El grito de Sofía, "¡Mi bebé!", colgó en el aire del estudio como una sentencia.
Si antes había un circo mediático, ahora era un festín de buitres. La revelación de su embarazo, enlazada a la falsa narrativa de infidelidad, fue la gasolina que el fuego necesitaba.
"¡No puedo creerlo! ¡Está embarazada!"
"¡Qué sinvergüenza! ¡Le va a poner el cuerno al marido y encima le encaja un hijo ajeno!"
"¡Esta mujer no tiene madre!"
Las voces de la audiencia y los comentarios en línea se volvieron más crueles, más personales. La turba ya no solo juzgaba, ahora odiaba.
Camila, viendo la reacción, sonrió con una malicia pura. El dolor de Sofía era su victoria.
"¿Lo ven?" dijo al micrófono, adoptando un tono de tragedia. "Ahora quiere usar a un bebé inocente para atrapar a Ricardo. ¡Qué bajo puede caer una mujer!"
La situación se salió completamente de control. Un hombre en la primera fila, con el rostro rojo de indignación, se quitó un zapato y lo arrojó hacia el escenario. El zapato voló por el aire y golpeó a Sofía en el hombro. Ella se tambaleó hacia atrás, más por la sorpresa que por la fuerza del impacto.
Pero fue la gota que derramó el vaso. El miedo se apoderó de ella. Ya no se trataba de su reputación. Era su seguridad física, la seguridad de su hijo.
"¡Fuera!" gritó una mujer. "¡Sáquenla de aquí! ¡No queremos gente como tú en la televisión!"
"¡Hay que cancelarla! ¡Que ninguna marca vuelva a trabajar con ella!"
Sofía se sintió mareada, las luces del estudio girando a su alrededor. Se abrazó el vientiente, tratando de protegerlo del odio que la rodeaba. Otro calambre agudo la hizo gemir de dolor. El pánico era real ahora, un terror frío que le recorría las venas.
"Por favor...", suplicó, mirando a las cámaras, a los rostros anónimos y furiosos. "No entienden... Este bebé... este bebé es de mi esposo..."
Su voz era un hilo frágil, casi inaudible en medio del alboroto.
"¡Llamen a Alejandro Solís! ¡Él es mi esposo!"
Camila soltó una carcajada fuerte y desagradable.
"¿Tu esposo? ¿Ahora el señor Don Alejandro es tu esposo? ¡Jajaja! ¿Crees que somos idiotas? ¡Todo el mundo sabe que Don Alejandro es un hombre muy discreto, casi un recluso! ¡Nunca se casaría con una arribista como tú! ¡Deja de mentir!"
La lógica de Camila era perversa pero efectiva. Don Alejandro era un hombre inmensamente poderoso pero ferozmente privado. Su matrimonio con Sofía se había mantenido en secreto para la mayoría del público, una decisión mutua para proteger su vida de este tipo de circo. Y ahora, esa misma discreción estaba siendo usada como un arma en su contra.
"Él te lo dirá", insistió Sofía, sintiendo una nueva ola de náuseas. "Ricardo, por el amor de Dios, di algo. Sabes quién soy. Sabes que Alejandro es tu padre y mi esposo."
Pero Ricardo seguía mudo, paralizado por el miedo a Camila y a la reacción del público. Su cobardía era asombrosa.
Sofía se dio cuenta de que nadie en ese estudio la iba a ayudar. Estaba sola, rodeada de enemigos y cobardes. Miró directamente a la lente de la cámara principal, la luz roja indicando que estaba en vivo, transmitiendo su humillación a millones de hogares. Reunió la última pizca de fuerza que le quedaba.
"Escúchenme bien, ustedes, los del programa", dijo, su voz ahora llena de una amenaza gélida. "Ustedes permitieron esto. Si algo le pasa a mi hijo, si algo me pasa a mí, haré responsable a cada uno de ustedes."
Luego, su mirada se clavó en la cámara como si pudiera ver a través de ella, directamente a los ojos del hombre que amaba.
"Alejandro", susurró, una mezcla de súplica y esperanza. "Ven por mí."
Sabía que él no estaría viendo un reality show de cocina. Pero también sabía que el escándalo era tan grande que la noticia le llegaría pronto. Y cuando lo hiciera, el infierno se desataría. Esa era su única esperanza.