La pantalla de inicio apareció. Sus aplicaciones habituales, sus contactos, sus mensajes. Nada fuera de lo común.
Pero yo conocía a Alejandro. Él era un hombre de secretos.
Recordé algo que me había dicho una vez, en broma, hace mucho tiempo: "Un hombre de negocios siempre tiene un plan B, incluso en su teléfono."
Empecé a buscar. Deslicé mis dedos por la pantalla, buscando algo inusual, algo oculto. Y entonces lo encontré.
En la configuración de seguridad, había una opción que nunca había visto en mi propio teléfono: "Espacio Privado". Requería una contraseña diferente.
Probé las habituales: su cumpleaños, nuestro aniversario, el nombre de su madre. Nada.
Entonces pensé en Camila. Probé su cumpleaños.
Acceso concedido.
Mi corazón latía con fuerza contra mis costillas.
Una segunda interfaz se abrió, completamente diferente a la primera. Era como mirar dentro del cerebro oscuro de mi esposo.
Había una galería de fotos secreta. La abrí.
Cientos de fotos. Camila en la playa, Camila en cenas románticas, Camila sonriendo, Camila embarazada. Y Alejandro con ella, abrazándola, besándola, mirándola con una devoción que nunca me había mostrado a mí.
Había fotos de su embarazo, semana a semana. Él le tocaba el vientre con una ternura que me revolvió el estómago. Recordé mi propio embarazo: él siempre estaba demasiado ocupado, demasiado cansado. Las pocas fotos que teníamos juntos, yo las había insistido en tomar.
Seguí navegando, con el corazón hecho pedazos.
Había videos. Videos de ellos armando la cuna para su hijo, riendo. Videos de él dándole masajes en los pies. Videos de su baby shower, una fiesta lujosa a la que asistieron muchos de nuestros "amigos" en común.
Comparé mentalmente su experiencia con la mía. Cuando yo le pedí ayuda para armar la cuna, me dijo que contratara a alguien. Cuando le pedí un masaje, me dijo que estaba muy estresado. Mi baby shower fue una pequeña reunión organizada por mi hermana, porque él dijo que esas cosas eran "cursis".
La disparidad era un abismo. Yo era la esposa oficial, la fachada. Ella era su verdadera vida, su verdadero amor. Yo era un inconveniente que debía ser eliminado.
Luego encontré la carpeta de "Finanzas".
Contenía registros de transferencias bancarias. Pagos a un investigador privado para que me siguiera. Pagos a una clínica de fertilidad a nombre de Camila. Y la transferencia final, la más grande, a una cuenta sin nombre, fechada el día de mi "accidente". El pago al sicario.
Estaba todo ahí. La prueba irrefutable de su conspiración.
Pero lo peor estaba en la aplicación de mensajería. Un chat encriptado entre él y Camila.
Leí sus conversaciones, sintiendo cómo el último vestigio de amor o de duda se convertía en cenizas.
Camila: ¿Cuándo te vas a deshacer de ella, Ale? No soporto seguir siendo la otra. Nicolás merece tener a su padre a tiempo completo.
Alejandro: Paciencia, mi amor. Ya te dije que tengo un plan. Pronto seremos solo tú, yo y nuestro hijo. La fortuna de los Vargas será para él.
Camila: ¿Y qué hay de su bastardo? No quiero que mi hijo tenga que compartir nada con el hijo de esa mosca muerta.
Alejandro: No te preocupes por eso. Me encargaré de que ambos desaparezcan del mapa. Para siempre.
La frialdad de sus palabras me dejó sin aliento. "Mosca muerta". Así se referían a mí. "Su bastardo". Así se referían a mi hijo.
Deslicé hacia abajo, leyendo meses y meses de engaños, de planes retorcidos, de un desprecio absoluto por mi vida y la de mi bebé.
Mi cuerpo comenzó a temblar incontrolablemente. Me abracé a mí misma, tratando de contener el terremoto que me sacudía por dentro. El dolor era tan inmenso, tan abrumador, que por un momento pensé que me desmayaría.
Pero no lo hice.
En medio de la devastación, una claridad helada se apoderó de mí.
Ya no había lugar para el dolor. Solo para la acción.
Conecté el teléfono a un pequeño disco duro portátil que siempre llevaba en mi bolso. Un regalo de mi hermano, un genio de la informática. "Nunca se sabe cuándo necesitarás hacer una copia de seguridad de tu vida", me había dicho.
Copié todo. Cada foto, cada video, cada mensaje, cada transferencia bancaria.
Cuando la transferencia se completó, borré el historial de la copia de seguridad del teléfono, lo volví a colocar en su saco y me deslicé de nuevo en la cama, justo antes de que Alejandro comenzara a removerse.
Me acurruqué, dándole la espalda, y cerré los ojos.
Él no lo sabía, pero yo ahora tenía el arma que lo destruiría.
Y no dudaría en usarla.
La decisión estaba tomada. No solo iba a escapar. Iba a demoler su mundo, tal como él había demolido el mío.