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Amor Verdadero del Impostar
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Capítulo 3

Mateo cerró la puerta de su habitación con llave. Un gesto simple que se sintió como sellar una tumba.

Empezó a empacar. No tenía mucho. Una maleta pequeña. El resto de su vida estaba esparcido por la casa, en forma de regalos y recuerdos que ahora le quemaban.

Vio sobre la cómoda una púa de guitarra de plata, un regalo de cumpleaños de Isabela. Un par de gemelos con el escudo de los Valdivieso, regalo de Carmen.

Se dio cuenta de que, desde la llegada de Leo, no había recibido nada nuevo. Se había vuelto obsoleto.

Cogió todos esos objetos, todos esos símbolos de un afecto falso, y los tiró a la basura. No los necesitaba. Eran anclas a un pasado que ya no existía.

Llamó al director de la orquesta de la bodega para formalizar su renuncia. No hubo preguntas. La orden de Carmen ya había llegado.

Cuando salió de su cuarto, dos hombres corpulentos lo interceptaron en el pasillo. Eran los guardaespaldas de Isabela.

Los reconoció. Antes, su trabajo era protegerlo a él. Ahora, lo obligaban a ir con ella. La ironía era cruel.

"La señorita Montero quiere verlo", dijo uno de ellos, con la voz desprovista de emoción.

Mateo no se resistió. Sintió una extraña paz en la sumisión. Ya no tenía que luchar. Ya no tenía que esperar nada.

Recordó a Isabela diciéndole una vez: "Nunca te obligaré a nada, Mateo. Tu libertad es tan importante como tu música."

Otra promesa rota.

Lo llevaron a una de las casetas privadas de la Feria, propiedad de la familia Montero. En la entrada, un cartel enorme anunciaba: "Fiesta de Celebración por el Nombramiento de Leo Valdivieso".

Su usurpación, celebrada por todo lo alto.

Leo fue el primero en verlo. Se acercó con esa sonrisa de falsa inocencia. "Mateo, qué bueno que viniste. Lo siento mucho, de verdad. No quería quitarte tu puesto."

Isabela, a su lado, lo defendió al instante. "No es tu culpa, Leo. Te lo mereces. Mateo entenderá."

Los demás miembros de ambas familias lo miraban con una mezcla de lástima y hostilidad. Como si él fuera el problema.

Mateo sonrió. Una sonrisa distante, vacía. "No te preocupes. Felicidades, señor Valdivieso."

Luego se dirigió a Isabela. "Señorita Montero."

Marcó la distancia. Ya no eran familia. Ya no eran amantes. Eran extraños.

Se alejó del grupo, cediéndoles el centro de atención. Se sentó en una esquina, invisible.

Decidió que su relación con la familia Valdivieso sería puramente transaccional. Le debían la vida que le habían dado. Él les pagaría con su silencio y su ausencia.

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