Género Ranking
Instalar APP HOT
Una Esposa Invisible para James
img img Una Esposa Invisible para James img Capítulo 4 Marido y mujer
4 Capítulo
Capítulo 6 Un poco de café img
Capítulo 7 Mi nuevo mundo img
Capítulo 8 Sesión de fotos img
Capítulo 9 Mi nuevo hogar img
Capítulo 10 Patrick 1, Lorena 0 img
Capítulo 11 Patrick 2, Lorena 1 img
img
  /  1
img

Capítulo 4 Marido y mujer

Cuando amaneció, yo ya estaba despierta.

No había dormido más de dos horas, y aun así la habitación estaba llena de gente cuando abrí los ojos: tres estilistas, dos maquillistas, mi madre vigilando desde la esquina como un halcón y mi hermano menor sentado en una silla frente a mí, con su traje impecable, mirándome como si fuera a romperme en cualquier momento.

-Buenos días, princesa -me dijo él con una sonrisa triste.

Yo tragué saliva. No quería que me llamara así hoy. No cuando sabía que nada de esto tenía algo de cuento de hadas.

-No soy una princesa -murmuré.

-Hoy deberías sentirte como una -insistió-. Es tu boda.

Me encogí de hombros mientras las estilistas levantaban mi cabello con peines y horquillas.

-Hoy debería ser feliz -respondí-. Pero no lo estoy.

Mi madre bufó, cruzando los brazos.

-No empieces, Lorena. Hoy no. Te lo suplico.

-¿Suplicas? -dije con sarcasmo-. Vaya, eso sí es nuevo.

Mi hermano puso una mano sobre la mía.

-Hey... tranquila. Estoy aquí contigo.

Lo miré. Él siempre había sido mi refugio. La única bondad que quedaba en mi familia. Y verlo hoy así, vestido con traje, forzando una sonrisa para no preocuparme más, dolía más que el propio matrimonio.

-¿Estás bien? -le pregunté.

-Estoy contigo -respondió él-. Eso basta.

Los estilistas trabajaban rápido. Me querían perfecta, impecable, radiante. El cabello recogido en un moño bajo con mechones sueltos, el maquillaje suave pero elegante, la piel sin una sola marca visible. Todo tan pulcro que me daban ganas de llorar.

-Ya puedes ponerte el vestido -anunció una estilista con voz alegre que chocaba con mi ánimo.

Mi madre aplaudió con emoción.

-¡Por fin! ¡El momento que esperé tantos años!

-Yo no -solté sin filtro.

Ella me lanzó una mirada que podría haber roto vidrio.

-Lorena, por favor, deja de arruinarlo todo. Estás a punto de casarte con un hombre que podrá darte todo lo que nunca tuviste.

-Excepto amor -repliqué.

Ella no contestó. No tenía argumentos para eso.

Mi hermano se levantó y se acercó a mí.

-Te ayudaré -me dijo.

Me levanté despacio y me puse el vestido con la ayuda de las modistas. El corpiño ajustado, la falda de tul, los encajes bordados a mano. Magnífico. Pesado. Hermoso en teoría. Agobiante en la realidad.

Cuando estuvo completamente colocado, mi hermano me miró boquiabierto.

-Wow... Lore... te ves...

-¿Distinta? -completé.

-No -dijo-. Te ves fuerte.

Y eso casi me rompió otra vez.

Mi madre caminó a mi alrededor como si fuera una escultura.

-Perfecta -declaró-. Patrick estará orgulloso.

Sentí un escalofrío.

Patrick.

Mi futuro esposo.

El hombre que apenas me miraba.

El mismo que había dicho que yo "complicaba las cosas".

Respiré hondo.

-No demorarán... -avisó una de las estilistas cuando escuchamos un golpe en la puerta-. Debe ser la limusina.

Asentí, sintiendo cómo se me aceleraba el pulso.

Sí.

Era real.

El día había llegado.

Mientras caminaba hacia la limusina, cada paso era una sentencia. Mi hermano iba a mi lado, mi madre detrás y dos fotógrafos capturaban momentos que yo no quería recordar.

El chofer abrió la puerta.

-Señorita Grey, lista para partir.

No lo estaba, pero asentí.

El trayecto fue silencioso, excepto por mi madre suspirando en cada esquina y ajustando mi velo como si fuera un objeto decorativo.

Mi hermano me miraba, preocupado.

-Si quieres que detenga el auto, lo hago -susurró-. Nos bajamos y corremos.

Sonreí por primera vez en todo el día.

-Gracias... pero no puedo huir.

-¿Por qué no? -insistió-. Aún puedes decir no.

-Porque... -mi voz se quebró un segundo-. Porque ya es demasiado tarde.

Un crujido suave me hizo girar.

Mi padre.

Sentado en la parte delantera del vehículo.

No lo había visto desde ayer. Ni desde antes.

Casi no hablábamos desde hacía meses.

Apenas me apoyó en todo este desastre.

-Lorena -dijo él, con voz ronca-. Necesito hablar contigo.

Apreté los dientes.

-No tengo nada que decirte.

Se giró hacia mí, más viejo, más cansado.

-Necesito que me perdones.

Reí sin humor.

-¿Perdonarte? ¿Por qué exactamente? ¿Por no detener esto? ¿Por dejarme sola? ¿Por obligarme a casarme con un extraño? ¿Por eso?

Mi madre se tensó.

-Lorena...

-¡No! -me giré hacia ella-. Quiero escucharlo.

Mi padre bajó la mirada.

-Fallé como padre. Lo sé. Debería haberte protegido mejor. Debería haber impedido muchas cosas.

-¿Y por qué no lo hiciste? -pregunté, seca.

-Porque soy cobarde.

El silencio nos envolvió.

Lo miré fijamente. No había mentira en sus ojos. Solo arrepentimiento tardío.

-Papá... -susurré-. Ya no sirve de nada.

Él cerró los ojos como si mis palabras lo golpearan físicamente.

-Lo sé. Pero igual... lo siento.

Aparté la mirada hacia la ventana.

No quería llorar.

No frente a ellos.

-Es tarde -dije al fin-. Demasiado tarde.

Y nadie volvió a hablar.

El auto se detuvo. El chofer abrió la puerta. Respiré hondo y descendí.

La iglesia era...

Un sueño.

Arcos gigantes cubiertos de flores blancas.

Rosas, peonías, lirios.

Columnas envueltas en hiedra y luces tenues.

Velas por todas partes, brillando como estrellas cerca del altar.

El pasillo estaba cubierto por una alfombra blanca con detalles dorados.

Un cielo de pétalos suspendidos.

Un aroma dulce llenaba el aire.

Me quedé sin aliento.

-Es... hermoso -susurré sin poder evitarlo.

Mi madre sonrió satisfecha.

-De revista, querida. Como corresponde a una boda James.

Cerré los ojos un segundo para no llorar.

No por felicidad.

Sino porque jamás pensé que mi boda se vería así, y aun así... no me pertenecía.

-Lorena -dijo mi hermano-. Mira.

Abrí los ojos.

Y lo vi.

A Patrick.

De pie en el altar.

Sin lentes.

Con el cabello ligeramente desordenado, como si hubiese pasado la mano por él mil veces.

Su traje -un esmoquin negro perfectamente ajustado- resaltaba sus hombros anchos y su postura imponente.

Pero fueron sus ojos...

Esos ojos que nunca había visto sin cristales entre nosotros...

Lo que me detuvo el corazón.

Azules.

Profundos.

Bellísimos.

Y estaban fijos en mí.

Mi respiración se agitó sin permiso.

¿Qué es esto?

¿Qué me pasa?

¿Por qué late así mi corazón?

Mi hermano me tocó el brazo.

-Vamos.

Y comenzamos a avanzar.

Cada paso era lento, pesado, absurdo.

Y sin embargo...

Me sentía como flotando.

Como si estuviera en una nube.

Como si algo invisible tirara de mí hacia él.

Patrick no se movió.

Solo me observaba como si nunca me hubiera visto antes.

O como si me estuviera viendo realmente por primera vez.

Mi corazón latía tan fuerte que temí desmayarme.

Pero seguí caminando.

Un paso.

Otro.

Y otro.

Hasta que llegué frente a él.

Mi padre me entregó.

Su mano tembló.

Patrick extendió la suya y me sostuvo del brazo con firmeza.

Su piel estaba fría.

Su voz aún más.

-¿Lista para actuar? -susurró.

Sentí cómo el alma se me rompía en mil pedazos.

Tragué saliva y respondí sin mirarlo.

-Sí. Para eso estoy aquí, ¿no?

Sus dedos se tensaron en mi brazo.

Pero no dijo nada.

Los invitados aplaudieron mientras el sacerdote comenzaba la ceremonia.

Todo era perfecto.

Todo era hermoso.

Y yo estaba muriendo por dentro.

LOS VOTOS

-Patrick James, ¿aceptas a Lorena Grey...?

Patrick respondió sin dudar.

-Acepto.

Frío.

Implacable.

Como si aceptara un trato de negocios.

Cuando fue mi turno, mi voz casi no salió.

-Yo... acepto.

Casi me atraganto con las palabras.

Luego vinieron los anillos.

Patrick tomó el mío.

Sus dedos rozaron los míos.

Un contacto breve, eléctrico, inesperadamente cálido.

-Con este anillo... -dijo él, mirándome directamente-. Te tomo como mi esposa.

Mi pecho se apretó.

Otra mentira.

Otro acto.

Tomé su anillo con manos temblorosas.

-Con este anillo... -mi voz se quebró-. Te tomo como mi esposo.

El sacerdote sonrió.

-Por el poder que me ha sido conferido... los declaro marido y mujer.

Un murmullo recorrió la iglesia.

Aplausos.

Flash de cámaras.

Susurros emocionados.

Patrick se acercó.

Sentí el mundo detenerse.

Su mano se posó en mi cintura.

Su otra mano rozó mi mejilla.

Su rostro descendió hacia el mío.

Y me besó.

No suave.

No dulce.

No romántico.

Sino firme.

Seguro.

Controlado.

Un beso que no pedí.

Un beso que no esperaba.

Un beso que me dejó sin aire.

Mis manos temblaron.

Mi corazón explotó contra mis costillas.

Los invitados se levantaron.

Aplaudieron.

Celebraron.

Y yo...

Yo estaba atrapada entre sus labios y una verdad que recién empezaba a entender:

Este hombre...

Podía destruirme.

Anterior
            
Siguiente
            
Descargar libro

COPYRIGHT(©) 2022