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La Luna Accidental del CEO
img img La Luna Accidental del CEO img Capítulo 4 El problema de Luciano: necesita una Luna para el Consejo Lunar
4 Capítulo
Capítulo 6 Valentina piensa que está loco... luego ve la cantidad de dinero img
Capítulo 7 Su conflicto interno: el dinero contra la cordura img
Capítulo 8 Conociendo a la manada: su Beta, Elena, la odia inmediatamente img
Capítulo 9 Los papeles legales (aburridos pero importantes img
Capítulo 10 Firmando bajo la luna llena creciente-el contrato brilló img
Capítulo 11 Valentina escucha una voz en su cabeza: Mía. img
Capítulo 12 Ella se desmaya. Luciano la lleva a su habitación img
Capítulo 13 Despierta en su cama. Pánico img
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Capítulo 4 El problema de Luciano: necesita una Luna para el Consejo Lunar

POV: Valentina

Mi segunda semana en Luna Corp empezó con una reunión inesperada.

Llegué a la oficina el martes a las ocho y media, como siempre. Había estado trabajando durante varios días, aprendiendo las rutinas, conociendo a la gente. Todo era nuevo y extraño, pero también emocionante. Lo único raro era que evitaba pensar en el tema de los lobos. Como si mi cerebro hubiera decidido ignorar esa parte hasta que fuera inevitable.

Esa mañana, cuando entré a mi oficina, vi un sobre grande sobre mi escritorio. Adentro había una invitación formal escrita en papel grueso, con letras doradas y todo.

"Se convoca a todos los miembros de la manada a la reunión del Consejo Lunar. Asistencia obligatoria."

Debajo decía la fecha: ese mismo día a las siete de la noche. Y el lugar: el salón principal del edificio.

Guardé la invitación en mi bolso y seguí con mi trabajo. Pero la curiosidad me comía por dentro. ¿Qué era el Consejo Lunar? ¿Por qué era tan importante?

A eso de las diez, Luciano me llamó a su oficina. Cuando entré, lo vi sentado detrás de su escritorio con una expresión seria. No era su cara de enojado, era algo diferente. Parecía preocupado.

-Siéntese, Valentina -dijo señalando la silla frente a él.

Obedecí. Él se quedó en silencio un momento, como ordenando sus ideas.

-Recibió la invitación, ¿verdad?

-Sí. ¿Qué es el Consejo Lunar?

-Es la reunión más importante para nuestra especie. Una vez al año, todas las manadas de la región se juntan para evaluar a los Alfas. Para confirmar que son dignos de liderar.

-¿Evaluarlos? ¿Cómo?

-Pruebas. Algunas físicas, otras de liderazgo. Y una de las más importantes es la presentación de la Luna.

-¿La Luna?

-La compañera del Alfa. Su pareja. En nuestras tradiciones, un Alfa no es completo sin una Luna a su lado. Ella es su apoyo, su equilibrio, la que da estabilidad a la manada.

Asentí sin entender bien hacia dónde iba esto.

-¿Y usted tiene una Luna? -pregunté.

Él negó con la cabeza. Su mandíbula se apretó.

-No. Mi Luna murió hace tres años. Y desde entonces, no he buscado a otra.

El aire se sintió más pesado de repente. No esperaba esa respuesta. Un hombre como Luciano, tan poderoso y seguro, también había sufrido pérdidas. Eso lo hacía más humano, aunque no lo fuera del todo.

-Lo siento mucho -dije sin saber qué más agregar.

-Gracias. Pero el Consejo no acepta disculpas. En tres semanas debo presentarme frente a todos los Alfas con una Luna a mi lado. Si no lo hago, pueden declararme incapaz de liderar. Pueden disolver mi manada.

-¿Disolverla? ¿Eso significa que...

-Que todos los que trabajan aquí, los lobos que confían en mí, quedarían sin protección. Otras manadas los absorberían. Perderían su hogar, su familia, su identidad. Yo perdería todo por lo que he luchado.

Su voz se quebró un poco al final. Solo un poco, pero lo noté. Este hombre, tan frío y controlado, estaba asustado. No por él, sino por los suyos.

-¿No puede buscar una Luna? Digo, debe haber muchas lobas que querrían estar con usted.

-No es tan simple. El vínculo con la Luna no se elige. Sucede. Es algo mágico, profundo. Cuando un lobo encuentra a su verdadera Luna, lo sabe. Su lobo la reconoce. Sin ese vínculo, no es real. Sería como una mentira.

-Ah.

-Y además, está el tiempo. Tres semanas es muy poco. Conocer a alguien, desarrollar el vínculo, presentarla al Consejo... es casi imposible.

Me quedé en silencio, pensando. No sabía qué decir. Era su problema, no el mío. Pero algo en su voz, en la forma en que hablaba de su manada, me hacía querer ayudarlo.

-¿Y si encuentra a alguien que acepte ayudarlo? Así nomás, sin vínculo. Una Luna falsa solo para el Consejo.

Él me miró fijamente. Esa mirada intensa que ya conocía.

-Eso sería un engaño. Si los Alfas descubren la verdad, las consecuencias serían peores. Me acusarían de deshonrar las tradiciones. Mi manada sería destruida igual.

-Pero si nadie se entera...

-Valentina, los lobos huelen la mentira. Literalmente. Nuestros sentidos son mucho más agudos que los humanos. Una loba podría oler que no hay vínculo real. Sería imposible de ocultar.

Bajé la mirada. Claro, otra vez la lógica lobuna arruinando un plan simple.

-Entonces no sé qué decirle. Lo siento.

Él suspiró y se reclinó en su silla.

-No se preocupe. No la llamé para que resolviera mi vida. Solo quería que estuviera informada. En la reunión de esta noche, los miembros de la manada van a hablar de esto. Van a estar nerviosos, asustados. Quiero que entienda por qué.

-¿Puedo ir a la reunión?

-Es para lobos, Valentina. Usted es humana.

-Pero trabajo para usted. Dijo que era parte de la manada, aunque sea humana.

Él me miró sorprendido. Como si no hubiera considerado esa posibilidad.

-Tiene razón. Puede venir. Pero quédese en un rincón, sin molestar. Y no hable a menos que le pregunten directamente.

-Entendido.

Esa noche, a las siete en punto, entré al salón principal del edificio. Era un espacio enorme, con paredes de madera oscura y una mesa larga en el centro. Alrededor de la mesa había unas veinte personas. Hombres y mujeres de todas las edades, pero todos con algo en común: había algo en sus ojos, en su forma de moverse, que no era del todo humano.

Cuando entré, todas las miradas se clavaron en mí.

-¿Qué hace ella aquí? -preguntó una mujer de pelo rojo, con una voz que sonaba como un gruñido.

-Es mi asistente -respondió Luciano desde la cabecera de la mesa-. Y es parte de la manada. Siéntese, Valentina.

Busqué un rincón y me senté en una silla apartada, tratando de hacerme invisible. Las miradas se apartaron de mí lentamente y se centraron en Luciano.

-Todos saben por qué estamos aquí -empezó él-. El Consejo Lunar es en tres semanas. Necesito una Luna.

-Pues búscate una -dijo un hombre joven, de pelo oscuro y brazos fuertes-. No es tan difícil.

-Sí, claro -respondió otro, más mayor-. Como si las Lunas crecieran en los árboles. Tú sabes que el vínculo no se fuerza.

-Lo sé -dijo el joven-. Pero algo hay que hacer. No podemos quedarnos de brazos cruzados.

-Tranquilos -intervino una mujer mayor, de pelo canoso y expresión calmada-. Luciano sabe lo que hace. Ha liderado esta manada por diez años. No va a dejar que la destruyan.

-¿Y qué propone, Eliana? -preguntó la pelirroja-. ¿Qué hacemos? ¿Rezar?

-No -dijo Luciano-. Voy a buscar. Conoceré a lobas de otras manadas, asistiré a reuniones, haré lo que sea necesario. Pero si no aparece mi Luna, al menos habré intentado todo.

-¿Y si no aparece? -preguntó una voz desde el fondo.

El silencio llenó la sala. Todos miraron a Luciano, esperando su respuesta.

-Si no aparece, enfrentaremos las consecuencias juntos. Como siempre. No los voy a abandonar.

Las palabras sonaron firmes, pero yo podía ver la duda en sus ojos. No estaba tan seguro como quería aparentar.

La reunión siguió por una hora más. Hablaron de logística, de quién viajaría con Luciano, de cómo prepararse para lo peor. Yo escuchaba desde mi rincón, sintiéndome como una intrusa. Estos eran sus problemas, su mundo. Yo solo estaba ahí de casualidad.

Cuando la reunión terminó, la gente empezó a salir. Algunos me miraron con curiosidad, otros con desconfianza. La mujer de pelo rojo pasó cerca de mí y me examinó de arriba abajo.

-¿Asistente, dice? -preguntó con sarcasmo.

-Sí -respondí.

-Mm. Cuidadito con lo que ves y oyes aquí, humana. No todo se puede contar.

-Lo sé.

Ella resopló y se fue. Me quedé sola en el salón, hasta que Luciano apareció a mi lado.

-¿Qué opina? -preguntó.

-Que tienen miedo. Todos.

-Sí. El miedo es contagioso en las manadas. Si el Alfa muestra debilidad, todos la sienten.

-¿Usted tiene miedo?

Él me miró, y por un segundo vi algo vulnerable en sus ojos.

-Todos los días.

No supe qué responder. Este hombre, tan poderoso, tan seguro, también sentía miedo. Como yo. Como todos.

-¿Puedo preguntarle algo? -dije.

-Adelante.

-¿Cómo era ella? Su Luna.

Él se quedó en silencio tanto tiempo que pensé que no iba a responder. Pero finalmente habló.

-Se llamaba Sofía. Era pequeña, de pelo castaño y una sonrisa enorme. Reía por todo, incluso cuando las cosas estaban mal. Mi lobo la amaba desde el primer momento en que la vio. Cuando ella murió, una parte de mí murió con ella.

-¿Cómo... cómo murió?

-Enfermedad. Algo que ni nuestra medicina pudo curar. Los lobos somos fuertes, pero no invencibles.

Lo dijo con tanta tristeza que sentí un nudo en la garganta.

-Lo siento mucho -repetí.

-Gracias. Ahora, si me disculpa, necesito estar solo.

Asentí y salí del salón. En el ascensor, de regreso a la planta baja, pensé en lo que había visto y oído. Estos lobos no eran monstruos. Eran una familia, con miedos y problemas como cualquier otra. Solo que ellos tenían que lidiar además con lobos internos y consejos lunares.

Los días siguientes, noté un cambio en la oficina. La gente hablaba en voz baja, las sonrisas eran menos frecuentes. La sombra del Consejo Lunar estaba sobre todos. Luciano pasaba mucho tiempo fuera, viajando a conocer lobas de otras manadas. Pero cada vez que volvía, su cara decía lo mismo: no había tenido suerte.

Una tarde, cuando ya me alistaba para irme, él entró a mi oficina. Se veía agotado, con ojeras profundas y el traje arrugado.

-¿Cómo le fue? -pregunté.

-Mal. Otra vez. Las lobas que conocí eran amables, pero ninguna... ninguna despertó algo en mi lobo.

-Lo siento.

-No es su culpa. Es la vida.

Se sentó en la silla frente a mi escritorio, algo que nunca había hecho. Parecía más pequeño así, derrotado.

-Valentina, ¿puedo preguntarle algo personal?

-Claro.

-¿Por qué aceptó este trabajo? Sabiendo lo que soy, lo que esto implica. ¿Por qué se quedó?

La pregunta me tomó por sorpresa. Pero respondí con honestidad.

-Por mi mamá. Necesito plata para sus medicinas, para sus tratamientos. Usted me ofreció un buen salario y seguro médico. Eso es todo.

-¿Solo por eso?

-Solo por eso.

Él asintió lentamente.

-La honestidad es un buen rasgo.

-Usted también es honesto. Podría haberme ocultado lo del lobo, pero no lo hizo. Eso significa algo para mí.

Me miró fijamente, con esa intensidad que siempre me ponía nerviosa.

-Necesito pedirle un favor.

-Dígame.

-En la próxima luna llena, dentro de dos semanas, quiero que me acompañe.

-¿Acompañarlo? ¿Dónde?

-A un lugar seguro, donde pueda transformarme sin peligro. Necesito a alguien de confianza cerca, por si algo sale mal. Alguien que pueda pedir ayuda si es necesario.

-¿No tiene a otros lobos para eso?

-Los tengo. Pero ellos también se transforman. En luna llena, todos estamos vulnerables. Un humano cerca, alguien que conserve la mente clara, puede ser la diferencia.

El miedo me apretó el pecho. ¿Acompañar a un lobo en su transformación? ¿Estaba loca siquiera considerarlo?

Pero entonces recordé su cara hablando de su manada, de su miedo, de su Luna muerta. Recordé que confió en mí cuando no tenía que hacerlo.

-Está bien. Iré.

Él me miró sorprendido.

-¿De verdad?

-Sí. Pero con una condición.

-¿Cuál?

-Después me cuenta más de los lobos. Quiero entender este mundo en el que me metí.

Una sonrisa apareció en su rostro. Pequeña, pero real.

-Trato hecho.

Y así, sin saber bien en qué me había metido, acepté pasar la próxima luna llena con un hombre lobo. Mi jefe. El hombre que necesitaba una Luna para salvar a su familia.

Ojalá hubiera sabido entonces lo mucho que esa decisión cambiaría mi vida.

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