Género Ranking
Instalar APP HOT
Una Esposa Invisible para James
img img Una Esposa Invisible para James img Capítulo 5 La recepción
5 Capítulo
Capítulo 6 Un poco de café img
Capítulo 7 Mi nuevo mundo img
Capítulo 8 Sesión de fotos img
Capítulo 9 Mi nuevo hogar img
Capítulo 10 Patrick 1, Lorena 0 img
Capítulo 11 Patrick 2, Lorena 1 img
img
  /  1
img

Capítulo 5 La recepción

Me hubiera gustado decir que, después del beso frente a todos, las cosas se volvieron mágicas, románticas y perfectas, como en esas novelas que mi madre leía para escapar de su vida miserable.

Pero no.

Apenas salimos de la iglesia, el aire se volvió más frío que la mirada de Patrick. El fotógrafo se nos acercó con una sonrisa ansiosa y la cámara en alto.

-Señora y señor James, ¿podrían acercarse un poco más? -pidió.

Patrick solo asintió, ni siquiera volteó a mí. Como si yo fuera un accesorio más del evento.

-Lorena -susurró el fotógrafo- míralo a él... no al piso.

Respiré hondo, levanté el rostro y lo vi. Patrick giró apenas la cabeza, lo justo para posar, no para verme. Su mano estaba sobre la mía, firme, casi rígida, como si sostuviera algo que quería soltar.

Un matrimonio perfecto... en fotografías.

-Muy bien -dijo el fotógrafo- ahora una sonrisa.

Yo sonreí.

Patrick no.

-Con que uno sonría basta -bromeó el fotógrafo, intentando alivianar la tensión.

No funcionó.

Cuando terminó la sesión al exterior de la iglesia, los invitados comenzaron a dirigirse hacia la salida, donde esperaban las limusinas para llevarnos a la recepción. Mi madre se acercó emocionada, agarrándome la mano.

-Mi niña... estabas hermosa, ¡tan hermosa! -susurró con ojos brillosos-. No sabes lo orgullosa que estoy de ti.

Mi hermano, detrás de ella, me guiñó un ojo.

-Lo hiciste bien -dijo-. No te desmayaste ni tartamudeaste. Eso ya es un logro.

Solté una risa amarga.

-Gracias por la confianza.

Antes de que pudiera responder algo más, la voz del asistente de Patrick nos interrumpió.

-Señora James -dijo con una inclinación de cabeza impecablemente calculada-, el señor le solicita en la limusina. Deben salir ahora para llegar a tiempo al protocolo de entrada.

"Le solicita".

Ni siquiera "la espera".

Qué romántico.

Mi madre me apretó el brazo.

-Ve, hija... no lo hagas esperar.

Claro. No fuera a ser que el señor iceberg se derritiera.

Cuando entré en la limusina, Patrick estaba mirando por la ventana. Ni un vistazo hacia mí.

-¿Todo bien? -pregunté, intentando sonar neutral.

-Perfecto.

Su tono fue tan cortante que imaginé un cubito de hielo estrellándose contra el piso.

Me acomodé frente a él, el vestido ocupando la mitad del espacio, y no pude evitar mirarlo más detenidamente. Ese hombre parecía sacado de una revista: traje impecable, pómulos afilados, mandíbula tensa, y esos ojos -Dios- esos ojos que había visto sin lentes por primera vez, que tenían un color entre celeste y gris que no sabía si quería observar o evitar.

Me odié por pensarlo.

Él carraspeó.

-Estás mirándome.

-Solo confirmaba que sigues vivo -respondí.

Sus cejas se elevaron apenas, como si no esperara que yo le respondiera así.

-Tu sarcasmo no es necesario hoy.

-Mi matrimonio tampoco lo era y aquí estamos.

Patrick giró la mirada hacia la ventana de nuevo. Puñalada directa.

-Recuerda lo que hablamos -dijo con voz baja-. Mantenemos la apariencia. Sin escenas. Sin comentarios fuera de lugar.

Me crucé de brazos.

-De acuerdo, señor James. Actuaré.

-Perfecto -murmuró-. No esperaba menos.

Durante el resto del trayecto no hablamos. El silencio era tan espeso que podía cortarse con un cuchillo.

Cuando bajamos de la limusina, una avalancha de cámaras, luces y flashes nos sofocó. La decoración era majestuosa: columnas envueltas en flores blancas, candelabros altos con velas que parecían flotar, un camino de pétalos que guiaba hacia la entrada del salón.

Todo parecía sacado de un cuento... uno en el que yo no pertenecía.

El presentador anunció nuestra llegada:

-¡Con ustedes, por primera vez como marido y mujer, Patrick y Lorena James!

Los invitados aplaudieron como si acabara de ocurrir un milagro.

Patrick se acercó a mí y me ofreció su brazo. No lo hizo con dulzura, sino como quien cumple un protocolo estricto.

-Sonríe -dijo sin mover los labios-. Todos te miran.

-¿Y tú? -murmuré- ¿también me miras?

-Yo te observo -corrigió.

Eso fue peor.

Caminamos entre la multitud que celebraba un amor que no existía. Podía escuchar frases entrecortadas:

-¡Qué hermosa pareja!

-Parece tan enamorado...

-Ella es preciosa.

-Él no le quita los ojos de encima.

Si ellos supieran la verdad.

Patrick no me miraba.

Me analizaba.

Cuando el maestro de ceremonias anunció el primer baile, supe que estaba perdida.

-Ahora... los recién casados.

Patrick extendió su mano. La tomé. Estaba fría. Igual que él.

Mientras la música comenzaba, sus ojos se clavaron en los míos.

-Pisa al ritmo -dijo en voz baja-. No quiero que parezca que te estoy arrastrando.

-Hazlo si te da la gana -contesté-. Todos ya creen que eres perfecto. Nadie notará si me pisas.

-No lo haré.

-¿Porque eres amable o porque no quieres arruinar tu imagen?

-Porque no quiero arruinar tu vestido.

Tragué saliva. Ese detalle... esa mínima consideración... me confundió.

-Deja de mirarme así -dijo él.

-¿Así cómo?

-Como si esperaras algo de mí.

Me tensé.

-No espero nada de ti. Lo único que necesito es sobrevivir a esta noche.

-Eso sí puedo garantizártelo.

Sus palabras eran duras, sí, pero su mano en mi cintura era firme. Segura. Tenía el toque de alguien acostumbrado a controlar todo... incluso a sí mismo.

-Relaja los hombros -susurró.

Obedecí, no porque me lo ordenara, sino porque, por primera vez, su voz sonó menos fría. Casi humana.

-Así -dijo.

La música terminó. La magia, si es que la hubo, también.

Nos sentamos en la larga mesa presidencial, llena de flores, copas brillantes y miradas inquisitivas. Mi madre estaba al borde de las lágrimas, mi hermano comía como si no hubiera mañana y mi padre... bueno, mi padre evitaba cruzar mi mirada.

Hasta que finalmente lo hizo.

Se acercó a la mesa y pidió permiso para hablar conmigo.

-Lorena...

Respiré profundo.

-¿Qué quieres, papá?

-Yo... quería decirte que lo siento.

Me quedé inmóvil.

-¿Por qué ahora?

-Porque... porque no estuve cuando debía. Fui un idiota. Te lastimé. A tu madre también. Y sé que no merezco tu perdón pero...

-No lo tienes -respondí sin dejarlo terminar-. Ya es tarde.

Él bajó la mirada, derrotado. Yo sentí un nudo quemándome en el pecho, pero no lloré.

Patrick observó la escena sin intervenir. Sin opinar. Solo mirando. Pero había algo distinto en su expresión... ¿curiosidad? ¿interés? ¿o simplemente juzgaba mi forma de manejar la situación?

No sabía. No quería saber.

La noche avanzó entre felicitaciones, brindis falsos y sonrisas que me dolían la cara. Quería irme. Necesitaba aire. Necesitaba ser alguien más, aunque fuera por cinco minutos.

Me excusé para ir al baño, pero antes de llegar sentí una presencia detrás de mí.

Patrick.

-¿A dónde vas? -preguntó.

-A buscar oxígeno. No sé si estás familiarizado con él.

-No puedes desaparecer de la sala sin avisar.

-No soy tu marioneta. No estoy aquí para tu ego.

Patrick dio un paso adelante, muy cerca, demasiado cerca.

-No estoy preocupado por mi ego, Lorena -dijo en un tono más bajo, más grave-. Estoy preocupado por ti.

Me congelé.

-¿Por mí?

-Sí. Si te desmayas, si lloras, si pierdes el control, si algo sale mal... todos verán la grieta del contrato. Y no puedo permitirlo.

Silencio.

Yo esperaba frialdad.

Recibí responsabilidad.

Eso dolió más.

-Ah -murmuré-. Ya veo. Tu preocupación no es por mí... es por el trato.

Patrick no respondió. Y su silencio confirmaba todo.

Dio un paso atrás.

-Regresemos antes de que alguien lo note.

No pude moverme. No podía respirar.

Él me miró un segundo más.

Y se fue.

Esa noche

Cuando la recepción terminó y los invitados comenzaron a irse, mi madre me abrazó fuerte.

-Te ves cansada.

-Solo quiero dormir -susurré.

Patrick habló con su asistente, verificó horarios, saludó a personas importantes. Ni una sola vez me preguntó cómo me sentía.

Cuando por fin nos subimos a la última limusina del día, el silencio entre nosotros ya no era incómodo... era insoportable.

Subimos al penthouse preparado para la noche de bodas. Era hermoso: pétalos sobre la cama, velas encendidas, música suave.

Un escenario perfecto para dos desconocidos.

-Puedes dormir en la habitación principal -dijo Patrick-. Yo usaré la de huéspedes.

-Gracias -respondí con un hilo de voz.

Él me miró por un segundo.

Solo un segundo.

Pero lo suficiente para notar que me veía... rota.

-Esto pasará -murmuró.

-¿El matrimonio?

-No. Esta sensación. El peso del día.

Asentí sin decir más.

Entré al baño.

Cerré la puerta.

Me dejé caer en el piso frío.

Y entonces... lloré.

Por primera vez en años, lloré sin control.

Lloré por mi padre.

Por mi madre.

Por mi libertad perdida.

Por un futuro que no escogí.

Por un hombre que no me quería.

Y por mí, por haber sido tan ingenua... por haber esperado algo más.

Cuando salí del baño, Patrick ya no estaba.

La cama estaba impecable.

El penthouse silencioso.

Yo sola.

Me metí bajo las sábanas, húmedas por mis lágrimas, y solo tuve un pensamiento antes de dormir:

¿En qué demonios me metí?

Anterior
                         
Descargar libro

COPYRIGHT(©) 2022