Hacía apenas unas horas, su mayor preocupación era el tono de labial que usaría para una cena benéfica. Ahora, el sabor metálico de la sangre de su hermano parecía seguir impregnado en su garganta, y el eco del disparo de su tío Arthur se repetía en su mente como una tortura constante.
La puerta de la habitación se abrió con un chirrido sutil. Stella se puso de pie de un salto, con los músculos tensos y los ojos grises entornados, lista para defenderse. Sin embargo, no era Genaro ni alguno de los guardias de rostro inexpresivo que custodiaban el pasillo. Era Alicia, quien entraba con paso vacilante sosteniendo una maleta de cuero negro.
-Niña Stella... tiene que comer algo -susurró la chica, dejando la maleta que había ido a buscar sobre un diván de terciopelo.
-¿Comer? -Stella soltó una risa seca, carente de cualquier rastro de humor-. Han asesinado a mi padre, a mi madre y a Salvatore. Mi tío los entregó como si fueran ganado al matadero. ¿Y esperas que tenga apetito, Alicia?
Alicia bajó la mirada, abrumada por el dolor que emanaba de la joven Costello. Se acercó con cautela y abrió la maleta, revelando una serie de prendas de luto: vestidos de seda negra, velos de encaje y zapatos de tacón que brillaban con una elegancia cruel.
-El señor Genaro trajo esto de su casa. Dijo que el señor Gabrielle no aceptará retrasos. El funeral comenzará en dos horas en la catedral de San Pedro.
Stella sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Ir al funeral significaba enfrentarse a la realidad de cuatro ataúdes. Significaba ver a su tío Arthur fingiendo luto mientras planeaba cómo repartirse los despojos del imperio de su padre. Pero, sobre todo, significaba enfrentarse a la familia Malone en su propio terreno.
-Gabrielle... -pronunció Stella, y el nombre se sintió como una brasa ardiente en su lengua-. Alicia, ¿lo has visto? ¿Es el mismo niño que solía jugar en el jardín con Salvatore?
Alicia se estremeció y comenzó a sacar el vestido negro, evitando la mirada de Stella.
-No, señorita. El niño que usted recuerda desapareció hace mucho tiempo. El hombre que regresó tiene una mirada que le hiela la sangre a cualquiera. Dicen que en Rusia y Sicilia se ganó una reputación de ser implacable. No lo llaman "el heredero" por cortesía, sino por el rastro de cuerpos que deja a su paso.
Stella se acercó al espejo de marco dorado que dominaba la estancia. Observó su reflejo: la piel blanca, casi traslúcida por el impacto del trauma; los labios carnosos que ahora estaban apretados en una línea de amargura; y esos ojos grises que, a pesar del llanto, comenzaban a encenderse con una chispa de odio líquido.
-No me importa qué tan implacable sea -dijo Stella, con una voz que no reconoció como suya-. Él cree que me ha quebrado, pero solo ha despertado a la hija de Pietro Costello. Si quiere que asista a ese funeral, lo haré. Pero no iré como una víctima.
Stella, después de tomar una ducha rápida, comenzó a vestirse. Cada prenda de luto se sentía como una armadura. Mientras Alicia la ayudaba con la cremallera del vestido de seda que se ajustaba a su cuerpo esbelto, Stella recordaba los fragmentos de su infancia. Recordaba a un Gabrielle de doce años prometiéndole que siempre la protegería. Recordaba el pacto de sangre que sus padres habían firmado entre risas y copas de vino, uniendo sus destinos para asegurar una paz que resultó ser tan frágil como el cristal.
¿Dónde estaba ese niño ahora? Probablemente celebrando la caída de los Costello.
En la planta baja, la atmósfera era muy distinta. Gabrielle Malone acababa de entrar a la mansión, todavía con el traje de viaje, pero desprendiendo una autoridad que hacía que los hombres de seguridad bajaran la cabeza al verlo pasar. Sus ojos azules, profundos y gélidos como el océano ártico, recorrieron la estancia con desprecio.
-Señor Gabrielle, todo está listo -anunció Genaro, acercándose con una sumisión casi vergonzosa-. Arthur Costello está en la catedral coordinando los detalles con la policía. La chica está arriba, bajo custodia.
Gabrielle se detuvo frente a un gran ventanal, observando la lluvia que comenzaba a caer sobre la ciudad. Su barba de tres días le daba un aire descuidado pero peligroso, y sus brazos fuertes tensaban la tela de su camisa.
-¿Por qué sigue viva, Genaro? -preguntó Gabrielle. Su voz era un susurro ronco que cortaba el aire-. Sabes perfectamente que mi orden era erradicar cualquier rastro de los Costello.
Genaro tragó saliva, sintiendo el sudor frío correr por su nuca.
-Arthur sugirió que ella podría ser útil, señor. Es la única que conoce las claves de las cuentas privadas de Pietro en Suiza. Además... su padre siempre quiso este matrimonio para unificar las familias. Pensé que tenerla bajo su control sería el trofeo final y la rendición de los seguidores de los Costello.
Gabrielle se giró con una lentitud depredadora. Se acercó a Genaro hasta quedar a pocos centímetros, permitiendo que el hombre sintiera la amenaza física que emanaba de su cuerpo atlético.
-Mi padre está muerto, Genaro. Y con él, murieron sus deseos de paz -sentenció Gabrielle-. Los Costello pagarán por cada gota de sangre de Joe Malone. Si la chica tiene información, se la sacaré. Si no, ella misma cavará su tumba al lado de su hermano.
-Entendido, señor. El auto está esperando para llevarla al funeral. Arthur insiste en que ella aparezca públicamente a su lado para mantener las apariencias frente a la prensa y los otros clanes.
Gabrielle asintió con un gesto imperceptible.
-Llévala. Yo iré por mi cuenta. Quiero observar desde las sombras qué tan fuerte es la "princesa de la mafia Costello" antes de destruirla por completo.
El trayecto hacia la catedral fue un borrón de luces y sombras para Stella. Desde el asiento trasero del auto, escoltada por Genaro, veía la ciudad que alguna vez fue su hogar y que ahora se sentía como territorio enemigo.
Al llegar a la imponente catedral de San Pedro, el caos de la prensa y los curiosos fue contenido por un despliegue policial sin precedentes, liderado por su tío Arthur. Stella bajó del auto, manteniendo la espalda erguida y la barbilla en alto, a pesar de que sentía que las piernas le fallarían en cualquier momento.
El interior de la iglesia estaba cargado con el olor dulce y opresivo del incienso y los lirios blancos. Al fondo, cuatro ataúdes de madera oscura descansaban bajo el altar. El dolor golpeó a Stella con la fuerza de un huracán. Ver el ataúd de Salvatore, al lado del de su padre, rompió el último rastro de su compostura.
-Tío... -susurró Stella cuando Arthur se acercó para rodearla con un brazo hipócrita.
-Tranquila, carina (cariño). Todo pasará. Ahora yo me encargo de todo -le dijo Arthur al oído, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos-. Pórtate bien y quizás sobrevivas a esta noche.
Stella se zafó de su agarre con asco. Necesitaba aire. Necesitaba un segundo de soledad antes de que comenzara la misa y tuviera que enfrentar las miradas de lástima y burla de los otros clanes.
-Voy al tocador -anunció a Genaro, quien intentó detenerla.
-No puede ir sola, señorita.
-¿A dónde voy a escapar, idiota? ¿A través de las paredes de piedra? -espetó Stella con una ferocidad que hizo retroceder al hombre-. Déjame respirar cinco minutos o haré una escena aquí mismo, frente a todos tus jefes.
Genaro, consciente de que Gabrielle estaba por llegar y no quería problemas, cedió.
-Cinco minutos, Costello. Mis hombres están en todas las salidas.
Stella caminó con pasos rápidos hacia el pasillo lateral que conducía a los servicios y las oficinas parroquiales. Sus pulmones ardían. Al entrar al área de los baños, se apoyó en el lavabo de mármol y abrió el grifo. Se lanzó agua fría a la cara, tratando de borrar el rastro del cansancio y la agonía. Se miró al espejo, delineó sus labios carnosos con los dedos temblorosos y respiró hondo.
-Mantente fuerte, Stella. Por Salvatore. Por papá -se susurró a sí misma.
Cuando se dispuso a salir, con la mente fija en la batalla que le esperaba fuera, abrió la puerta con tal ímpetu que no vio la figura que venía en dirección contraria. El impacto fue inevitable. Stella chocó contra un pecho sólido como una roca, perdiendo el equilibrio. Sus tacones resbalaron en el suelo pulido y soltó un pequeño grito mientras caía.
Sin embargo, antes de tocar el suelo, unos brazos fuertes y seguros la sujetaron por la cintura, pegándola contra un cuerpo atlético que emanaba un calor abrasador.
Stella alzó la vista, con la respiración entrecortada. Se encontró sumergida en un par de ojos azules tan profundos y magnéticos que el mundo alrededor pareció desaparecer. El hombre que la sostenía tenía una mirada que le desnudaba el alma, una mezcla de peligro y una extraña intensidad que la dejó sin aliento. Ella no sabía quién era él. Solo veía a un hombre increíblemente apuesto, con una barba y una expresión de chico malo que la hizo estremecer por razones que no tenían nada que ver con el miedo.
Por un segundo eterno, ambos se quedaron en silencio, atrapados en esa cercanía eléctrica.
-Disculpe, señorita... ¿se hizo daño? -preguntó él, y su voz profunda vibró en el pecho de Stella como un eco prohibido.
Ella se perdió en sus labios, en la firmeza de su agarre. Por un instante, Stella olvidó los ataúdes, olvidó a su tío traidor y el luto que cargaba. Solo sentía la electricidad recorriendo su piel bajo la seda negra.
-Yo... estoy bien. Gracias -susurró ella, tratando de recuperar la compostura, aunque no quería soltarse de esos brazos.
-Deme su mano, permítame levantarla -dijo él, con una caballerosidad que contrastaba con la oscuridad de su mirada.
Stella aceptó su mano, sintiendo una corriente de energía que le erizó el vello de los brazos. Estaba a punto de preguntarle quién era, de pedirle que la ayudara a salir de ese infierno, cuando el sonido de unos pasos pesados interrumpió la magia del momento.
Genaro apareció al final del pasillo, con el rostro desencajado por la sorpresa.
-¡Señor Gabrielle! -exclamó Genaro, deteniéndose en seco-. Disculpe... ¿Qué hace con ella?
La mirada del hombre que sostenía a Stella cambió en un milisegundo. La suavidad desapareció, reemplazada por un odio tan puro y gélido que Stella sintió que la sangre se le congelaba. El hombre la soltó bruscamente, como si su contacto lo quemara.
-¿Gabrielle? -balbuceó Stella, dando un paso atrás mientras el horror comenzaba a cobrar forma en su mente.
Gabrielle Malone la observó desde arriba, con una sonrisa cruel curvando sus labios delicados.
-¿Así que te estabas burlando de mí, pequeña niña mimada? -sentenció Gabrielle, y su voz ya no era la de un extraño amable, sino la de su verdugo-. Te vi en el pasillo y casi olvido quién eres. Casi olvido que eres la sangre del hombre que mató a mi padre.
Stella quiso hablar, quiso defenderse, pero la mirada de Gabrielle la inmovilizó.
-Genaro -ordenó Gabrielle, sin apartar los ojos de los de ella-, llévala a mi lado durante la misa. Quiero que todos vean cómo la heredera de los Costello se arrodilla ante los Malone. Y después... llévala a la mansión. No volverá a salir de allí hasta que yo decida qué parte de ella voy a destruir primero.
Gabrielle se dio la vuelta y se marchó, dejándola bajo la custodia de un Genaro triunfante. Stella se quedó allí, con el pecho apretado y las manos sangrando por la presión de sus propias uñas. El hombre de sus sueños infantiles acababa de sentenciarla al infierno, y el juego mortal apenas estaba comenzando.