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Viviendo con el enemigo: Un pacto de sangre y sombras
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7 Capítulo
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Capítulo 7 La Señora de la casa

Stella despertó sola en la inmensa cama de sábanas negras. El sol de la mañana entraba con una claridad hiriente, recordándole que el mundo afuera seguía girando a pesar de que el suyo se había detenido entre sangre y cenizas. Se sentó lentamente, sintiendo el cuerpo pesado. Sus ojos se posaron de inmediato en una silla frente a la cama; allí, una caja negra de terciopelo reposaba como una sentencia silenciosa.

Se levantó y, con dedos temblorosos, abrió la caja. Dentro, un vestido blanco de seda pura, de una elegancia insultante, brillaba bajo la luz. Junto a él, una nota breve con la caligrafía firme de Gabrielle: «Póntelo. Hoy dejas de ser una prisionera para convertirte en mi esposa. No me hagas esperar».

Stella apretó la mandíbula. Sin pensarlo más, se refugió en el baño. Dejó que el agua caliente relajara sus músculos, lavando el rastro de la noche anterior. Al salir, se colocó el ajuar de bodas -la lencería de encaje fino que venía en la caja- y se cubrió con la bata de seda perla de la noche anterior.

Apenas acababa de anudar el cinturón de la bata cuando la puerta se abrió de golpe. Stella se tensó, esperando ver a Gabrielle, pero quien entró fue una mujer joven, de una belleza fría y cabello rubio perfectamente recogido. Llevaba el uniforme de ama de llaves, pero lo portaba con una arrogancia que no correspondía a su puesto. Detrás de ella, Genaro entró con una sonrisa burlona, recostándose contra la pared.

-Muévete, Costello -dijo la rubia, dejando una bandeja con el desayuno sobre la mesa con un golpe seco-. El señor Gabrielle tiene una agenda apretada y no piensa perder el día esperando a que una muerta de hambre aprenda a vestirse.

Stella la miró con calma, sin dejarse intimidar por la presencia de Genaro.

-¿Y tú quién eres? -preguntó Stella con un tono gélido.

-Soy Bianca, la que hace que esta casa funcione de verdad -respondió la mujer, acercándose a Stella con paso felino-. Y también soy quien satisface al señor cuando está tenso en el estudio o en cualquier rincón de esta mansión. Yo soy una verdadera mujer, alguien que sabe cómo relajarlo y darle lo que necesita, no una carga política como tú. Él solo te quiere por un papel, pero recuerda que siempre me buscará a mí cuando necesite placer.

En ese preciso instante, la puerta principal de la habitación se abrió apenas un centímetro. Gabrielle entró en absoluto silencio, deteniéndose en las sombras del umbral. Ni Bianca ni Genaro, absortos en su intento de humillar a Stella, notaron su presencia.

-Solo eres un juguete usado, Stella -siguió Bianca, envalentonada-. Una intrusa en una cama que no te pertenece.

-¿Terminaste? -interrumpió Stella con un desprecio absoluto-. Porque para ser "la que lo satisface", pareces muy preocupada por la mujer que dormirá en su cama cada noche.

Bianca, cegada por la furia, levantó la mano y le dio una bofetada a Stella que resonó en toda la estancia. Stella sintió el ardor en la mejilla, pero en lugar de encogerse, sus ojos se encendieron con un fuego peligroso.

Antes de que Bianca pudiera bajar el brazo, Stella reaccionó con la velocidad de un látigo. Le devolvió el golpe no una, sino dos veces, cruzándole la cara con una bofetada en cada mejilla que hizo que Bianca tambaleara hacia atrás, con el rostro encendido de dolor y sorpresa.

-¡Igualada! -sentenció Stella, dando un paso al frente mientras Bianca se sujetaba el rostro-. Las cosas cambiaron. Soy la enemiga del señor de esta casa, sí, pero desde hoy seré su esposa y, por ende, la señora de la mansión. Hasta tú deberás inclinarte ante mí, arrastrada. Ahora, sal de mi vista antes de que te haga limpiar el suelo con ese uniforme.

Bianca, humillada y con los ojos llenos de lágrimas, buscó apoyo en Genaro, pero este solo miraba a Stella con desconcierto.

Fue entonces cuando Gabrielle se hizo notar. Dio un paso fuera de las sombras, con una sonrisa ladina y arrogante curvando sus labios. Sus ojos brillaban con una admiración oscura; le fascinaba la ferocidad de Stella.

-Genaro, Bianca... fuera -ordenó Gabrielle con una voz que no admitía réplica.

Ambos salieron casi huyendo de la habitación. Gabrielle cerró la puerta y caminó hacia Stella, quien aún respiraba con dificultad por la rabia.

-Vaya... parece que mi futura esposa sabe cómo poner orden, sí que tienes garras -dijo él, deteniéndose frente a ella-. Ponte el vestido. Ahora.

-Necesito privacidad -respondió Stella, señalando la puerta.

-No seas ridícula -respondió Gabrielle con una frialdad cortante-. Te acabo de dar una orden y no tengo tiempo para pudores innecesarios. He visto más de lo que crees y pronto veré mucho más. Vístete.

Stella, furiosa y con los ojos chispeantes, deshizo el nudo de su bata con un movimiento brusco, dejándola caer al suelo y quedando solo en el ajuar de encaje blanco. Gabrielle no apartó la mirada; sus ojos recorrieron cada curva de su cuerpo con una posesividad que la hacía arder de indignación. Stella se puso el vestido de seda, luchando con la tela fría.

-Date la vuelta -ordenó él.

Stella obedeció en silencio, dándole la espalda. Sintió las manos grandes y cálidas de Gabrielle rozar su piel mientras subía la cremallera del vestido con lentitud, un gesto que se sintió más como una reclamación que como una ayuda. Luego, él tomó la caja de terciopelo que contenía la gargantilla de diamantes.

-No -susurró ella cuando sintió el frío de las piedras contra su garganta.

-Sí -sentenció él, abrochando la joya-. Arthur recibirá las fotos de esta boda hoy mismo. Quiero que vea que me perteneces legalmente, como cada propiedad y territorio perteneciente a los Costello, y que luces radiante como una Malone.

Él la giró para que lo viera de frente, sujetándola suavemente de la nuca.

-Hoy firmamos un pacto, Stella. Y aunque me odies, esta noche recordarás que tú y yo estamos atados por algo que nada podrá romper.

Él se inclinó y dejó un beso gélido en su frente antes de soltarla. Stella lo vio salir, sintiendo el peso de los diamantes en su cuello como si fueran eslabones de una cadena de lujo. La guerra apenas comenzaba.

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