"Mateo, por favor," suplicó su hermana mayor, Lucía. "Leo todavía se está adaptando. Sé comprensivo. Cede un poco."
Carmen lo miró con dureza. "Tu concierto de despedida en la bodega se cancela. Leo dará un concierto de bienvenida en su lugar. No quiero que nada opaque su momento."
"Pero es mi último toque...", intentó argumentar Mateo.
"¡He dicho que no!", interrumpió Carmen, su voz resonando. "Si tocas esa guitarra una sola vez más en Jerez sin mi permiso, me aseguraré de que nunca más vuelvas a conseguir trabajo en ninguna bodega de España. Sabes que puedo hacerlo."
Mateo se quedó en silencio. Era la táctica más cruel de su madre, la que usaba para aplastar a sus rivales comerciales. Ahora la usaba contra él.
Vio cómo sus hermanas y su madre rodeaban a Leo, consolándolo, mimándolo. Él era el nuevo centro de su universo.
Una amarga sonrisa se dibujó en su rostro. Toda su vida había sido una ilusión. El "príncipe" de los Valdivieso.
Recordó cómo Carmen lo sentaba en sus rodillas, contándole historias de la bodega. Cómo Isabela lo miraba embelesada mientras él tocaba, con los ojos llenos de un amor que parecía eterno.
"Tus manos valen más que todo el oro de Jerez", le decía ella.
Recordó cómo su padre adoptivo, antes de morir, le había comprado su primera guitarra de concierto, un tesoro que costó una fortuna. "Para mi hijo, el artista", había dicho con orgullo.
Recordó una noche con Isabela, bajo las estrellas, en los viñedos. Ella le prometió un amor para siempre. "Nada nos separará, Mateo. Ni el tiempo, ni el destino."
Él había creído que su matrimonio, aunque arreglado entre familias, sería feliz. La amaba.
Y entonces, llegó Leo.
Con un informe de ADN que lo señalaba como el hijo biológico de Carmen, perdido hace años en un hospital.
En ese instante, Mateo descubrió la verdad. Él no era su hijo. Era adoptado.
"Nada cambiará, Mateo. Siempre serás mi hijo", le aseguró Carmen.
Pero todo cambió.
El afecto, la atención, los regalos... todo se desvió hacia Leo. Mateo se convirtió en una sombra, un recordatorio incómodo de un error pasado.
Isabela también lo abandonó. "Lo siento, Mateo. Es mi deber. Debo casarme con Leo."
Y así, en cuestión de semanas, lo perdió todo. Su familia, su prometida, su futuro, su identidad. Incluso su último concierto.
Aceptó su destino. Ya no había nada por lo que luchar.
Recordó el secuestro. Unos matones de una bodega rival los habían raptado a él y a Leo. Exigieron un rescate por uno solo de ellos.
Carmen eligió a Leo.
Lo abandonaron.
Decidió en ese momento que ya no amaría a Isabela. Ya no tendría esperanzas en Carmen. Ya no esperaría nada de nadie.
Estaba agotado. Un frío se había instalado en su alma.
"Me voy", se dijo. "Dejaré que vivan su vida perfecta sin mí."