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Me casé contigo por la cara de tu hermano
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Capítulo 5

El bajo implacable en la sección VIP martilleaba contra mis costillas magulladas, burlándose del ritmo de mi propio pulso.

Era una fiesta de "Celebración".

Valeria había convencido a Alejandro de que era necesaria una festividad, específicamente, para marcar su "recuperación" del trauma de... verme caer por las escaleras.

La ironía era tan densa que podía ahogarte.

Permanecí encajada en la esquina del lujoso sofá de cuero, bebiendo un vaso de agua con hielo que rezaba pasara por vodka.

Alejandro estaba sentado en el centro, presidiendo.

Sus soldados lo rodeaban, riendo demasiado fuerte de sus chistes, encendiendo sus puros con una deferencia temblorosa.

Valeria se posaba en su regazo, susurrándole al oído, cubriéndolo para marcar su territorio a la vista de todos.

-¡Juguemos a algo! -anunció Valeria, aplaudiendo bruscamente-. ¡Verdad o Reto!

Los soldados vitorearon. Ya estaban bastante borrachos.

-Empiezo yo -dijo Valeria, sus ojos brillando con una dulzura tóxica-. Isabela.

La sala se quedó en silencio al instante.

-¿Verdad o Reto?

-Verdad -dije. No iba a bailar para ella.

-Aburrido -suspiró, fingiendo decepción-. Bueno. Verdad.

Se inclinó hacia adelante, su voz bajando a un susurro conspirador que se escuchaba claramente sobre la música.

-Todo el mundo sabe que perseguiste a Alejandro durante años. Compraste tu entrada a este matrimonio. Pero dinos...

Hizo una pausa para dar un efecto dramático, dejando la pregunta en el aire.

-¿El hombre que realmente amas está en esta habitación ahora mismo?

Alejandro dejó de beber.

Dejó su vaso con un tintineo deliberado.

Me miró.

Su arrogancia llenaba el reservado. Esperaba que dijera que sí. Esperaba que confesara una devoción eterna y patética hacia él frente a sus hombres, validando su crueldad.

Quería verme sangrar.

Miré alrededor de la sala.

Vi a los soldados. Vi a los aduladores. Vi al monstruo en el trono.

Mi mente se desvió hacia el cementerio barrido por el viento en la colina.

Hacia la foto gastada escondida en lo profundo de mi bolso.

Encontré la mirada de Alejandro.

-No.

La palabra quedó suspendida en el aire, más pesada que el humo del puro.

Una sílaba.

Devastación absoluta.

El silencio era ensordecedor.

Un soldado tosió torpemente, moviéndose en su asiento.

El rostro de Alejandro no cambió, pero sus ojos... sus ojos se convirtieron en fragmentos de hielo.

-Estás borracha -dijo, su voz baja y cargada de amenaza.

-Estoy bebiendo agua, Alejandro -repliqué, levantando tranquilamente mi vaso.

-Entonces estás mintiendo.

-Es Verdad o Reto. Elegí Verdad.

Valeria se rio, pero sonó quebradizo.

-Ay, cariño, no te avergüences. Todos sabemos que lo adoras.

-Siguiente persona -ladró Alejandro, agarrando una botella de whisky y sirviendo un vaso hasta la mitad.

Se lo bebió de un trago.

El juego continuó, pero el ambiente había cambiado.

Alejandro estaba enojado. No la ira explosiva de las escaleras, sino una tormenta oscura y melancólica que se gestaba bajo la superficie.

Empezó a perder a propósito.

-Reto -gruñó cuando fue su turno.

-¡Muéstranos tu galería! -gritó un soldado valiente, tratando de romper la tensión-. ¡La última foto tomada!

Era un castigo estándar.

Alejandro arrojó su teléfono sobre la mesa.

-Desbloquéalo.

Valeria lo agarró, radiante.

-Probablemente sea una foto mía.

Lo desbloqueó y lo proyectó en la pantalla de la pared.

Era un santuario para Valeria.

Valeria durmiendo. Valeria comiendo. Valeria probándose zapatos.

Los hombres vitorearon, aliviados.

-¡El Patrón está enamorado!

Valeria se pavoneó, besando la mejilla de Alejandro.

-¿Ves? Está obsesionado conmigo.

Alejandro no sonrió.

Me estaba mirando fijamente.

Intentaba encontrar una grieta en mi máscara. Quería ver celos. Quería ver dolor.

No vio nada.

Contemplé la presentación de diapositivas de su amante con el desinterés distante que uno podría reservar para la pintura descascarada.

-Se está haciendo tarde -dije, mirando el reloj de Daniel en mi muñeca-. Me voy a casa.

-Siéntate -ordenó Alejandro.

-No.

Me levanté.

-¡Dije que te sientes, Isabela! -Golpeó la mesa con la mano, haciendo saltar los vasos.

-Y yo dije que no.

Agarré mi bolso.

-Disfruta tu noche, Alejandro. Se merecen el uno al otro.

Salí de la sala VIP.

Sentí sus ojos quemándome un agujero en la espalda.

Que se quemara.

Tenía un vuelo que tomar en tres días.

Y cuando me fuera, me llevaría la única parte de él que alguna vez importó: la parte que pertenecía a Daniel.

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