El dolor era una niebla espesa y punzante que me envolvía por completo.
Sentía cada hueso de mi cuerpo quejarse, un dolor sordo en mi vientre y una punzada aguda en la cabeza que me impedía pensar con claridad.
Intenté abrir los ojos, pero los párpados me pesaban como si fueran de plomo.
Poco a poco, algunos sonidos comenzaron a filtrarse a través de la neblina.
Eran voces.
Voces familiares.
Una era la de Alejandro, mi esposo. Sonaba tensa, baja, como si no quisiera que nadie lo escuchara.
La otra era la de mi suegra, Doña Elvira. Su tono era cortante y frío, como siempre.
"¿Estás seguro de que nadie sospecha nada, Alejandro? Un accidente en las escaleras, justo ahora... es demasiado conveniente."
"Tranquila, mamá. Todo está bajo control. El médico es de confianza, ya sabes, de la familia. Dijo que fue un resbalón desafortunado, que es común en su estado."
Mi respiración se atoró en mi garganta. ¿Un resbalón? Yo no resbalé. Alguien me empujó. Sentí unas manos firmes en mi espalda, un impulso violento que me lanzó al vacío.
"¿Y el... problema? ¿El bastardo?", preguntó mi suegra sin una pizca de emoción.
Un silencio pesado llenó la habitación. Pude sentir la tensión en el aire.
"El problema está resuelto, mamá. Ya no existe."
La voz de Alejandro fue un susurro mortal.
No.
No, no, no.
Mi bebé. Mi hijo.
Mi mano voló instintivamente a mi vientre, pero no encontré el bulto familiar de ocho meses. Solo había un vacío doloroso, una planicie extraña bajo la delgada sábana del hospital.
Un sollozo ahogado escapó de mis labios, un sonido roto y animal. El mundo se vino abajo. Las paredes del hospital parecieron cerrarse sobre mí, aplastándome. El amor que sentía por Alejandro, la confianza ciega que había depositado en él durante cinco años de matrimonio, se hizo añicos en un instante.
Todo era una mentira.
Nuestro hogar feliz, sus caricias, sus promesas de un futuro juntos con nuestro hijo... todo era una farsa cruel.
Él lo había matado.
Había matado a nuestro hijo.
"Bien hecho, hijo mío", dijo Doña Elvira, y su voz destilaba una satisfacción que me heló la sangre. "Ese niño nunca debió haber nacido. Mancharía el apellido Vargas. Ahora solo queda el hijo de Camila, un heredero de pura sangre, como debe ser."
¿Camila? ¿Camila Soto, su asistente personal? La mujer que siempre me sonreía con falsedad, la que me traía flores "de parte de Alejandro". ¿Ella tenía un hijo de él?
El rompecabezas de su traición se armó en mi mente con una claridad aterradora. Sus viajes de negocios, sus noches trabajando hasta tarde, su repentino distanciamiento... todo cobraba un sentido monstruoso.
"Sí, mamá. Y para asegurarnos de que no haya más... accidentes... ni sorpresas en el futuro, el doctor le administrará un medicamento. Algo fuerte. La dejará limpia. Estéril."
La palabra resonó en la habitación, rebotando en las paredes y en mi cráneo.
Estéril.
No solo me habían arrebatado a mi hijo, sino que también me iban a robar la posibilidad de volver a ser madre. Querían borrarme, anularme como mujer, dejarme como una cáscara vacía.
El sonido de un teléfono vibrando interrumpió su conspiración.
"Espera, mamá", dijo Alejandro, y sus pasos se alejaron un poco. Su voz bajó aún más, pero en el silencio mortal de la habitación, pude escucharlo perfectamente.
"¿Sí?... Sí, el trabajo está hecho... ¿Hubo problemas?... No, todo salió limpio. Pareció un accidente... Sí, el pago ya fue transferido. Deshazte del teléfono. No quiero cabos sueltos."
Hizo una pausa.
"Nadie sabrá jamás que tú la empujaste por las escaleras."
La última pieza del horror encajó en su lugar.
No fue él directamente.
Contrató a alguien. Un sicario.
Pagó para que me mataran a mí y a mi bebé.
La revelación fue tan brutal que me robó el aire. El dolor físico se volvió insignificante comparado con la agonía que desgarraba mi alma. Me mordí el labio con todas mis fuerzas para no gritar, para no delatarlos y advertirles que había escuchado cada una de sus palabras envenenadas. El sabor metálico de la sangre llenó mi boca.
Tenía que fingir. Tenía que seguir siendo la Sofía débil y confiada que ellos creían que era.
Pero esa Sofía acababa de morir.
Junto con mi hijo.
En esa cama de hospital, rodeada por el olor a antiséptico y a traición, nació otra mujer. Una mujer con el corazón destrozado, pero con una nueva y terrible certeza.
Tenía que escapar.
Tenía que sobrevivir.
Y un día, de alguna manera, Alejandro Vargas y todos sus cómplices pagarían por lo que habían hecho.
Cerré los ojos, dejando que una lágrima silenciosa se deslizara por mi sien, y me sumergí de nuevo en la oscuridad, esperando mi momento.