"Excelente", respondió la voz de mi suegra, Doña Elvira. "Asegúrese de que el informe oficial solo mencione complicaciones postraumáticas. Nada más."
"Por supuesto, señora Vargas."
La confirmación fue como un martillo golpeando un clavo en mi ataúd. Ya lo sabía, pero escucharlo así, de forma tan clínica y fría, le dio una finalidad demoledora. Estaba oficialmente vacía, rota por dentro de una manera que nunca podría repararse.
Cuando abrí los ojos, Alejandro estaba sentado a mi lado, sosteniendo mi mano de nuevo. Su rostro mostraba una preocupación tan bien actuada que era grotesca.
"Mi amor, despertaste", dijo, su voz suave y llena de un falso alivio. "Nos diste un susto terrible. Tuviste una complicación, una hemorragia. Los doctores dicen que... que fue muy grave."
Fingió que se le quebraba la voz.
"Dicen que... que como resultado, ya no podremos tener más hijos, Sofía. Lo siento tanto."
Me miró, esperando mi reacción. Esperando mis lágrimas, mi desesperación.
Le di exactamente eso.
Lloré, pero mis lágrimas no eran por la noticia, que ya conocía, sino por la magnitud de su crueldad. Lloré por mi hijo perdido, por mi cuerpo profanado, por la mujer ingenua que había sido.
"No te preocupes, Alejandro", sollocé, enterrando mi rostro en su hombro para ocultar el odio en mis ojos. "Nos tenemos el uno al otro. Y... y tenemos a Nicolás."
Sentí cómo su cuerpo se relajaba contra el mío. Se había tragado el anzuelo.
"Sí, mi amor. Tenemos a Nicolás", repitió, acariciando mi cabello. Llamó a una enfermera y le dio instrucciones. "Tráiganlo. Su madre quiere verlo."
Poco después, la enfermera entró con el bebé. Alejandro lo tomó en brazos con una ternura que me revolvió el estómago.
"Mira, Sofía. Nuestro hijo. Él nos ayudará a sanar."
Me lo acercó, pero esta vez, yo estaba preparada. Miré al niño, el recordatorio viviente de la traición de mi esposo, y forcé una expresión de amor maternal.
"Déjame cargarlo", pedí con voz débil.
Alejandro, encantado con mi docilidad, colocó cuidadosamente al bebé en mis brazos. El contacto con su pequeño y cálido cuerpo fue extraño. No sentí el torrente de amor que esperaba con mi propio hijo, sino un vacío helado. Este niño era un inocente, sí, pero también era el símbolo de todo lo que había perdido.
"Voy a dejar que se conozcan", dijo Alejandro, sonriendo. "Necesito hacer unas llamadas. Volveré más tarde."
Se inclinó, me dio un beso en la frente y salió de la habitación.
En el momento en que la puerta se cerró, mi máscara se desvaneció. Miré al bebé en mis brazos, y luego a la puerta cerrada.
Mi mente, ahora clara y afilada por el dolor, comenzó a trabajar.
Tenía que ser paciente. Tenía que seguir actuando. Debía convertirme en la esposa sumisa y rota que él quería que fuera. Lo dejaría bajar la guardia, creer que me tenía completamente controlada, atrapada en su red de mentiras.
Pero mientras él se regodeaba en su victoria, yo estaría planeando.
Cada sonrisa falsa, cada palabra dócil, cada caricia forzada sería un paso más hacia mi libertad.
Él pensaba que me había destruido, pero solo había despertado algo dentro de mí que no sabía que existía. Una fuerza nacida de la pérdida más profunda.
Alejandro regresó horas después, con aspecto cansado. Se quitó el saco, aflojó su corbata y se dejó caer en el sillón junto a mi cama.
"Ha sido un día largo", suspiró, cerrando los ojos.
"Descansa, mi amor", le dije con la voz más dulce que pude fingir. "Yo cuidaré de nuestro hijo."
Se durmió en cuestión de minutos, con una respiración profunda y regular. El hombre que había ordenado la muerte de su propio hijo y la mutilación de su esposa dormía como un bebé.
La ironía era nauseabunda.
Esperé, inmóvil, escuchando su respiración, asegurándome de que estuviera profundamente dormido.
El momento había llegado.