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Viviendo con el enemigo: Un pacto de sangre y sombras
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3 Capítulo
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Capítulo 3 Bajo el peso de la corona

La catedral de San Pedro se sentía como una nevera de mármol y piedra. El aroma de miles de lirios blancos, que en cualquier otra circunstancia habría sido celestial, ahora resultaba nauseabundo para Stella Costello. Era el olor de la muerte decorada con opulencia. Cada paso que daba por el pasillo central, escoltada por Genaro, se sentía como si caminara hacia su propia ejecución.

Al llegar a la primera fila, el aire se volvió aún más pesado. Allí estaba él. Gabrielle Malone permanecía de pie, con la espalda tan recta como una espada y las manos entrelazadas al frente. Su traje negro, hecho a medida, resaltaba la anchura de sus hombros y esa aura de poder absoluto que lo rodeaba. Al sentir la presencia de Stella, Gabrielle se giró lentamente. La mirada gélida que le dedicó no guardaba ni un rastro del hombre que la había sostenido en sus brazos apenas unos minutos atrás.

-Siéntate, Costello -ordenó Gabrielle con una voz que era un susurro letal-. Y asegúrate de que tus lágrimas no ensucien el nombre de mi familia.

Stella apretó los labios, sintiendo cómo la rabia luchaba por escapar de su garganta. Se sentó a su lado, tan cerca que podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo atlético, un contraste doloroso con el frío de la iglesia. A su derecha, su tío Arthur ocupaba el lugar de honor, secándose unas lágrimas falsas con un pañuelo de seda.

La misa comenzó bajo el eco de los cánticos gregorianos. Cada palabra del sacerdote sobre la "paz eterna" sonaba como una burla cruel. Stella mantenía la vista fija en los cuatro ataúdes. Salvatore, su hermano, el que juró cuidarla, ahora estaba encerrado en una caja de madera oscura. El dolor físico era tan real que sentía que las costillas se le cerrarían sobre el corazón hasta detenerlo.

-Guarda questa farsa (mira esta farsa) -susurró Gabrielle, inclinándose apenas hacia ella. Su aliento rozó el lóbulo de la oreja de Stella, provocándole un escalofrío involuntario-. Tu tío es un actor excepcional, Stella. Casi me hace creer que de verdad lamenta haberle volado la cabeza a tu hermano.

Stella giró el rostro hacia él, con los ojos grises encendidos por la furia.

-Tú no sabes nada -siseó ella, manteniendo la voz baja-. Arthur es un monstruo, pero tú no eres mejor. Estás disfrutando esto, ¿verdad? Ver a la "princesa" de los Costello reducida a nada.

Gabrielle esbozó una sonrisa mínima, una mueca de desprecio que hizo que Stella quisiera abofetearlo allí mismo, frente a todos los clanes de la ciudad.

-No te equivoques, ratoncita. No disfruto el funeral de mi padre. Pero ver cómo el destino te pone de rodillas ante mí... eso es una compensación interesante -respondió él, fijando su vista azul en el altar-. Disfruta tu luto mientras puedas. Mañana, tu vida me pertenece por completo.

Cuando llegó el momento de los discursos, Arthur Costello subió al púlpito. Su voz retumbó en la catedral con una falsa solemnidad que revolvió el estómago de Stella. Habló de la "pérdida irreparable", de la "hermandad entre familias" y de cómo él, como nuevo jefe interino de los negocios Costello, buscaría la paz con los Malone. Stella cerró los puños con tal fuerza que sus uñas se clavaron en sus manos delicadas, abriendo pequeñas heridas en la palma.

El traslado al cementerio fue un desfile de autos negros bajo una lluvia persistente. El cielo parecía llorar la caída de los grandes. En el camposanto, el barro se pegaba a los tacones de Stella, pero ella no permitió que nadie la ayudara. Caminó sola hasta la fosa, viendo cómo los ataúdes descendían uno a uno.

Cuando el ataúd de Salvatore bajó, Stella soltó un sollozo que no pudo contener. Se tambaleó, y por un segundo, sintió una mano firme apoyarse en su espalda baja. Fue un toque breve, casi imperceptible, pero cargado de una electricidad que la hizo reaccionar. Miró de reojo y vio a Gabrielle a su lado. Su expresión era de piedra, pero sus ojos azules observaban el ataúd del joven Salvatore con una sombra de duda que Stella no pudo descifrar. ¿Acaso recordaba cuando ambos corrían por los jardines de la hacienda? ¿Recordaba al niño que fue antes de convertirse en este demonio?

-Se acabó, Stella -dijo Gabrielle cuando la última palada de tierra cubrió el nombre de su padre-. La niña Costello ha muerto hoy. Ahora eres solo una Malone por derecho de conquista.

El viaje de regreso a la mansión fue un tormento silencioso. Gabrielle decidió viajar en el mismo auto que ella. El espacio cerrado del vehículo de lujo se sentía minúsculo. El aroma de Gabrielle -madera, lluvia y algo peligrosamente masculino- envolvía a Stella, nublando su juicio. Ella se pegó a la ventanilla, tratando de ignorar la presencia del hombre que, con una sola orden, podía decidir si ella vería el amanecer o no.

-¿Por qué me mantienes viva? -preguntó ella finalmente, sin mirarlo-. Si nos odias tanto, ¿por qué no terminar con esto ahora?

Gabrielle, que estaba revisando unos documentos en una tableta, se detuvo. Giró el rostro hacia ella, y Stella se vio reflejada en la frialdad de sus pupilas.

-Porque la muerte es demasiado fácil para ti, Stella -respondió él con una calma aterradora-. Quiero que veas cómo desmantelo cada ladrillo del imperio que tu padre construyó. Quiero que sientas lo que es no tener nada, ni siquiera tu propio nombre. Y porque... -Gabrielle se inclinó, acortando la distancia hasta que sus labios quedaron a centímetros de los de ella-, todavía tienes algo que me pertenece.

El auto se detuvo frente a la mansión. Stella esperaba ser enviada a su habitación, pero Gabrielle la tomó del brazo y la arrastró hacia su despacho personal, un lugar donde ni siquiera Genaro se atrevía a entrar sin permiso.

Gabrielle cerró la puerta con llave y encendió una sola lámpara de escritorio. La luz amarillenta le daba un aspecto aún más intimidante. Se acercó a una caja fuerte oculta tras una pintura y sacó un sobre de papel amarillento. Lo lanzó sobre la mesa de caoba.

-Ábrelo -ordenó.

Con los dedos temblorosos, Stella tomó el sobre. Dentro había una fotografía vieja y un documento con sellos oficiales de la familia Costello y Malone. La fotografía los mostraba a ellos dos, niños, tomados de la mano en un viñedo. Pero el documento era lo que la dejó sin respiración. Era un contrato matrimonial firmado hace veinte años, pero con una cláusula adicional que Stella jamás había escuchado.

-Tu padre no solo me prometió tu mano para asegurar la paz -dijo Gabrielle, rodeando el escritorio para quedar frente a ella-. Tu padre vendió tu libertad para pagar una deuda de juego que no podía cubrir. Este documento dice que, si la paz se rompía por parte de los Costello, tú pasarías a ser propiedad legal de los Malone, no como esposa... sino como sirvienta personal de por vida.

Stella sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Su padre, el hombre que ella adoraba, ¿la había vendido?

-Eso es mentira -susurró ella, aunque la firma de Pietro Costello era inconfundible-. Él nunca...

-Él lo hizo. Y tu tío Arthur lo sabía -continuó Gabrielle, disfrutando del golpe emocional-. Pero tengo una propuesta para ti, Stella. Una que puede evitarte una vida de servidumbre y humillación en esta casa.

Stella alzó la vista, buscando un rastro de piedad y encontrando solo una ambición desmedida.

-¿Qué quieres? -preguntó ella, con la voz quebrada.

Gabrielle se apoyó en el escritorio, atrapándola entre sus brazos y la mesa, obligándola a sentir su poderío físico.

-Cásate conmigo mañana. Firma este nuevo contrato donde me cedes todas las propiedades legales que Arthur intenta robarse. Conviértete en mi esposa ante los ojos del mundo, y te daré la cabeza de tu tío en una bandeja de plata.

Stella se quedó helada. La oferta era tentadora y diabólica al mismo tiempo. Casarse con el hombre que representaba todo lo que odiaba, a cambio de la venganza contra el hombre que mató a su hermano y traicionó a su familia.

-¿Y si me niego? -desafió ella, a pesar de que su corazón latía como un tambor.

Gabrielle se inclinó y rozó su cuello con los labios, un gesto que debería haber sido romántico pero que se sintió como la marca de un dueño.

-Si te niegas, te entregaré a Genaro y a sus hombres. Ellos no son tan... pacientes como yo.

Stella cerró los ojos, sintiendo que el nudo en su pecho se apretaba hasta la asfixia. Estaba entre la espada y la pared, entre un esposo despiadado y un destino de horror.

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