Su voz sonaba seria, distinta. Colgué y caminé rápido hacia su despacho. Cuando entré, lo vi de pie junto a la ventana, mirando la ciudad. No se volvió cuando escuchó mis pasos.
-Siéntese -dijo sin mirarme.
Obedecí. El silencio se alargó por un minuto que se sintió como una hora. Finalmente, se dio la vuelta y me miró. Su expresión era la de siempre, fría y controlada. Pero había algo más en sus ojos, algo que no pude identificar.
-Tengo que proponerle algo -dijo-. Y quiero que escuche todo antes de responder.
-Está bien.
Volvió a sentarse detrás de su escritorio, frente a mí. Entrelazó los dedos sobre la mesa y me miró fijamente.
-Usted sabe lo del Consejo Lunar. Sabe que necesito una Luna.
-Sí.
-He conocido a varias lobas en estas semanas. Ninguna funcionó. Mi lobo no reaccionó ante ninguna.
Asentí sin saber qué decir.
-El tiempo se acaba -continuó-. En tres días es la luna llena, y una semana después, el Consejo. No me queda margen.
-¿Y qué piensa hacer?
Él respiró hondo. Fue la primera vez que lo vi dudar antes de hablar.
-Necesito una Luna. Cualquier Luna. Aunque no sea verdadera.
No entendí a dónde quería llegar.
-Pero usted dijo que los lobos huelen la mentira. Que una Luna falsa no funcionaría.
-Dije que los lobos huelen la mentira. Pero hay una excepción.
-¿Cuál?
-Si la Luna es humana.
Me quedé mirándolo sin procesar sus palabras. ¿Humana? ¿Qué tenían que ver los humanos con esto?
-Los humanos no tienen olor lobuno -explicó-. Para los lobos de otras manadas, una humana al lado de un Alfa sería... desconcertante. No sabrían si hay vínculo o no. No podrían oler la diferencia.
-¿Y eso no levantaría sospechas?
-Sí, claro que sí. Pero podría explicarse. Podría decir que mi nueva Luna es humana, algo raro pero no imposible. Que el vínculo es diferente porque ella no es loba. Los ancianos del Consejo fruncirían el ceño, pero no tendrían pruebas de que es mentira.
-¿Y los lobos de su propia manada? Ellos sabrían la verdad.
-Ellos me son leales. Si les pido que guarden el secreto, lo harán. Además, prefieren una solución así a que la manada se disuelva.
Empezaba a entender hacia dónde iba esto. Y no me gustaba nada.
-¿Me está diciendo que quiere que yo haga de su Luna falsa en el Consejo?
Él me miró directamente a los ojos.
-Sí. Eso es exactamente lo que estoy diciendo.
El aire se fue de mis pulmones. ¿Matrimonio falso? ¿Yo? ¿Con mi jefe lobo?
-Eso es una locura -dije sin pensar.
-Puede ser. Pero es la única opción que me queda.
-¿Y cómo funcionaría? ¿Voy al Consejo, finjo ser su pareja y ya? ¿Y después qué?
-Después seguimos como hasta ahora. Usted sigue siendo mi asistente. Nadie tiene que saberlo.
-¿Y el Consejo? ¿No van a investigar? ¿No van a hacer preguntas?
-Harán preguntas, sí. Tendremos que preparar una historia. Decir que nos conocimos hace meses, que hubo un vínculo inmediato, que decidimos mantenerlo en secreto hasta ahora.
-¿Y ellos se lo van a creer?
-No lo sé. Pero es mejor que presentarme sin Luna. Eso sería una derrota segura.
Me levanté de la silla sin darme cuenta. Empecé a caminar de un lado a otro de su oficina, tratando de ordenar mis pensamientos. Esto era demasiado. Matrimonio falso. Mentiras. Lobos. Consejos.
-¿Por qué yo? -pregunté deteniéndome-. Hay otras humanas en su empresa. Podría pedírselo a cualquiera.
-Porque confío en usted.
La respuesta fue tan directa que me dejó sin palabras.
-Desde que le conté la verdad, podría haberme traicionado. Podría haberse ido, podría haber hablado. Pero no lo hizo. Se quedó, trabajó, me escuchó. Eso vale mucho para mí.
-Pero es una locura. Casarnos falsamente.
-No tiene que ser un matrimonio real. Solo en el papel, para el Consejo. Ellos exigen que la Luna y el Alfa estén unidos formalmente. Un contrato firmado, un ritual simbólico. Nada más.
-¿Nada más?
-Nada más. Usted sigue con su vida, yo con la mía. Nadie tiene que saberlo. Y cuando pase el Consejo, cuando me confirmen como Alfa, podemos disolver el contrato. Usted queda libre y yo le pago una compensación.
-¿Compensación?
-Dinero. Suficiente para pagar las deudas de su madre, para arreglar su casa, para vivir tranquila por un buen tiempo.
Ahí estaba. La palabra mágica. Dinero.
Otra vez el dinero aparecía para empujarme hacia decisiones que jamás imaginé tomar.
-¿Cuánto? -pregunté.
-Lo que pida. Dentro de lo razonable.
-Eso no es una respuesta.
Él asintió, reconociendo mi punto.
-Cien mil dólares al finalizar el contrato. Y todos los gastos de su madre cubiertos durante el tiempo que dure.
Cien mil dólares.
Con eso podía pagar todas las deudas de mi mamá. Podía arreglar el techo, comprar una nevera nueva, pagar tratamientos médicos por años. Podía, por primera vez en mi vida, dejar de preocuparme por el dinero.
Pero a cambio tenía que casarme falsamente con un hombre lobo y mentirle a un montón de lobos en un consejo ancestral.
-¿Y si algo sale mal? -pregunté-. ¿Si descubren la mentira?
-Si descubren la mentira, el castigo caerá sobre mí. A usted la enviarían de vuelta a su vida sin hacerle daño. Los lobos tenemos códigos, no atacamos a humanos inocentes.
-¿Inocente? Estaría mintiendo con usted.
-Sí, pero bajo mi orden. Yo asumiría toda la responsabilidad.
Eso me dio un poco de tranquilidad. No mucha, pero algo.
-Necesito tiempo para pensarlo.
-No tenemos tiempo. En tres días es la luna llena. Si acepta, tenemos que preparar todo antes. La historia, los detalles, el contrato legal. Y tiene que conocer a la manada como mi futura Luna.
-¿Conocer a la manada?
-Sí. Tienen que aceptarla. Si ellos no la aceptan, el plan no funciona.
Esto se estaba poniendo cada vez más complicado.
-¿Y qué les va a decir?
-La verdad. Que usted es humana, que no hay vínculo real, que es un plan para salvar la manada. Ellos entenderán.
-¿Y si no entienden?
-Confío en que lo harán. Son mi familia.
Me volví a sentar en la silla. Las piernas me temblaban. Cien mil dólares. Una mentira. Lobos. Mi mamá.
-Deme una hora -dije-. Una hora para pensar sola.
-Está bien. Tome su tiempo.
Salí de su oficina y caminé sin rumbo por los pasillos. Subí a la terraza, ese lugar tranquilo donde había leído el correo de la oferta de trabajo. Me senté en una banca y miré el cielo.
Cien mil dólares.
Podía cambiar la vida de mi mamá. Podía cambiar mi vida. Podía dejar de preocuparme cada noche por las facturas, por las deudas, por lo que pasaría si me enfermaba o si perdía el trabajo.
Pero a cambio tenía que mentir. Tenía que fingir ser la esposa de un hombre que no conocía bien, en un mundo que no entendía, frente a criaturas que podían ser peligrosas.
Aunque Luciano dijo que no me pasaría nada. Dijo que asumiría toda la culpa.
¿Podía confiar en él?
Recordé las últimas semanas. Cómo me había tratado con respeto, cómo me había contado la verdad cuando pudo ocultarla, cómo había hablado de su manada con tanto amor. No parecía un monstruo. Parecía un hombre, con miedos y problemas como yo.
Un hombre que estaba desesperado por salvar a su familia.
Como yo lo estaría si alguien amenazara a mi mamá.
Saqué el teléfono y llamé a mi mamá.
-¿Mija? ¿Todo bien? -preguntó con su voz dulce.
-Sí, mamá. Solo quería oírte.
-Qué lindo. ¿Cómo está el nuevo trabajo?
-Bien. Diferente, pero bien.
-Me alegro. ¿Vienes a cenar hoy?
-Sí, voy a llegar tarde pero voy.
-Te espero, mija. Cuídate.
-Tú también, mamá. Te quiero.
Colgué y me quedé mirando el teléfono. Mi mamá confiaba en mí. Dependía de mí. Y yo tenía la oportunidad de darle una vida mejor.
Pero tenía que mentirle. No podía contarle la verdad sobre Luciano, sobre los lobos, sobre el matrimonio falso. Eso era lo más difícil. Mi mamá y yo siempre habíamos sido honestas la una con la otra. Las mentiras no eran parte de nuestra relación.
Sin embargo, esto no era una mentira para lastimarla. Era para ayudarla.
Bajé de la terraza y caminé hacia la oficina de Luciano. Toqué la puerta y entré sin esperar respuesta.
Él levantó la vista de unos papeles.
-¿Ya decidió?
-Sí.
-¿Y?
-Acepto. Pero quiero todo por escrito. El contrato, la compensación, las condiciones. Y quiero que me prometa una cosa.
-Lo que sea.
-Que si en algún momento me siento en peligro, si algo sale mal, usted me saca de ahí. Sin preguntas, sin condiciones.
-Lo prometo.
-Entonces trato hecho.
Él asintió y por primera vez en días, vi algo de alivio en su rostro.
-Gracias, Valentina. No sabe lo mucho que esto significa para mí.
-Ya veremos si sigo agradeciéndole cuando tenga a un montón de lobos mirándome fijo.
Él sonrió, una sonrisa pequeña pero genuina.
-Lo hará bien. Confío en usted.
-Ojalá yo confiara tanto en mí misma.
Salí de su oficina con el corazón latiendo fuerte. Acababa de aceptar casarme falsamente con mi jefe lobo para salvar su manada. Era la cosa más loca que había hecho en mi vida.
Pero cuando pensaba en mi mamá, en su sonrisa, en sus medicinas, en el techo que necesitaba arreglar, sabía que había tomado la decisión correcta.
O al menos eso me repetía a mí misma mientras caminaba de vuelta a mi oficina.
Al día siguiente, Luciano me entregó un documento legal de varias páginas. Lo leí con cuidado, tratando de entender cada palabra. Decía que nuestro matrimonio sería por un año, que sería estrictamente profesional, que no habría obligaciones conyugales, que al finalizar recibiría la compensación acordada.
-¿Un año? -pregunté-. Dijo que solo sería para el Consejo.
-El Consejo requiere que la Luna y el Alfa estén unidos por al menos un año antes de considerarlo estable. Si disolvemos antes, sospecharán.
-Un año entero fingiendo ser su esposa.
-Sí. Pero solo en el papel. Usted sigue viviendo en su casa, sigue con su vida. Solo tendrá que acompañarme a eventos importantes, a reuniones de la manada. Y vivir conmigo durante la luna llena de cada mes.
-¿Vivir con usted?
-Es por seguridad. Durante la luna llena, los lobos estamos inestables. Tenerla cerca, en mi casa, me permite protegerla y asegurarme de que no haya accidentes.
Esto se estaba poniendo cada vez más serio.
-¿Y mi mamá? ¿Qué le digo?
-Lo que quiera. Pero no puede saber la verdad. Es por su seguridad.
-¿Le digo que me voy a casar con mi jefe después de un mes de conocernos? Va a pensar que me volví loca.
-Puede decirle que es un matrimonio por conveniencia. Que yo la ayudaré económicamente. No es tan distinto a la realidad.
Suspiré. Mi mamá no iba a entender. Pero tendría que aceptar.
-Está bien. Firmo.
Tomé el documento y escribí mi nombre al final. Valentina Flores. Cuando terminé, Luciano hizo lo mismo. Luego me tendió la mano y la estreché.
-Bienvenida a mi vida, Valentina. Ojalá no se arrepienta.
-Ya veremos.
Guardé una copia del contrato en mi bolso y salí de su oficina. En el pasillo, me encontré con la pelirroja de la reunión, esa que me había mirado con desconfianza. Se llamaba Camila, lo había descubierto después.
-¿Ya firmaste? -preguntó sin saludar.
-¿Cómo sabes?
-Todos lo saben. Esto no es un secreto en la manada.
-Ah.
-Mira, humana. No me caes bien, pero si Luciano confía en ti, yo también lo haré. Pero si le haces daño, te juro que...
-No pienso hacerle daño -la interrumpí-. Solo quiero ayudar.
Ella me miró fijamente, evaluándome. Luego asintió una vez y se fue.
Y así, sin una ceremonia, sin flores, sin familia presente, me convertí en la esposa falsa de un hombre lobo.
Todo por cien mil dólares y la esperanza de una vida mejor para mi mamá.
Ojalá hubiera sabido entonces que los contratos con lobos nunca son tan simples como parecen.