Lucía, entraron en la habitación, atraídas por el ruido.
"¡Mateo! ¿Qué has hecho?", gritó Carmen, corriendo hacia Leo.
"Mamá, no fue él...", empezó Sofía, pero se calló al ver la mirada de su madre.
Carmen se levantó, su rostro imponente y decidido. Miró a Mateo como si fuera un extraño. "Le he dado a Leo tu puesto como director creativo en la bodega. Y tu coche. A partir de ahora, él necesita esas cosas más que tú."
El corazón de Mateo, que pensaba que ya no podía romperse más, se vació por completo. Ya no había amor, ni dolor. Solo un desierto.
Se dio la vuelta para coger su guitarra, su única compañera ahora.
"Me voy", pensó. "Es el último adiós a mi música en esta casa."