Gabrielle la depositó sobre la inmensa cama de sábanas negras. Al soltarla, Stella sintió el frío de la habitación filtrándose por los jirones de su vestido rojo. Se aferró a la gabardina de Gabrielle, tratando de cubrirse, pero el movimiento hizo que la prenda se deslizara, revelando la curva de su hombro y la piel pálida marcada por los dedos del guardia muerto.
Gabrielle no se alejó. Se quedó de pie, atrapándola entre el colchón y su cuerpo, observándola con una intensidad que hacía que Stella olvidara cómo respirar. Sus ojos azules ya no eran gélidos; eran dos hogueras que devoraban cada centímetro de su vulnerabilidad.
-¿Por qué me miras así? -susurró Stella. Su voz tembló, no de miedo, sino de una agitación que le recorría la columna vertebral-. Si vas a terminar lo que ese animal empezó, hazlo de una vez.
Gabrielle soltó una risa ronca, una vibración que Stella sintió en su propio pecho.
-No me compares con ese despojo, Stella. Yo no necesito forzar lo que puedo obtener con solo pedirlo -respondió él, acortando la distancia-. Pero quiero saber la verdad. ¿Quién te ayudó? ¿A quién le abriste las puertas de mi casa?
Él se sentó en el borde de la cama y, con una lentitud tortuosa, llevó su mano hacia el rostro de ella. Stella quiso apartarse, pero su cuerpo no respondió. Los dedos de Gabrielle, callosos y firmes, recorrieron el rastro de una lágrima seca en su mejilla hasta enredarse en su cabello negro. El contacto fue como una descarga eléctrica.
-Nadie me ayudó, Gabrielle. Te lo dije -jadeó ella, sintiendo cómo el calor de él la envolvía-. Si quisiera matarte, no usaría intermediarios.
Gabrielle no pareció escucharla. Su mirada bajó a los labios carnosos de Stella, que estaban entreabiertos y húmedos. La tensión en la habitación se volvió insoportable. Él se inclinó más, su respiración mezclándose con la de ella. Stella pudo ver la lucha en sus ojos, la batalla entre el hombre que quería destruirla y el hombre que se moría por poseerla.
De repente, Gabrielle cerró la distancia. No fue un beso suave; fue una colisión de deseo y odio acumulado. Sus labios se apoderaron de los de ella con una ferocidad que le quitó el aliento. Stella, en lugar de empujarlo, hundió sus dedos en el cabello de Gabrielle, respondiendo al beso con la misma rabia hambrienta. El sabor de él era embriagador, una droga amarga que le hacía olvidar quién era y a quién debía vengar.
La mano de Gabrielle bajó por su cuello, acariciando la piel sensible de su escote con una urgencia que hizo que Stella soltara un gemido ahogado contra su boca. Él la rodeó con sus brazos, apretándola contra su pecho sólido, permitiendo que ella sintiera la fuerza de su deseo, la prueba irrefutable de que, a pesar de sus códigos, ella lo estaba volviendo loco.
Pero justo cuando Stella sintió que las paredes del mundo se desmoronaban, Gabrielle se detuvo en seco.
Como si una descarga de agua helada le hubiera devuelto la cordura, Gabrielle la empujó bruscamente sobre las almohadas. Se puso de pie con un movimiento fluido, recomponiendo su expresión en un segundo. La calidez desapareció de su rostro, reemplazada por una máscara de desprecio triunfante.
-Qué fácil caes, Stella Costello -dijo él, acomodándose la camisa con una frialdad que la dejó helada-. Un par de caricias y olvidas que estoy pisoteando las cenizas de tu familia. Eres tan predecible como tu padre.
Stella se quedó allí, con los labios hinchados y el pecho subiendo y bajando con violencia por la agitación. El vacío que dejó el contacto de él fue doloroso, pero el insulto fue el golpe que la despertó. Sintió la humillación quemándole las mejillas, pero se negó a dejar que él viera cuánto le había afectado.
Se incorporó lentamente, acomodándose la gabardina con una calma que no sentía, y lo miró con los ojos grises cargados de un desprecio que igualaba al suyo.
-Ya quisieras, imbécil -espetó ella, con una sonrisa torcida y cargada de veneno-. No te confundas, Gabrielle. Si te respondí, fue solo para recordar lo que se siente besar a un cadáver andante. Porque eso es lo que eres para mí: un muerto que todavía no sabe que está en su tumba.
Gabrielle apretó la mandíbula, y por un segundo, Stella vio una chispa de furia genuina en su mirada. Le había dado donde más le dolía: en su ego.
-Duerme -ordenó él, dándose la vuelta para caminar hacia la puerta-. Un guardia estará fuera. Si intentas salir, no seré tan paciente como esta vez.
-No necesito salir para destruirte, Gabrielle -gritó ella mientras él cerraba la puerta-. Tú solo me has dado otra razón para desear que tu final sea lento.
Cuando la puerta se cerró con llave, Stella se dejó caer de nuevo sobre la cama, temblando. Su cuerpo todavía gritaba por el contacto de él, pero su mente estaba trazando un mapa de guerra. Se dio cuenta de que el deseo era el arma más peligrosa de Gabrielle, pero también podía ser la de ella. Si él creía que la había domado, estaba muy equivocado.
Unos minutos después, el sonido de la cerradura girando la puso en alerta. Stella se sentó de golpe, cubriéndose con la gabardina, esperando ver de nuevo al verdugo. Sin embargo, quien entró fue un hombre de avanzada edad, con el uniforme impecable de mayordomo. Stella lo reconoció al instante; era Thomas. Él había servido a los Malone desde mucho antes de que Gabrielle naciera y solía visitar la casa de los Costello cuando la paz entre las familias aún era posible. Había visto a Stella dar sus primeros pasos.
-Señorita Stella -dijo el anciano con voz suave y una mirada cargada de una nostalgia dolorosa-. He traído esto para usted por órdenes del joven Gabrielle.
Thomas dejó la caja de madera y seda sobre la otomana al pie de la cama. Contenía una bata de seda color perla, lencería fina y ropa limpia.
-Él solo quiere marcar su territorio, Thomas -espetó Stella con amargura, aunque ver un rostro familiar de su infancia la hacía querer llorar-. No necesito sus regalos, ni a él.
Thomas se detuvo antes de salir y la miró con la misma ternura con la que la observaba cuando era una niña pequeña en los jardines.
-La conozco desde que era un bebé, señorita, y conocí bien a sus padres. Sé que su dolor es inmenso -Thomas suspiró, bajando la voz-. Pero también conocí al joven Gabrielle antes de que este mundo lo endureciera. Él sigue siendo el mismo niño que juró protegerla a usted y a su familia cuando jugaban de niños. Lo que ve ahora es una coraza, la única forma que encontró para sobrevivir a las bestias que lo rodean tras la muerte de su padre. No lo juzgue solo por sus muros; a veces, los muros más altos esconden el miedo más grande.
Sin decir más, el mayordomo se retiró. Stella se quedó mirando la bata, con el corazón martilleando. Thomas recordaba al Gabrielle que ella también creía recordar: su protector, no su carcelero. Sacudió la cabeza con fuerza; no podía permitirse dudar. Se refugió en la ducha, dejando que el agua caliente borrara el rastro de la noche, se puso la seda y se entregó a un sueño agitado por los fantasmas del pasado.
En la planta baja, Gabrielle se sirvió un trago de whisky puro, sintiendo todavía el sabor de Stella en su boca. Sus manos temblaban levemente. Odiaba lo mucho que la deseaba, odiaba que ella tuviera el poder de hacerlo dudar de su propia venganza.
De repente, Genaro entró al despacho, interrumpiendo sus pensamientos.
-Señor... hemos analizado el teléfono del guardia que mató. Recibió una transferencia de una cuenta fantasma hace una hora. El dinero viene de una terminal en el distrito financiero.
Gabrielle apretó el vaso hasta que sus nudillos se pusieron blancos.
-Arthur Costello -masculló Gabrielle-. Él no solo envió el mensaje, quería que Stella fuese violada para que yo la descartara o para que ella se suicidara por el trauma.
-¿Qué vamos a hacer? -preguntó Genaro.
-Arthur cree que tiene el control -dijo Gabrielle, con una mirada que prometía un baño de sangre-. Mañana mismo, Stella y yo nos casaremos. Quiero que vea cómo le arrebato legalmente lo único que le importa. Y después... iremos por su cabeza.
Desde las sombras de la mansión, una figura observaba la conversación. El juego de traiciones era mucho más profundo de lo que Gabrielle o Stella imaginaban