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IMPERIUS - VOL I
img img IMPERIUS - VOL I img Capítulo 2 LA SANGRE DEL IMPERIO
2 Capítulo
Capítulo 6 LAS MAREAS DE LA GUERRA II img
Capítulo 7 SANGRE Y LINAJE img
Capítulo 8 SANGRE Y LINAJE II img
Capítulo 9 SANGRE Y LINAJE III img
Capítulo 10 SANGRE Y LINAJE IV img
Capítulo 11 SANGRE Y LINAJE EPÍLOGO img
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Capítulo 2 LA SANGRE DEL IMPERIO

Bajo un cielo cubierto de nubes grises, el fragor de la guerra nunca cesaba. Orión Stormhaven, con su armadura carmesí manchada de sangre y polvo, observaba el horizonte desde su puesto en la fortaleza avanzada de Norathis. A sus veintitrés años, ya era un veterano de incontables batallas, forjado en el fuego de la guerra desde su adolescencia. La brisa salada del mar traía consigo el eco distante del combate, pero ese día, un mensajero trajo noticias que lo helaron más que cualquier campo de batalla.

Apolonio y Cesarión Stormhaven, los herederos del emperador, habían caído en combate. Fueron asesinados en una emboscada vil mientras comandaban una expedición en las Islas Negras. Orión tomó la carta con manos firmes, pero en su interior sintió un peso hundirse en su pecho. La caligrafía era la de su tío, Magnus IV Stormhaven, "El Titán", y no había duda de que la ira imperial se desataría con brutalidad.

Kassandros Varethia, su primo bastardo y capitán de su guardia personal, permaneció en silencio a su lado. Sus ojos oscuros no mostraban sorpresa. Quizás porque entendía mejor que nadie el destino de los herederos del emperador. Quizás porque siempre supo que su padre nunca permitiría una afrenta semejante sin derramar océanos de sangre.

En Varethia, la capital imperial, la furia de Magnus IV ya se manifestaba. En el gran salón del palacio, los comandantes que habían estado bajo el mando de Apolonio y Cesarión fueron encadenados ante el trono. Sus rostros estaban pálidos, sabían que no habría piedad.

-¡Incompetentes! -rugió el emperador, su voz reverberaba las paredes-. ¡Mis hijos murieron por su cobardía, por su ineptitud!

Uno de los generales cayó de rodillas.

-Majestad, fue una trampa... nos superaban en número... no tuvimos oportunidad...

El emperador ni siquiera dejó que terminara. Con un gesto de su mano, un verdugo imperial desenvainó su espada y de un solo tajo limpio decapitó al general. La cabeza rodó por el suelo dejando un rastro de sangre en los mosaicos dorados.

Magnus IV se volvió hacia el resto.

-Cada uno de ustedes es culpable. Si no fueron traidores, fueron incompetentes. Y yo no tolero ninguna de las dos cosas.

Uno a uno, fueron ejecutados. Los pocos que quedaron con vida fueron condenados a la esclavitud, enviados a las minas de los dominios del imperio. Pero la ira del emperador no se detendría allí. Varios nobles cercanos a Apolonio y Cesarión fueron arrestados bajo sospecha de conspiración. Las mazmorras de la capital estaban repletas, y los cadáveres comenzaban a apilarse en las plazas.

Orión cerró los ojos. Sabía lo que esto significaba. El imperio se teñiría aún más de rojo, y él, como comandante supremo de las legiones imperiales, sería el brazo ejecutor de esa venganza.

-Debemos regresar a la capital -dijo Kassandros con voz baja, pero firme.

Orión asintió, mirando una vez más hacia el horizonte. La guerra nunca terminaba, y ahora, la lucha más peligrosa se libraría dentro del mismo imperio.

La mañana siguiente llegó con un cielo teñido de tonos escarlata y dorado. Los enormes acorazados del Ejército Imperial surcaban las alturas, atravesando densas nubes mientras descendían en formación sobre Varethia. Desde la cubierta, Orión observaba la majestuosa capital extendiéndose ante sus ojos: una ciudad de torres doradas y cúpulas imponentes, pero ahora cubierta por un aire de opresión. Algo había cambiado en el corazón del imperio. Un silencio espectral dominaba las calles, y aunque desde el cielo todo parecía en orden, el Gran Duque sabía que el fuego del emperador había consumido la ciudad desde dentro.

Cuando las naves se aproximaron a los muros, la Guardia Imperial ya estaba en posición, formando un bloqueo en la plataforma de aterrizaje principal. Eran soldados de élite, vestidos con armaduras de negro y oro, con lanzas en alto y rifles listos para disparar si la situación lo exigía. Al frente, un capitán de la guardia avanzó unos pasos, su expresión severa, pero con un rastro de incomodidad en el rostro.

-Gran Duque Orión Stormhaven. -Su tono era firme, midiendo cada palabra-. Por orden de Su Majestad, ningún ejército tiene permitido cruzar las puertas de Varethia. Puede ingresar, pero sin sus tropas.

Detrás de Orión, cientos de guerreros esperaban en formación, listos para actuar si su comandante daba la orden. Un viento gélido cruzó el puerto, intensificando la tensión.

Orión clavó la mirada en el capitán.

-Soy el comandante Imperial. No necesito permiso para entrar a mi propia capital.

El capitán sostuvo su mirada, aunque una sombra de duda cruzó sus ojos.

-Las órdenes vienen directamente del emperador. No podemos...

Antes de que pudiera terminar la frase, una figura se adelantó con determinación. Kassandros Varethia. Su mano se cerró sobre la empuñadura de su espada y la desenvainó con un movimiento seco, el metal reflejando bajo la luz del sol.

-¿Sabes con quién estás hablando? -dijo con una voz cargada de veneno-. ¿Desde cuándo un simple perro del emperador se atreve a negarle la entrada al León Carmesí?

Los soldados de la guardia se tensaron al instante. Algunos instintivamente llevaron la mano a sus armas, y el aire pareció volverse más denso. El más mínimo movimiento en falso podía desatar la violencia.

Orión levantó una mano y Kassandros detuvo su avance a regañadientes, aunque su agarre sobre la espada no aflojó.

-No habrá derramamiento de sangre aquí. -La voz de Orión resonó con autoridad mientras daba un paso al frente, sin apartar la vista del capitán-. Dile a mi tío que he llegado. Entraré a la ciudad con mi escolta personal. Nada más.

El capitán tragó saliva, asintió de inmediato y dio una orden para que despejaran el camino.

Orión giró el rostro hacia Kassandros, con una mirada afilada como una cuchilla.

-No hagas estupideces. No aún.

Kassandros resopló y envainó su espada.

-Dependerá de cuántos idiotas quieran interponerse en nuestro camino.

Orión avanzaba por los pasillos del palacio, su capa ondeaba tras él con cada paso. A su lado, Kassandros caminaba en silencio, la tensión marcada en su expresión. Regresaban a la capital, pero no como héroes. No había celebraciones ni vítores, solo el peso de un Imperio que se desmoronaba.

-Esto es un desastre -murmuró Kassandros-. El canciller no es más que una marioneta, y mi padre...

Se calló de golpe. No hacía falta decir más. Ambos conocían la verdad, pero ponerla en palabras no cambiaría nada.

Orión mantuvo la vista al frente.

-Magnus IV ha gobernado con hierro y fuego. Ahora ese fuego está consumiendo todo lo que construyó.

Kassandros apretó los puños.

-Y nosotros solo podemos verlo arder.

Antes de que Orión pudiera responder, una voz conocida los interrumpió.

-Pensé que al menos me saludarían antes de empezar a conspirar.

Orión giró la cabeza y vio a Thessalia acercándose. Su vestido negro ceñido realzaba su porte imperial, pero sus ojos reflejaban cansancio.

Orión suspiró, aunque no pudo evitar que un leve gesto de alivio cruzara su rostro.

-Hermana -dijo Kassandros con una media sonrisa.

Thessalia se cruzó de brazos.

-Al menos tú pareces feliz de verme. Orión solo frunce el ceño y habla como si todo estuviera perdido.

Orión arqueó una ceja.

-¿Y acaso no lo está?

Ella lo miró fijamente y luego soltó un suspiro.

-Sigues siendo igual de dramático.

Se acercó primero a Kassandros, tomándolo por los hombros y dándole un apretón antes de apoyarse un instante en él. Luego se giró hacia Orión y lo abrazó sin esperar permiso.

Él tardó un momento en corresponder el gesto, pero cuando lo hizo, sintió cómo parte de la tensión abandonaba su cuerpo.

-No tienes idea de lo difícil que ha sido sostener todo esto -susurró Thessalia contra su hombro-. Padre no escucha, la corte está dividida, y cada día es más difícil evitar que alguien haga una locura.

Orión se apartó lo justo para mirarla a los ojos.

-Estoy aquí ahora.

Thessalia asintió, aunque su expresión seguía cargada de preocupación.

-¿Por cuánto tiempo?

Orión no respondió.

Antes de que pudieran seguir hablando, un grupo de nobles pasó cerca. Uno de ellos se detuvo al ver a Orión. Era el duque Castor Velian, un hombre de unos cuarenta años con una postura firme. Su cabello castaño oscuro estaba atado en la nuca y su túnica llevaba el emblema de su casa: un águila dorada sobre fondo azul.

-Gran Duque Stormhaven, es un honor verle de nuevo.

Orión inclinó levemente la cabeza.

-Duque Velian. No esperaba encontrarte aquí.

El duque sonrió, pero sus ojos permanecieron fríos.

-Uno debe estar donde se decide el futuro del Imperio. Y últimamente, todo se define en esta ciudad... o eso parece.

Orión sostuvo su mirada, midiendo sus palabras. Velian siempre había sido difícil de leer.

-Las decisiones correctas deben tomarse antes de que todo se venga abajo -dijo al fin.

El duque inclinó la cabeza en un gesto casi imperceptible.

-Entonces más vale que las tomes pronto.

Sin más, se dio la vuelta y se alejó.

Orión lo siguió con la mirada. Algo en su tono le dio un mal presentimiento.

-¿Qué crees que quiso decir con eso? -murmuró Kassandros.

Orión apretó la mandíbula.

-Nada bueno.

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