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Viviendo con el enemigo: Un pacto de sangre y sombras
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4 Capítulo
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Capítulo 4 El brindis de las víboras

El silencio en el despacho de Gabrielle se podía cortar con un hilo de seda. Stella miraba el contrato sobre la mesa de caoba como si fuera una sentencia de muerte escrita con tinta de oro. Su padre la había vendido, pero ahora era ella quien debía entregar la última gota de su libertad para comprar su venganza.

-Firma, Stella -instó Gabrielle. Su voz era una caricia de terciopelo que escondía garras de acero-. El tiempo corre y tu tío Arthur ya está celebrando su victoria en algún club exclusivo, brindando con el champán que compró el sudor de tu padre.

Stella alzó la pluma estilográfica. Sus dedos temblaban, pero su mirada gris estaba fija en la de Gabrielle.

-Lo haré. Pero quiero condiciones -sentenció ella, recuperando la altivez de su linaje-. Alicia se queda conmigo, bajo mi protección. No será una empleada más de esta casa, será mi asistente personal. Y quiero ver el primer movimiento contra Arthur antes de que termine la semana. No seré una esposa decorativa mientras el asesino de mi hermano sigue respirando.

Gabrielle arqueó una ceja, impresionado por la audacia de la mujer que tenía frente a él. Se inclinó sobre el escritorio, invadiendo su espacio personal hasta que Stella pudo oler el aroma a sándalo y peligro que emanaba de su piel.

-Alicia se queda. En cuanto a Arthur... esta noche empezará su caída -respondió él con una sonrisa gélida-. Firma. Convirtámonos en los dueños de este infierno.

Con un trazo firme, Stella estampó su firma. El papel crujió bajo su mano, sellando un pacto con el diablo que no tenía vuelta atrás. Gabrielle tomó el documento y lo guardó con una satisfacción depredadora.

-Ahora, prepárate. He organizado una cena íntima. Los jefes de las familias principales vendrán a rendir pleitesía al nuevo orden. Y tú, mia cara (querida mía), serás la joya de la corona que les demostrará que los Costello ahora me pertenecen.

Dos horas después, Stella se encontraba en su habitación bajo la mirada atenta de Alicia. La maleta que Genaro había traído contenía un vestido de gala de color rojo sangre, de seda pesada y con un escote que rozaba lo prohibido.

-Señorita Stella, se ve... peligrosa -susurró Alicia mientras le colocaba unos pendientes de diamantes que Gabrielle había enviado.

-Ese es el plan, Alicia -respondió Stella, observando su reflejo. El rojo contrastaba violentamente con su piel blanca y su cabello negro azabache-. No soy una novia, soy un mensaje. Gabrielle quiere mostrarles que me ha domado, pero yo les mostraré que sigo viva.

Al bajar las escaleras de la mansión Malone, Stella sintió el peso de las miradas. El gran salón estaba lleno de hombres con trajes caros y ojos de serpiente. En el centro, Gabrielle conversaba con un grupo de socios, pero se detuvo en seco al verla aparecer. Sus ojos azules recorrieron el cuerpo de Stella con un hambre que no pudo ocultar.

Caminó hacia ella y le ofreció el brazo. El roce de su mano fuerte contra la piel desnuda de su antebrazo le provocó a Stella un chispazo eléctrico que casi la hace retroceder.

-Impresionante -murmuró él para que solo ella lo escuchara-. Casi haces que olvide que me odias.

-No lo olvides nunca, Gabrielle. El odio es lo único que me mantiene en pie en esta casa -siseó ella, manteniendo una sonrisa de porcelana para los invitados.

La cena fue un campo de batalla psicológico. En medio de la mesa, como una mancha de suciedad en un lienzo blanco, estaba Arthur Costello. El hombre tenía el descaro de sonreírle a su sobrina como si no hubiera apretado el gatillo contra Salvatore apenas el día anterior.

-Mi querida Stella -dijo Arthur, alzando su copa-. Me alegra ver que has encontrado consuelo tan pronto en los brazos de nuestro nuevo aliado. Tu padre estaría... orgulloso de este sacrificio por la paz.

La mesa quedó en silencio. Era un insulto directo, una forma de recordarle a Stella que era una mercancía. Ella sintió que el nudo en su pecho se apretaba hasta la asfixia, pero antes de que pudiera responder, Gabrielle dejó caer su cubierto sobre el plato con un sonido metálico que hizo que varios invitados se sobresaltaran.

-Arthur -dijo Gabrielle, y su voz hizo que la temperatura del salón bajara varios grados-, mide tus palabras. Stella ya no es tu sobrina a la que puedes manipular. Ahora es una Malone. Y cualquier falta de respeto hacia ella es una declaración de guerra contra mí. ¿Te ha quedado claro, o necesito recordártelo de una forma más física?

Arthur palideció, su sonrisa se congeló y asintió con un gesto breve, humillado frente a sus iguales. Stella miró a Gabrielle de reojo. Por un segundo, la gratitud luchó con el rencor en su interior. Sabía que él solo marcaba territorio, pero ver a Arthur acobardado fue el primer bálsamo para su alma herida.

Al terminar la cena, la música clásica llenó el salón. Gabrielle se puso de pie y extendió su mano hacia Stella.

-Baila conmigo -no era una petición, era una orden envuelta en seda.

Stella aceptó y, en la pista, frente a las víboras de la alta sociedad, Gabrielle la atrajo hacia sí con una firmeza que la dejó sin aliento. Sus cuerpos se movían en una sincronía perfecta, una danza de dos depredadores que no sabían si morderse o besarse.

-Lo hiciste bien ahí dentro -susurró él, pegando su frente a la de ella-. Tienes el fuego de tu padre, pero una elegancia que él nunca tuvo.

-¿Esto es lo que quieres? ¿Una esposa que te tema y te admire? -preguntó Stella, perdida por un momento en la intensidad de sus ojos azules.

-Quiero una reina que sea capaz de incendiar el mundo conmigo, Stella. Ya somos socios en el infierno, mejor empezamos a disfrutar del calor.

De repente, la música se cortó. Genaro entró al salón con el rostro desencajado y un sobre manchado de un líquido oscuro y denso. Se acercó a Gabrielle y le entregó el paquete.

-Señor... esto acaba de llegar a la puerta trasera. Dicen que es un regalo de los "leales a Costello" que no aceptan el nuevo mando.

Gabrielle abrió el sobre con una calma aterradora. Dentro había una fotografía de la mansión tomada desde el interior, con una cruz roja sobre la habitación de Stella. Junto a la foto, un dedo humano con el anillo de sello de la familia Malone que pertenecía a uno de los guardias personales de Gabrielle.

El salón estalló en susurros. Gabrielle cerró el sobre y su mirada, gélida y letal, cayó directamente sobre Stella, quien retrocedió un paso, horrorizada.

-Alguien les dio acceso al ala privada -sentenció Gabrielle, y su mano se cerró con fuerza sobre el brazo de Stella, hundiéndose en su carne-. Alguien que conoce los pasillos y las rutinas. Alguien que tiene motivos para querer verme arder.

-Yo no fui, Gabrielle... -susurró ella, sintiendo que el terror la invadía de nuevo.

-Llévenla a las celdas del sótano -ordenó Gabrielle a sus hombres, sin apartar la vista de Stella-. Interroguen a Alicia también. Si encuentro una sola prueba de que mi prometida está ayudando a los fantasmas de su padre, ella misma será el próximo regalo que envíe a los fieles a Costello.

Stella fue arrastrada fuera del salón bajo las risas burlonas de su tío Arthur y la mirada implacable del hombre que, hace solo un minuto, la sostenía con una ternura fingida. El juego de poder acababa de volverse sangrientos.

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