Valerius no la miró, sus ojos oscuros ya estaban fijos en la distancia, planeando su siguiente movimiento.
"Si él no hablaba, su familia lo hará," declaró.
Mi alma invisible se estremeció. Mi familia. La Casa de Alba. Eran granjeros y artesanos, gente honorable que no tenía nada que ver con las intrigas de la corte. Los había mantenido alejados a propósito, para protegerlos.
Esa noche, Valerius y sus hombres cabalgaron hacia la finca de mi familia. No llegaron como un señor visitando a sus vasallos, sino como una plaga, una tormenta de acero y furia.
Irrumpieron en la casa principal, donde mi padre, un hombre de setenta años con las manos curtidas por el trabajo y la espalda encorvada por la edad, los recibió en la puerta.
"Lord Valerius," dijo mi padre, su voz temblaba ligeramente, pero sus ojos eran firmes, "¿A qué debemos este... honor tardío?"
"No me hables de honor, viejo," espetó Valerius, empujando a mi padre a un lado.
Sus guardias se esparcieron por la casa, derribando muebles, aterrorizando a los sirvientes. Mi madre salió corriendo de la cocina, con el rostro pálido de miedo.
"¡Por favor, mi señor! ¿Qué hemos hecho?"
Valerius la ignoró, su mirada recorría cada rincón, cada rostro, buscando un indicio de engaño.
"Tu hija me traicionó," dijo, su voz resonando en la humilde casa, "Fingió su propia muerte para huir con las riquezas que me robó, y ustedes, su sangre, son cómplices de su crimen."
Mi padre se enderezó, su frágil cuerpo lleno de una repentina dignidad.
"Mi hija está muerta," afirmó, su voz ahora fuerte y clara, "Murió por la crueldad que le mostraste, no por la codicia, nosotros no conocemos la codicia en esta casa."
"¡Insolente!"
Valerius lo abofeteó, de la misma manera que había abofeteado a Liam. Mi padre se tambaleó, pero no cayó.
"Puedes golpearme todo lo que quieras," dijo, limpiándose un hilo de sangre de la comisura de la boca, "Pero no cambiará la verdad, Elara era buena, era amable, y tú la destruiste."
La confrontación era insoportable de ver. Mi padre, tan frágil y tan valiente, enfrentándose a un tirano. Quería gritar, protegerlo, pero mi voz era solo viento.
Fue entonces cuando Seraphina, que había permanecido en el umbral, dio un paso adelante.
"Mi señor, tal vez el viejo dice la verdad," dijo, su tono lleno de una falsa compasión, "Tal vez él realmente cree que ella está muerta, Elara era muy buena mintiendo, incluso a su propia familia."
Luego se volvió hacia mi padre, sus ojos brillando con malicia.
"Dígame, buen hombre," continuó, "¿Encontraron su cuerpo? ¿O simplemente un ataúd cerrado?"
Mi padre vaciló. Liam, en su intento de protegerme incluso en la muerte, había insistido en un entierro rápido y privado, alegando que mi cuerpo estaba demasiado devastado por la enfermedad. Había sido otra de mis mentiras, una para asegurar que nadie viera el verdadero estado de mi cuerpo, las marcas del veneno.
"Fue... fue un ataúd cerrado," admitió mi padre en voz baja.
Una sonrisa triunfante se dibujó en el rostro de Seraphina. Se volvió hacia Valerius.
"Lo ve, mi señor, no hay cuerpo, no hay prueba, solo la palabra de un hombre leal que ahora está muerto y una familia que ha sido engañada."
La duda que había comenzado a formarse en el rostro de Valerius fue borrada, reemplazada por una certeza renovada y furiosa.
"Suficiente," gruñó, "Si no me dicen dónde está, sufrirán las consecuencias."
Agarró a mi padre por el brazo y lo arrastró fuera, hacia el patio.
"¡Tráiganme un látigo!" ordenó.
Mi madre gritó, un sonido agudo de pura angustia. Mis hermanos intentaron intervenir, pero los guardias los sometieron con brutalidad.
Ataron a mi padre a un poste de madera en el centro del patio. Valerius mismo tomó el látigo.
"Última oportunidad," dijo, su voz gélida, "¿Dónde está?"
"Ella descansa en la tierra," respondió mi padre, con la cabeza en alto.
El látigo silbó en el aire y golpeó la espalda de mi padre con un chasquido húmedo. La tela de su camisa se rasgó, y una línea roja apareció en su piel. Él se estremeció, pero no gritó.
Una y otra vez, el látigo cayó. El sonido de los golpes, los gemidos ahogados de mi padre, los sollozos de mi madre, todo se mezclaba en una sinfonía de horror.
Floté sobre ellos, una impotente diosa de la pena, viendo cómo mi familia era castigada por un crimen que no cometieron, por una mentira que yo había tejido.
Cuando mi padre finalmente se desmayó, colgando flácido de sus ataduras, Valerius arrojó el látigo al suelo.
"Desde este día," declaró, su voz resonando en el patio silencioso y aterrorizado, "La Casa de Alba no existe, sus tierras, sus propiedades, su nombre, todo me pertenece, ustedes no son nada, menos que el polvo bajo mis botas."
Se dio la vuelta para irse, dejando a mi familia rota y despojada.
Seraphina se detuvo junto a mi madre, que estaba arrodillada en el suelo, llorando sobre el cuerpo inconsciente de mi padre.
"Qué terrible tragedia," dijo Seraphina, su voz una parodia de la simpatía, "Si tan solo Elara hubiera sido una esposa más obediente, nada de esto habría pasado."
Luego, se inclinó y susurró algo que solo yo, en mi estado etéreo, pude escuchar.
"Él es el siguiente," le dijo a mi madre, con una sonrisa que no llegó a sus ojos, "Y luego el otro, hasta que no quede nadie que recuerde su nombre."
Se enderezó y se fue, dejando atrás una devastación que iba mucho más allá de los cuerpos heridos y la propiedad perdida. Había plantado la semilla del terror absoluto, la promesa de una aniquilación total. Y yo, el fantasma de Elara, solo podía mirar.