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Viviendo con el enemigo: Un pacto de sangre y sombras
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5 Capítulo
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Capítulo 5 El código de la sangre

El sótano de la mansión Malone no se parecía en nada al lujo de los pisos superiores. Aquí, el aire estaba viciado por el olor a salitre, humedad y el eco de pecados antiguos. Stella fue arrojada a una de las celdas laterales, un espacio frío con el suelo de cemento cubierto por una fina capa de agua estancada.

En la celda contigua, separada solo por un muro de piedra y una reja oxidada, Stella podía escuchar los sollozos de Alicia.

-¡Alicia! ¿Estás bien? -gritó Stella, pegando su rostro a los barrotes, con las manos temblando de rabia.

-Tengo miedo, señorita Stella... Genaro dice que yo le di las llaves a los atacantes -respondió Alicia entre espasmos de llanto.

Genaro, que observaba desde el pasillo con una sonrisa cruel, hizo una señal a uno de los guardias, un hombre corpulento y de mirada lasciva llamado Bruno.

-Me voy a informar al señor Gabrielle -dijo Genaro con voz plana-. Bruno, asegúrate de que no hablen. Haz lo que tengas que hacer para que entiendan quién manda aquí.

Stella vio cómo Genaro desaparecía por las escaleras. Lo que siguió fue un descenso al infierno. Bruno no buscaba información; buscaba saciar sus instintos más bajos. Stella escuchó cómo se abría la celda de Alicia, escuchó los ruegos de la chica y, de repente, un golpe seco que la hizo callar. Entonces, empezaron los ruidos que Stella jamás olvidaría: el rasgar de la ropa, los forcejeos y los lamentos ahogados de Alicia.

-¡Déjala, maldito! ¡Suéltala ahora mismo! -gritaba Stella, golpeando los barrotes con una fuerza desesperada, sus uñas sangrando mientras las lágrimas le nublaban la vista-. ¡Gabrielle te matará por esto! ¡Detente!

Pero Bruno solo se reía entre jadeos. Stella se dejó caer al suelo, tapándose los oídos, gritando hasta que su garganta ardió, pero los sonidos de la violación de su amiga la perseguían. Se sentía impotente, pequeña, destruida por la misma oscuridad que su padre le había advertido.

Después de unos minutos que parecieron horas, el silencio regresó, interrumpido solo por los sollozos quebrados de Alicia. La puerta de la celda de Stella se abrió. Bruno entró, limpiándose el sudor de la frente con una mano sucia, con los ojos fijos en Stella como un lobo sobre una presa herida.

-Ahora te toca a ti, princesita -gruñó el guardia, desabrochándose el cinturón-. Vamos a ver si los Costello saben gritar tan fuerte como sus sirvientas.

Stella sintió que una oleada de adrenalina pura, nacida del odio y la supervivencia, reemplazaba su terror. Cuando el hombre se abalanzó sobre ella, Stella no retrocedió. Con un movimiento rápido, le propinó un puñetazo directo en la boca, sintiendo cómo los dientes del hombre se estrellaban contra sus nudillos.

-¡Desgraciado! ¡Poco hombre! -le gritó con ferocidad.

Bruno, sorprendido y enfurecido, intentó atraparla por el cabello, pero Stella fue más rápida. Alzó la rodilla con toda su fuerza, impactando directamente en sus testículos. El hombre soltó un alarido de agonía y se dobló sobre sí mismo. Stella intentó correr hacia la salida, pero Bruno, recuperándose por la rabia, la agarró del tobillo y la lanzó con violencia contra el suelo húmedo.

Stella golpeó el cemento, el agua sucia empapando su vestido rojo ahora hecho jirones. Bruno se colocó sobre ella, inmovilizándole los brazos con una mano mientras con la otra rasgaba la seda del vestido, dejando su piel blanca expuesta a la humedad del sótano.

-¡Te voy a romper, perra! -rugió él, alzando la mano para golpearla.

-¡NO! -gritó Stella, cerrando los ojos.

De repente, el sonido de unos pasos metálicos retumbó en la escalera. La puerta de hierro se abrió de un golpe tan violento que pareció que los cimientos de la casa temblaban. Gabrielle Malone estaba allí, envuelto en una gabardina negra, con el rostro transformado en una máscara de furia demoníaca.

Bruno se sobresaltó, soltando a Stella de inmediato y poniéndose de pie con torpeza.

-¡Señor Gabrielle! -exclamó el guardia, tratando de recuperar el aliento-. La perra Costello intentó escapar... atacó a los guardias, yo solo trataba de controlarla...

Gabrielle caminó hacia el centro de la celda. No miró a Stella, quien intentaba cubrirse con los restos de su vestido, temblando en el suelo. Su mirada azul, gélida y letal, estaba clavada en Bruno.

-¿Controlarla? -la voz de Gabrielle era un susurro que cortaba como una navaja-. Dijiste que intentó escapar. Pero yo veo que intentabas violarla. Veo tus asquerosas manos sobre la mujer que me pertenece.

-Señor, yo... -Bruno no pudo terminar la frase.

Gabrielle se movió con la velocidad de un rayo. Su puño impactó en la mandíbula de Bruno, enviándolo contra la pared de piedra. Antes de que el hombre pudiera caer, Gabrielle lo tomó por el cuello de la camisa y comenzó a golpearlo con una brutalidad salvaje. No eran golpes de defensa, eran golpes de un verdugo. Stella observaba con horror desde el suelo cómo Gabrielle transformaba el rostro del hombre en una masa de sangre y hueso roto.

-En esta familia tenemos códigos -rugió Gabrielle, lanzando al hombre casi inconsciente al suelo-. No violamos mujeres. No somos animales.

Gabrielle sacó una pistola cromada de su cintura. Sin un gramo de duda, apuntó a la cabeza de Bruno y apretó el gatillo. El estallido del disparo en el espacio cerrado hizo que los oídos de Stella zumbaran. El cuerpo de Bruno quedó inerte sobre el agua sucia.

Gabrielle guardó el arma y, por primera vez, miró a Stella. Se acercó a ella, y por un segundo, Stella pensó que él seguiría con la carnicería. Pero Gabrielle se quitó la gabardina y la envolvió alrededor de los hombros desnudos de ella, cubriendo su piel con el calor que aún conservaba la prenda.

-¿Estás satisfecha? -preguntó él, con los ojos inyectados en sangre.

Stella lo miró, el horror y la gratitud luchando en su interior.

-¿Tú planeaste esto? -preguntó ella, con la voz quebrada-. ¿El mensaje en el sobre, la seguridad rota... todo para probarme?

Gabrielle la tomó de la mandíbula, obligándola a mirarlo.

-Alguien puso ese mensaje. Alguien mató a mi guardia. Y tú eres la principal sospechosa, Stella.

Stella soltó una carcajada amarga, aunque sus ojos estaban llenos de lágrimas.

-Si yo estuviera detrás de todo esto, Gabrielle... si yo tuviera ese poder todavía, tú y tus asquerosos hombres ya estarían muertos. No perdería el tiempo enviando dedos en sobres. Te cortaría la garganta mientras duermes.

Gabrielle mantuvo la mirada durante un largo segundo, evaluando la honestidad en su rabia. Finalmente, soltó su rostro. Genaro apareció en la entrada, jadeando, al ver el cadáver en el suelo.

-Señor... no sabía que...

-¡Cállate, Genaro! -le cortó Gabrielle-. Lleva a la chica de la otra celda a la enfermería ahora mismo. Si le pasa algo, tú serás el siguiente en este suelo.

Genaro asintió con miedo y corrió hacia la celda de Alicia. Gabrielle se volvió hacia Stella y, sin previo aviso, la cargó en sus brazos. Stella intentó protestar, pero no tenía fuerzas. Su cuerpo estaba agotado y su mente colapsada.

-Vamos arriba -sentenció él.

-¿A mi habitación? -susurró ella, cerrando los ojos contra su pecho.

-No -respondió Gabrielle, subiendo las escaleras con paso firme-. Vas a dormir en la mía. Si alguien está tratando de matarte o usarte como peón, tendrá que pasar por encima de mi cadáver primero. Desde hoy, no te separas de mí ni un segundo, dicen que al enemigo hay que tenerlo cerca.

Al llegar a la habitación principal, Gabrielle la depositó con una delicadeza inesperada sobre las sábanas de seda negra. Stella se acurrucó, envuelta en su gabardina, sintiendo el aroma de Gabrielle envolviéndola. Estaba a salvo del guardia, pero ahora estaba atrapada en la guarida del lobo más peligroso de todos.

Mientras Gabrielle caminaba hacia el ventanal, observando la noche, Stella se dio cuenta de algo que le heló la sangre. Si Gabrielle no había ordenado el ataque y ella tampoco... alguien más en esa casa estaba jugando a ser Dios.

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