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La Luna Accidental del CEO
img img La Luna Accidental del CEO img Capítulo 2 La oferta de trabajo extraña: Se toleran lunas llenas
2 Capítulo
Capítulo 6 Valentina piensa que está loco... luego ve la cantidad de dinero img
Capítulo 7 Su conflicto interno: el dinero contra la cordura img
Capítulo 8 Conociendo a la manada: su Beta, Elena, la odia inmediatamente img
Capítulo 9 Los papeles legales (aburridos pero importantes img
Capítulo 10 Firmando bajo la luna llena creciente-el contrato brilló img
Capítulo 11 Valentina escucha una voz en su cabeza: Mía. img
Capítulo 12 Ella se desmaya. Luciano la lleva a su habitación img
Capítulo 13 Despierta en su cama. Pánico img
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Capítulo 2 La oferta de trabajo extraña: Se toleran lunas llenas

POV: Valentina

El lunes llegó más rápido de lo que esperaba. Los fines de semana nunca eran suficientes para descansar, pero al menos había podido dormir hasta las siete el sábado y el domingo. Eso contaba como un lujo en mi vida.

Llegué a la oficina a las ocho menos diez, justo a tiempo. Me senté en mi cubículo, encendí la computadora y esperé a que cargara el sistema. Ese era el momento del día que más odiaba, esos cinco minutos en los que no podía hacer nada más que mirar la pantalla y esperar.

Patricia llegó media hora después, como siempre. Venía con un café enorme en la mano y una expresión en la cara que ya conocía bien. Tenía chisme nuevo.

-Buenos días, Valentina. ¿Cómo estuvo tu fin de semana? -preguntó mientras dejaba su bolso en el escritorio.

-Normal, Paty. Lavé ropa, limpié la casa, cuidé a mi mamá. Lo de siempre.

-Ay, mija, tienes que salir más. Eres muy joven para vivir como una señora de sesenta años.

Sonreí sin ganas. No valía la pena explicarle que salir costaba plata y que la plata no me sobraba. Cambié de tema.

-¿Y tú? ¿Hiciste algo divertido?

-Mi hijo me llevó a comer el sábado. Fuimos a ese lugar nuevo de comida mexicana que abrieron cerca del centro. Carísimo, pero rico.

Mientras Patricia hablaba de su fin de semana, yo revisaba mi correo. Veinte mensajes nuevos, casi todos sin importancia. Correos internos de la empresa, recordatorios de reuniones, actualizaciones del sistema. Borré la mayoría sin abrirlos.

Entonces vi uno que me llamó la atención.

El asunto decía: "Oferta de trabajo: Asistente personal". Normalmente borraba ese tipo de correos porque no estaba buscando trabajo, pero algo me hizo detenerme. El remitente era una empresa que no conocía: "Luna Corp" se llamaba.

Hice clic para abrirlo.

"Se busca asistente personal para ejecutivo de alto nivel. Horario flexible. Buen salario. Debe tolerar lunas llenas y mal genio. Interesadas enviar currículum a este correo."

Me quedé mirando la pantalla sin entender.

¿Tolerar lunas llenas?

Eso era lo más extraño que había leído en mucho tiempo. ¿Qué clase de empresa ponía eso en una oferta de trabajo? ¿Y por qué solo decía "interesadas" en femenino? ¿Buscaban solo mujeres?

Patricia notó mi cara de confusión.

-¿Qué pasó? ¿Otro problema con el cliente grande?

-No, es solo un correo raro que me llegó. Una oferta de trabajo.

-¿Oferta de trabajo? ¿Vas a renunciar?

-No, Paty. No estoy buscando trabajo. Solo me llegó, no sé por qué.

Ella se acercó a mirar mi pantalla. Leyó el correo en voz alta.

-"Debe tolerar lunas llenas"... ¿Qué significa eso? ¿Trabajo de noche?

-Ni idea. Es rarísimo.

-Parece una broma. O una de esas empresas raras que buscan empleadas para cosas extrañas. Ten cuidado, mija.

Cerré el correo y seguí con mi trabajo. Tenía demasiadas cosas que hacer como para perder tiempo pensando en ofertas de trabajo falsas o raras.

El día pasó lento, como siempre. Números, facturas, reportes. A las doce volví a comer mi arroz con pollo en el comedor de la empresa, sola, mientras veía videos en el teléfono. A las seis seguía en mi escritorio, aunque la mayoría ya se había ido.

Esa noche no me tocaba quedarme hasta tarde, así que salí a las siete en punto. En el bus de vuelta a casa, saqué el teléfono y volví a pensar en el correo extraño. No sé por qué no podía sacármelo de la cabeza.

"Debe tolerar lunas llenas."

¿Qué clase de requisito era ese?

Llegué a casa, le di su medicina a mi mamá, preparé algo de cenar y me senté en mi cama con el teléfono. Eran las nueve de la noche y no tenía sueño. Eso no pasaba seguido.

Volví a abrir el correo. Lo leí otra vez, despacio.

"Se busca asistente personal para ejecutivo de alto nivel. Horario flexible. Buen salario. Debe tolerar lunas llenas y mal genio. Interesadas enviar currículum a este correo."

Buen salario.

Esas dos palabras me quedaron dando vueltas en la cabeza. ¿Cuánto sería "buen salario"? ¿Más de lo que ganaba ahora? Porque lo que ganaba ahora apenas me alcanzaba para sobrevivir.

Pensé en las facturas del próximo mes. La medicina de mamá había subido otra vez. El arriendo también iba a subir pronto, la dueña ya había avisado. Y mi tarjeta de crédito seguía ahí, con sus intereses creciendo como una planta mala que no podía arrancar.

Necesitaba más plata.

Punto.

No importaba si la oferta de trabajo era rara. No importaba lo de las lunas llenas ni lo del mal genio. Si pagaban bien, valía la pena averiguar.

Pero algo me detenía. ¿Y si era peligroso? Patricia tenía razón, podía ser una de esas empresas raras que buscan empleadas para cosas extrañas. Una estafa, tal vez. O algo peor.

Busqué en Google el nombre de la empresa: Luna Corp. Apareció una página web simple, casi sin información. Decía que eran una empresa de inversiones, con oficinas en varias ciudades. No había fotos de empleados, ni testimonios, ni nada que diera confianza.

Pero tampoco había nada que dijera que era una estafa.

Cerré el teléfono y lo dejé en la mesa de noche. Apagué la luz y traté de dormir.

No pude.

La oferta de trabajo seguía en mi cabeza, como una comezón que no podía rascar. Buen salario. Horario flexible. Tal vez era mi oportunidad de salir de esa vida miserable que llevaba. Tal vez era una estafa. Tal vez era una locura siquiera considerarlo.

Pero también era una oportunidad.

A la mañana siguiente, desperté antes del despertador. Eran las cinco y cuarto y ya estaba completamente despierta, mirando el techo y pensando en lo mismo. La oferta. El dinero. La posibilidad de algo mejor.

Me levanté, me vestí, le di la medicina a mi mamá y salí corriendo al bus. En el camino, saqué el teléfono y volví a leer el correo. Ya me lo sabía de memoria.

En la oficina, Patricia notó que algo me pasaba.

-¿Estás bien, Valentina? Te ves distraída.

-Estoy bien, Paty. Solo cansada.

-¿Segura?

-Segura.

Pero no estaba segura. Estaba confundida. Estaba nerviosa. Estaba considerando hacer algo que nunca había hecho: responder a un correo extraño de una empresa desconocida que pedía alguien que tolerara lunas llenas.

A la hora del almuerzo, en lugar de comer sola en el comedor, busqué un lugar tranquilo en la azotea del edificio. No mucha gente sabía que se podía subir ahí, así que casi siempre estaba vacía. Me senté en una banca vieja, saqué mi teléfono y abrí el correo otra vez.

Escribí una respuesta. La borré. Escribí otra. La borré también.

Finalmente, escribí algo simple:

"Buenos días. Me interesa la oferta de trabajo. Adjunto mi currículum. Quedo atenta a su respuesta. Valentina Flores."

Antes de pensar demasiado, presioné enviar.

Mi corazón latía rápido, como si hubiera hecho algo malo. ¿Por qué me sentía así? Solo era un correo. Solo estaba preguntando. No había firmado nada, no había aceptado nada.

Pero algo me decía que ese pequeño paso podía cambiar las cosas.

Pasé el resto del día nerviosa, revisando el correo cada cinco minutos. Patricia me preguntó si me sentía mal. Le dije que no, que era solo el calor.

A las seis de la tarde, cuando ya estaba lista para irme, vi un correo nuevo.

Luna Corp.

Abrí el mensaje con manos temblorosas.

"Estimada Valentina, gracias por su interés en la posición de asistente personal. Nos gustaría invitarla a una entrevista el día de mañana a las 10 de la mañana en nuestras oficinas. Adjuntamos la dirección. Por favor confirmar asistencia."

Adjuntaban una dirección en el norte de la ciudad, una zona de oficinas lujosas donde yo nunca había ido. Era lejos de mi casa y lejos de mi trabajo. Pero la entrevista era a las diez, y yo trabajaba a las ocho.

¿Cómo iba a hacer para ir a una entrevista en horario laboral?

Guardé el teléfono y caminé hacia la parada del bus. En el camino, pensé en todas las razones por las que no debía ir. Podía ser peligroso. Podía ser una pérdida de tiempo. Podía perder mi trabajo actual si me descubrían faltando.

Pero también pensé en mi mamá, en sus medicinas, en el techo que necesitaba arreglar, en la nevera que podía dañarse otra vez en cualquier momento.

Necesitaba más plata.

Esa noche, después de cenar, me senté en mi cama con el teléfono otra vez. Miré el correo de Luna Corp durante un largo rato. Luego miré mi cuenta bancaria. Luego miré la grieta en el techo.

Tomé aire y escribí: "Confirmo mi asistencia a la entrevista. Muchas gracias. Valentina Flores."

Envié el mensaje antes de arrepentirme.

Al día siguiente, en el trabajo, no podía concentrarme. Roberto me llamó la atención dos veces por errores tontos en los números. Patricia me miraba con preocupación. Yo solo podía pensar en la entrevista.

A las nueve y media, le dije a Patricia que me sentía mal.

-¿Te vas a ir?

-Creo que sí. Tengo mucho mareo, tal vez algo me cayó mal.

-Ve, ve. Yo cubro si preguntan por ti.

Le agradecí con una sonrisa y salí corriendo. Tomé un taxi, lo que me dolió en el alma porque era dinero que no tenía, pero no podía llegar tarde. El taxi me dejó frente a un edificio enorme, todo de vidrio, que parecía sacado de una revista.

Nunca había estado en un lugar así.

Entré, di mi nombre en recepción y la mujer me indicó el piso quince. El ascensor era rápido y silencioso, nada que ver con el de mi trabajo. Cuando las puertas se abrieron, vi una oficina elegante, con muebles modernos y una recepcionista perfectamente arreglada.

-¿Valentina Flores? -preguntó la recepcionista con una sonrisa profesional.

-Sí, soy yo.

-Pase, por favor. El señor Vargas la recibirá en un momento.

Me llevó a una sala de espera con sillones de cuero y revistas en una mesa de vidrio. Me senté en el borde del sillón, sin saber qué hacer con las manos. Pasaron cinco minutos. Diez. Quince.

Cuando ya empezaba a pensar que todo había sido una broma, una puerta se abrió y un hombre salió.

Era alto, mucho más alto de lo que esperaba. Tenía el pelo oscuro, los ojos claros y una expresión seria, como si estuviera enojado con el mundo. Vestía un traje negro impecable, de esos que deben costar más de lo que yo ganaba en un mes. Caminó hacia mí con pasos largos y seguros, y por un momento sentí ganas de salir corriendo.

-¿Valentina Flores? -su voz era profunda, grave.

-Sí -respondí, y mi voz sonó débil, casi un susurro.

-Soy Luciano Vargas. Pase a mi oficina.

Se dio la vuelta sin esperar respuesta y yo lo seguí como una autómata. Su oficina era enorme, con ventanales que dejaban ver toda la ciudad. Había un escritorio de madera oscura, libros en estantes altos y un sillón de cuero detrás del escritorio. Él se sentó y me indicó que tomara asiento enfrente.

-Dígame, Valentina. ¿Por qué quiere este trabajo?

La pregunta me tomó por sorpresa. Esperaba algo más suave, una conversación para conocerme. Pero él fue directo, sin rodeos.

-Porque... porque necesito un trabajo con mejor salario -respondí con honestidad.

Él me miró fijamente, como si pudiera ver a través de mí.

-¿Sabe en qué consiste el trabajo?

-Asistente personal, decía el anuncio.

-Sí, pero hay detalles que no están en el anuncio.

-Como lo de las lunas llenas -dije, y me arrepentí de inmediato. Sonó a burla, aunque no era mi intención.

Para mi sorpresa, algo cambió en su expresión. Casi pareció divertido.

-Exacto. Como lo de las lunas llenas. ¿Eso no le parece extraño?

-Sí, la verdad es que sí. Pero pensé que tal vez era trabajo nocturno.

-Algo así. Necesito una asistente que pueda estar disponible durante las noches de luna llena. Sin preguntas, sin explicaciones. Solo disponible.

-¿Por qué?

-Porque sí. Esa es mi condición. Si quiere el trabajo, acepta eso sin cuestionarlo.

Me quedé en silencio un momento. Todo esto era demasiado extraño. Un hombre millonario en una oficina lujosa, ofreciendo un trabajo con condiciones absurdas. Patricia tenía razón, esto podía ser peligroso.

Pero entonces él dijo algo que me hizo olvidar todas mis dudas.

-El salario es el doble de lo que gana ahora. Y tiene seguro médico completo, para usted y para un familiar directo.

Mi mamá.

Su medicina. Sus consultas. Sus exámenes.

Todo eso cubierto.

-Acepto -dije sin pensarlo más.

Él levantó una ceja, sorprendido.

-¿Así de fácil? ¿No quiere saber más?

-Usted dijo que no hiciera preguntas, ¿no?

Por primera vez, algo parecido a una sonrisa apareció en su rostro. Duró solo un segundo, pero lo vi.

-Correcto. Entonces bienvenida, Valentina. Empieza el lunes.

Me levanté, todavía sin creer lo que acababa de pasar. Él también se levantó y me tendió la mano. Cuando la tomé, sentí una corriente extraña, como un cosquilleo en la piel. Pero seguramente era solo mi imaginación.

-Una última cosa -dijo cuando ya estaba en la puerta-. La próxima semana hay luna llena. Esté preparada.

Asentí sin saber bien a qué se refería. Salí de esa oficina, bajé en el ascensor y caminé hacia la calle sintiendo que todo había sido un sueño.

Pero no lo era.

Había conseguido un nuevo trabajo. Un trabajo raro, con un jefe raro, en una empresa rara que exigía tolerar lunas llenas.

Y lo mejor de todo: iba a ganar el doble.

Por primera vez en mucho tiempo, sentí algo que no sabía que todavía podía sentir.

Esperanza.

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