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Mi Vientre, Mi Venganza
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Capítulo 1

El aire en el estudio de "Sabor de Reyes" estaba cargado, no por el aroma de la comida, sino por una tensión que se podía cortar con un cuchillo. Sofía Ramos, la diseñadora de moda más aclamada de México, se sentía fuera de lugar. Estaba acostumbrada a la elegancia silenciosa de las pasarelas, no al circo ruidoso de un reality show de cocina en vivo. Había aceptado ser jueza invitada como un favor para la familia, para apoyar al prometido de su ex socia, el famoso chef Ricardo "El Rey" Solís.

Ricardo, con su filipina blanca impecable y su sonrisa de galán, presentaba su platillo estrella. Era el hijo de su esposo, Don Alejandro Solís, un hombre que no estaba presente pero cuya sombra de poder se sentía en cada rincón del imperio gastronómico que había construido. Por lo tanto, Ricardo era, en cierto modo, su hijastro, aunque la palabra siempre le pareció extraña.

De repente, una figura irrumpió en el set sin ser anunciada.

Era Camila Vargas, su antigua socia y su rival más encarnizada, la prometida de Ricardo.

Su rostro, usualmente compuesto por una máscara de dulzura calculada, estaba descompuesto por la furia. Se plantó frente a las cámaras, ignorando al presentador que tartamudeaba intentando recuperar el control.

"¡Estoy aquí para desenmascarar a una ladrona y a una hipócrita!"

La voz de Camila resonó en el silencio atónito del estudio.

Todas las cámaras giraron hacia ella, y luego hacia Sofía, que permanecía sentada en la mesa de los jueces, paralizada por la sorpresa.

"¡Sofía Ramos!" gritó Camila, señalándola con un dedo acusador. "No solo me robó el diseño que me hizo ganar mi primer premio, el diseño con el que construyó su carrera, ¡sino que también me está robando a mi prometido!"

Un jadeo colectivo recorrió a la audiencia en vivo.

El director en la cabina de control, un hombre con ojos de tiburón que solo veía números de rating, le gritó al presentador por el auricular: "¡No la detengas! ¡Sigue grabando! ¡Enfoca a Sofía!"

Sofía sintió un frío helado recorrerle la espalda. ¿De qué estaba hablando? ¿Robar un diseño? Era una mentira absurda. ¿Y robarle a Ricardo? La idea era tan ridícula que por un segundo pensó que era una broma de mal gusto. Ricardo era el hermano de Diego, su amado hijastro, el hijo de su esposo, Alejandro. Para ella, Ricardo era casi como un sobrino.

En la pantalla gigante del estudio, comenzaron a aparecer los comentarios de las redes sociales en tiempo real, un torrente de odio instantáneo.

"¿Neta? ¿La gran Sofía Ramos es una ratera?"

"#LadyRobaMaridos, qué asco."

"Siempre supe que tenía cara de mustia."

"Seguro se acostó con él para subir, las diseñadoras son así."

La etiquetaron en segundos, la juzgaron y la condenaron sin una sola prueba. El veneno del público se sentía como un golpe físico. Sofía apretó los puños debajo de la mesa, sus nudillos blancos. Quería gritar que todo era una mentira, pero la conmoción le había robado la voz.

El presentador del programa, un hombrecillo oportunista llamado Beto, se acercó a Camila con el micrófono, su rostro brillando de emoción sensacionalista.

"Camila, ¿estás diciendo que Sofía Ramos, la esposa del magnate Alejandro Solís, está teniendo una aventura con tu prometido, Ricardo Solís?"

La pregunta fue diseñada para causar el máximo daño, mezclando verdades y mentiras en una bomba tóxica. Mencionó a su esposo, Don Alejandro, y eso hizo que el corazón de Sofía se detuviera. Esto no solo la afectaría a ella, afectaría a toda la familia Solís.

Camila, aprovechando el momento, se echó a llorar. Eran lágrimas de cocodrilo, perfectamente actuadas para las cámaras. Se cubrió el rostro con las manos, su cuerpo temblando de sollozos fingidos.

"Yo los vi", gimió, su voz rota por una falsa angustia. "Se han estado viendo a mis espaldas. Ella lo sedujo, lo manipuló. ¡Y todo por envidia! ¡Porque ella nunca soportó que yo encontrara la felicidad con un hombre de la familia Solís!"

Sofía la miró, atónita. La audacia de su mentira era monumental. Camila estaba usando su obsesión con la familia Solís para destruirla. En el fondo de su mente, una voz fría y calmada le decía que no perdiera la compostura, que no le diera a esta víbora la satisfacción de verla derrumbarse.

"Camila", dijo Sofía, su propia voz sonando extraña y distante. "No sé qué juego estás jugando, pero esto es una calumnia. Ricardo y yo..."

No pudo terminar. La mirada de Ricardo, que hasta ese momento había estado congelado en su sitio, ahora estaba llena de pánico. Era un hombre que vivía de su imagen pública, y esa imagen se estaba haciendo añicos en vivo y en directo. Su debilidad, su incapacidad para detener a Camila en ese instante, fue la única confirmación que Sofía necesitó. Estaba sola en esto.

Dentro de ella, un secreto precioso y frágil que había guardado con tanto amor, comenzó a sentirse pesado. Estaba embarazada. Embarazada de Don Alejandro, su esposo. Nadie lo sabía aún, ni siquiera Diego. Y ahora, esta tormenta de mentiras amenazaba con destruir no solo su reputación, sino la paz de la familia que tanto amaba y la seguridad de su hijo no nato.

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