"Oí que la boda es el próximo mes", susurró otro. "Una pareja perfecta".
Karina vio a Carlota y se separó de la multitud aduladora. Se deslizó hacia ella, un depredador avistando a su presa.
"¿Qué quieres?", preguntó Carlota, con voz plana.
"Quiero lo que me debes", dijo Karina, su voz un siseo bajo. Antes de que Carlota pudiera reaccionar, Karina la agarró del brazo y la arrastró al centro de la sala. La música se detuvo. Todos los ojos estaban puestos en ellas.
"Esta mujer", anunció Karina a la sala silenciosa, "ha estado difundiendo mentiras viciosas sobre mí. Es una rompehogares desesperada y patética".
La pantalla detrás del escenario se iluminó, mostrando un montaje de fotos -Carlota y Eugenio en tiempos más felices, ahora retorcidas y reencuadradas como evidencia de su supuesta obsesión.
"¿Intentaste o no seducir a mi prometido?", exigió Karina, su voz resonando con falsa rectitud.
La multitud murmuró, sus rostros pasando de la curiosidad al juicio. Eran un jurado, y Karina era la fiscal.
Carlota permaneció en silencio, su mano buena apretada en un puño, sus uñas clavándose en su palma.
Eugenio apareció, caminando hacia el centro de la sala. Se detuvo junto a Carlota y, para su total sorpresa, le pasó un brazo por la cintura. Era un gesto familiar, una vez lleno de amor, ahora una marca fría y posesiva.
"Es verdad", dijo a la multitud expectante. "Esta mujer tiene... una desafortunada fijación conmigo. Pero yo solo he amado a una persona".
Se giró y atrajo a Karina en un beso profundo y apasionado.
La multitud estalló en aplausos y silbidos.
Rompió el beso y miró a Carlota, sus ojos llenos de desprecio. "Nunca estuve interesado en ti. Ni por un segundo".
Entonces la presa se rompió. Karina le arrojó su copa de vino tinto a la cara. Animados por esto, otros en la multitud comenzaron a lanzar cosas: canapés, bebidas, su burla un aluvión de inmundicia.
Carlota no se inmutó. Simplemente se quedó allí, soportándolo, sus ojos fijos en Eugenio.
Lo vio. Un destello de algo en sus ojos. Un breve y rápidamente reprimido destello de... ¿incomodidad? ¿culpa? Él apartó la mirada, incapaz de sostener la de ella.
"Sáquenla de aquí", ordenó a sus guardias de seguridad.
Mientras la sacaban del salón, un hombre que reconoció como el asistente personal de Eugenio le deslizó un pequeño objeto metálico en la mano.
Una memoria USB.
"El señor Garza quería que tuviera esto", dijo el asistente, en voz baja. "Es el video original, sin editar, de... su hija. Dijo que prometió dárselo".
Una promesa. La palabra era una broma.
"Dile", dijo Carlota, su voz un susurro bajo y escalofriante, "que lamento el día que le salvé la vida. Lamento cada segundo que pasé amándolo".
Se dio la vuelta y se alejó sin mirar atrás.
De vuelta en el hospital, Bárbara estaba despierta. Se abrazaron, un pacto silencioso pasando entre ellas. Era hora.
Carlota empacó una sola maleta. Colocó suavemente la urna de Juliana dentro. Ayudó a Bárbara a subir a una silla de ruedas. Empujó a su madre, no hacia los ascensores, sino hacia la escalera de emergencia. Subieron, y subieron, y subieron.
En la azotea, un helicóptero esperaba, sus aspas ya comenzando a girar. Hombres con uniformes oscuros y sin insignias las ayudaron a subir. Este era el último regalo de su padre. Un escape.
Mientras el helicóptero se elevaba, surcando el cielo nocturno, Carlota sacó su teléfono. Borró el número de Eugenio. Partió la tarjeta SIM por la mitad y arrojó los pedazos al viento.
Era libre.