Su camisa estaba desabotonada en la parte superior, revelando los tatuajes que se arrastraban por su cuello, tinta que lo marcaba como un asesino, un líder, un rey.
Se veía exactamente como Daniel, una broma cruel del universo.
Cada vez que lo miraba, mi corazón daba un vuelco, solo para estrellarse y arder cuando veía la mirada fría y muerta en sus ojos.
-¿Dónde está? -exigió, sin siquiera dedicarme una mirada.
-¿Dónde está qué, Alejandro?
-La sopa. La mezcla de hierbas que tu abuela solía hacer. Valeria se siente débil. La necesita.
Me quedé perfectamente quieta.
Quería que yo, su esposa, le cocinara a su amante.
Era una prueba, una forma de ver cuánto me doblaría antes de romperme.
Pensaba que estaba obsesionada con él. Pensaba que mi silencio era sumisión, que mi presencia era devoción. No tenía idea de que solo estaba esperando mi momento.
-No soy una sirvienta, Alejandro -dije en voz baja.
Se detuvo a mitad de camino y se volvió hacia mí.
Sus ojos eran pozos oscuros e insondables de agresión.
Caminó hacia mí, elevándose sobre mi figura, usando su tamaño para intimidar.
-Eres lo que yo diga que eres, Isabela. Tú forzaste este matrimonio. Querías el título de Señora Villarreal. Ahora compórtate como tal.
Me agarró la barbilla, inclinando mi rostro hacia arriba. Sus dedos eran ásperos.
-Haz la sopa.
Mi mirada bajó de sus ojos a su muñeca.
Allí, brillando bajo las luces del pasillo, había un reloj Patek Philippe antiguo. Correa de cuero. Esfera dorada.
El reloj de Daniel.
El que le regalé por su vigésimo primer cumpleaños.
Alejandro lo había tomado del cuerpo de Daniel en la morgue, y ahora lo usaba como un trofeo.
-La haré -dije, mi voz firme.
Alejandro sonrió con suficiencia, soltando mi barbilla.
-Buena chica.
-Con una condición.
Su sonrisa vaciló.
-¿Estás negociando conmigo?
-Quiero el reloj.
Alejandro miró su muñeca, luego a mí, con el ceño fruncido por la confusión.
-¿Esta cosa vieja? Está pasada de moda. Mañana puedo comprarte un Rolex con diamantes incrustados.
-No quiero un Rolex -dije-. Quiero ese.
Se rio, un sonido áspero y cortante.
-Eres patética, Isabela. ¿Lo quieres porque está en mi piel? ¿Porque huele a mí?
Comenzó a desabrochárselo.
-¿Tanto me amas? ¿Quieres mis sobras?
-Sí -mentí, las palabras sabiendo a ceniza-. Te amo tanto.
Me arrojó el reloj.
Lo atrapé.
El cuero estaba tibio por el calor de su cuerpo.
Lo apreté con fuerza, mis uñas clavándose en la correa, reprimiendo el impulso de llevarlo a mi nariz e inhalar, esperando que un rastro de Daniel permaneciera bajo el olor de su hermano.
-La sopa. Ahora -ordenó Alejandro, revisando su teléfono.
Veinte minutos después, estaba en el asiento del copiloto de su Mercedes blindada, con un termo de sopa en mi regazo.
Conducía como vivía: rápido, imprudente, agresivo.
-Morales me llamó de nuevo -dijo Alejandro, zigzagueando entre el tráfico-. Dijo que parecías... diferente hoy.
-Solo estoy cansada, Alejandro.
-Pues no lo estés. Valeria necesita que seas agradable. Es sensible.
Llegamos al ala privada del hospital que poseía la familia Villarreal.
Valeria estaba recostada en una suite VIP que parecía más una habitación de hotel de cinco estrellas que una instalación médica.
Llevaba una bata de seda, su maquillaje impecable para alguien que supuestamente estaba "débil".
Cuando entramos, sus ojos se clavaron en mí, luego en Alejandro.
-¡Alejandro! -Extendió los brazos.
Él fue hacia ella de inmediato, sentándose en el borde de la cama, besando su frente con una ternura que nunca, ni una sola vez, me había mostrado a mí.
-La traje -dijo suavemente.
Se volvió hacia mí y chasqueó los dedos.
-Dámela.
Avancé y le entregué el termo.
-Sírvela -dijo Valeria, mirándome con una sonrisa burlona-. Mis manos están demasiado débiles.
Alejandro me miró.
Desenrosqué la tapa y vertí el líquido humeante en un tazón. El olor a jengibre y hierbas llenó la habitación.
-Está caliente -advertí.
-Yo le daré de comer -dijo Alejandro, tomando el tazón de mis manos sin una palabra de agradecimiento.
Me dio la espalda, tomando la sopa con la cuchara, soplando suavemente antes de llevarla a los labios de Valeria.
Ella abrió la boca, sus ojos encontrándose con los míos por encima de su hombro.
Sonrió.
Una sonrisa victoriosa y depredadora.
Creía que había ganado al Rey.
Toqué el reloj en mi bolsillo, sintiendo el metal frío contra mi palma.
No me importaba el Rey.
Yo tenía las joyas de la corona.
Dándome la vuelta, salí de la habitación, dejando a mi esposo jugar al enfermero con una rata, mientras yo me llevaba el recuerdo de su hermano por la puerta.