Había intentado llamarla dos veces. Ambas veces, se fue directo al buzón de voz.
Me carcomía. Isabela siempre contestaba al primer timbrazo. Siempre.
El médico entró, agarrando un portapapeles contra su pecho como un escudo. El Dr. Aris. Era el ginecólogo de la familia, el que trataba a las esposas y amantes del Cártel de Monterrey con la misma discreción.
-Señorita Moretti -asintió, su máscara profesional resbalando ligeramente-. Sus signos vitales son estables. Probablemente sea solo deshidratación.
-¿Ves? -Valeria saltó de la mesa, alisándose la falda-. ¿Ya nos podemos ir?
El Dr. Aris me miró. Dudó, sus ojos moviéndose nerviosamente.
-Don Alejandro -dijo, bajando la voz-. Ya que está aquí... quería preguntar por su esposa.
Me puse rígido, apartándome de la pared.
-¿Qué pasa con ella?
-Faltó a su cita de ayer. Es la segunda que reprograma.
-¿Cita para qué? -pregunté, frunciendo el ceño-. ¿Tiene migrañas?
El Dr. Aris parecía confundido. Se ajustó las gafas, un brillo de sudor formándose en su frente.
-No, señor. Su control prenatal. Por el embarazo.
El mundo se inclinó sobre su eje.
El zumbido del aire acondicionado se cortó en un silencio ensordecedor. El sonido de los tacones de Valeria haciendo clic en el azulejo se evaporó.
Todo lo que podía oír era la sangre corriendo en mis oídos, rugiendo como el océano.
-¿Embarazo? -repetí. La palabra se sentía extraña, pesada como el plomo en mi boca.
-Sí -dijo el médico, ahora aterrorizado-. Tiene... tiene casi cuatro meses. Los registros muestran...
Cuatro meses.
Mi mente retrocedió, buscando.
Los vestidos sueltos.
El té de hierbas que olía a tierra.
La forma en que acunó su estómago cuando cayó por las escaleras.
Las escaleras.
El hielo inundó mis venas, congelándome en el lugar.
La empujé por las escaleras. Había puesto mis manos sobre mi esposa embarazada y la había empujado.
-¿Alejandro? -Valeria me tocó el brazo-. ¿De qué está hablando? ¿Está embarazada?
Aparté su mano de un manotazo como si su toque quemara.
-Fuera -le gruñí al médico.
-Señor, yo...
-¡FUERA!
El médico huyó sin mirar atrás.
Saqué mi teléfono. Mis manos temblaban tan violentamente que se me cayó una vez antes de poder desbloquearlo.
Marqué a Isabela.
*El número que usted marcó no está en servicio.*
Miré la pantalla, la voz mecánica burlándose de mí.
¿No está en servicio?
Abrí WhatsApp.
*Usuario no encontrado.*
El pánico se apoderó de mi garganta mientras abría la aplicación de rastreo que había instalado en su teléfono hacía años.
*Señal perdida. Última ubicación: Aeropuerto Internacional de Monterrey. Bote de basura de la Terminal C.*
No estaba en París.
No estaba de compras.
-Alejandro, cálmate -dijo Valeria, su voz chillona y estridente-. Así que está embarazada. Probablemente ni siquiera es tuyo. Ya sabes cómo es ella...
Me volví hacia ella lentamente.
La mirada en mi rostro debió ser demoníaca, porque dio un paso atrás, su cadera golpeando el mostrador de metal con un clang.
-¿No es mío? -susurré, mi voz temblando con una rabia apenas contenida-. No ha mirado a nadie más que a mí en tres años. Adora el suelo que piso.
¿Pero lo hacía?
*¿El hombre que amas está en esta habitación?*
*No.*
El recuerdo me golpeó como un golpe físico, dejándome sin aliento.
Me lo dijo. Me lo dijo a la cara, y yo era demasiado arrogante para escucharlo.
No se llevó ropa. Se llevó la caja. La caja con las cosas de Daniel.
No estaba de vacaciones.
Se había ido.
Y se había llevado a mi heredero con ella.
No le dije una palabra más a Valeria. Me di la vuelta y salí corriendo de la habitación.
Corrí por los pasillos del hospital, ciego a las enfermeras, empujando a la seguridad.
Salí al estacionamiento, jadeando por aire, agarrándome el pecho como si mi corazón estuviera fallando.
-¡Isabela! -grité su nombre al cielo gris, crudo y desesperado.
Silencio.
Solo el viento respondió.
Se había ido.