Orión observó en silencio desde lo alto de la fortaleza, con los brazos cruzados y el ceño fruncido. No podía evitar sentir que su lugar estaba en el frente, pero su tío había dejado claro que alguien debía gobernar en su ausencia. Magnus IV no confiaba en dejar el trono vacío, y aunque Orión entendía la necesidad de asegurar el orden, le frustraba quedar relegado a la administración.
Apenas pasaron unas horas después de la partida del emperador cuando Orión convocó al consejo de guerra. Aunque tenía el título de regente, sabía que muchos nobles y oficiales aún lo veían como un joven guerrero más que como un gobernante. Su autoridad debía ser afirmada, y para ello, decidió salir de la capital.
-No se puede dirigir un imperio solo desde un trono -murmuró mientras revisaba un mapa estelar desplegado en su escritorio.
Su decisión fue clara: visitaría algunas de las regiones gobernadas por el Imperio para ver con sus propios ojos la situación de sus dominios. Quería conocer de cerca a sus súbditos, entender sus preocupaciones y evaluar personalmente la lealtad de los gobernantes locales.
-Mi señor, es arriesgado que abandone la capital en estos tiempos inciertos -advirtió un miembro del consejo.
-Es más arriesgado quedarnos ciegos ante la realidad del Imperio -replicó Orión con firmeza-. Si queremos mantener el control, debemos entender a quienes gobernamos.
Su primera parada sería en Zepharos, un reino vasallo que había sido incorporado al Imperio hace generaciones. Aunque oficialmente leal, había rumores de que su gobernante albergaba resentimientos por la falta de representación en el consejo imperial. Era el momento de descubrir la verdad.
El León Carmesí no sería un regente de mármol, sino uno que caminaría entre su pueblo.
Mientras Orión supervisaba los preparativos para su partida, su prometida apareció ante él, vestida para la ocasión. Llevaba una armadura ligera y un manto de viaje, su postura reflejaba determinación. Era evidente que no tenía intención de quedarse atrás.
-Voy contigo -dijo sin rodeos, cruzando los brazos mientras lo observaba con la misma intensidad que en los entrenamientos.
Orión suspiró, apartando la mirada hacia los mapas extendidos en la mesa. Ya había previsto que esto ocurriría.
-No es necesario -respondió con calma-. No voy a un campo de batalla, solo a evaluar la situación en los territorios vasallos.
-Aun así, sigue siendo peligroso -insistió ella, dando un paso al frente-. Si vas a conocer la opinión del pueblo, yo también debería hacerlo.
Orión negó con la cabeza.
-No voy a arriesgarte innecesariamente. Alguien debe permanecer aquí con Kassandros. Si algo sucede, quiero que tú y él se aseguren de que la capital no caiga en el caos.
Su prometida lo miró con seriedad, claramente frustrada por la decisión.
-Crees que no soy capaz de protegerme.
-No es eso -dijo Orión, suavizando su tono-. Pero si algo me ocurre, el Imperio te necesitará a ti.
Hubo un largo silencio entre ambos. Al final, ella suspiró y apartó la mirada.
-Haz lo que quieras.
Se giró con elegancia y salió de la sala sin más palabras. Orión la observó marcharse, sabiendo que aquella discusión no había terminado del todo. Pero por ahora, tenía que enfocarse en su misión.
Poco después, los preparativos estaban listos. Orión partiría con un contingente selecto, compuesto por sus hombres de confianza. Mientras subía a su nave, no pudo evitar pensar en las consecuencias de su decisión.
El León Carmesí dejaba la capital. Y con ello, los vientos de la guerra seguían soplando.
Orión siguió al Archimago Vaelthar por los pasillos de la gran ciudad flotante de Zepharos. A primera vista, el reino parecía próspero: calles limpias, ciudadanos con túnicas elegantes, mercados llenos de productos exóticos y una infraestructura que combinaba arquitectura imperial con elementos mágicos. Sin embargo, Orión sentía que algo no encajaba.
-Decidme, Archimago -dijo mientras avanzaban-, ¿qué es lo que la corte imperial no ve?
Vaelthar lo guió hasta un balcón que dominaba la ciudad. Desde allí, señaló hacia las afueras, más allá de los muros resplandecientes de la capital, donde la luz de los conductos arcanos se desvanecía en la lejanía.
-Esto es lo que ve un emperador desde su trono -explicó Vaelthar-. Un reino en orden, leal y majestuoso. Pero observad más allá de los muros.
Orión entrecerró los ojos y su visión se agudizó. Más allá del brillo de la ciudad, el paisaje cambiaba drásticamente. Las afueras estaban sumidas en la penumbra, con aldeas que apenas sobrevivían, campos marchitos y estructuras derruidas. No era la imagen de un reino floreciente, sino de una tierra desgastada y olvidada.
-¿Cómo es posible? -murmuró Orión, frunciendo el ceño-. Zepharos es uno de los reinos más ricos del imperio.
-Lo era -corrigió Vaelthar con serenidad-. Pero la guerra ha drenado nuestras reservas. La producción de cristales arcanos ha sido confiscada para abastecer el esfuerzo bélico del Imperio. Nuestros magos son reclutados para servir en los frentes y nuestra gente se queda con poco para sostenerse.
Orión sintió una punzada de incomodidad. Sabía que la guerra requería sacrificios, pero no había imaginado que el costo fuera tan alto para un reino vasallo tan crucial.
-No se nos informó de esta situación en la capital -dijo, cruzándose de brazos.
-Porque en la corte imperial solo se cuentan victorias, no las grietas que estas dejan detrás -Vaelthar lo miró con una expresión calculadora-. Vos, mi señor, sois el heredero designado. ¿Podéis permitiros ignorar estas grietas?
Orión respiró hondo. La lealtad de Zepharos era vital para la estabilidad del imperio, pero si el reino se debilitaba, pronto surgirían revueltas o, peor aún, alianzas en la sombra con enemigos del imperio.
-Esto debe corregirse -sentenció Orión-. Pero el Imperio necesita los recursos para la guerra. No podemos retirarnos ahora.
Vaelthar lo estudió en silencio antes de responder.
-No os pido que os retiréis, sino que miréis más allá del conflicto inmediato. Un imperio que solo sabe conquistar, pero no sostener, está condenado a desplomarse sobre sí mismo.
Orión no respondió de inmediato. En su interior, el guerrero y el futuro líder chocaban. Sabía que su tío jamás aceptaría reducir la presión sobre los vasallos en plena guerra, pero si Zepharos caía, otras regiones podrían seguir el mismo destino.
-Muéstrame más -dijo finalmente-. Quiero ver con mis propios ojos la verdad de este reino.
Vaelthar inclinó la cabeza con aprobación.
-Entonces preparaos, León Carmesí. Os llevaré a donde pocos nobles se atreven a pisar.
Sin dudarlo, Orión siguió al Archimago hacia las profundidades de Zepharos, dispuesto a enfrentar una realidad que amenazaba con cambiar su visión del Imperio.
Bajaron por pasadizos ocultos detrás del gran salón, descendiendo por escaleras de piedra iluminadas con antorchas encantadas que ardían con un fuego azul. A medida que avanzaban, el aire se volvía más denso, cargado de una energía que erizaba la piel de Orión. No era solo magia... era sufrimiento.
Finalmente, las puertas de metal rúnico se abrieron con un murmullo arcano, revelando una inmensa caverna subterránea. Orión se detuvo en seco.
La visión que se desplegaba ante él era espantosa. Miles de personas, hombres, mujeres e incluso niños, se encontraban reunidos en lo que parecían ser distritos enteros construidos bajo tierra. No eran casas, sino estructuras improvisadas, ruinas de un esplendor pasado, cubiertas de moho y polvo arcano. Sus habitantes vestían harapos, sus rostros marcados por la fatiga y la desesperación. Algunos tenían sus cuerpos cubiertos de marcas luminosas, rastros de magia drenada.
Orión sintió un nudo en el estómago.
-¿Qué es esto? -su voz era un rugido contenido.
Vaelthar lo miró con solemnidad.
-Esto es el verdadero Zepharos, mi señor. Lo que veis en la superficie es una ilusión mantenida por la magia del Archirrey. Pero aquí, en las profundidades, se encuentra la verdad. Nuestro reino está muriendo.
Orión avanzó entre la multitud. Las personas se apartaban a su paso, sus miradas reflejaban tanto miedo como esperanza. Algunos susurraban su título: León Carmesí. Otros lo miraban con resentimiento, como si él fuese solo otro noble ajeno a su sufrimiento.
-El Archirrey ha usado su propio poder vital para sostener la grandeza de Zepharos durante décadas -continuó Vaelthar-. Pero todo tiene un precio. Su cuerpo y su mente están colapsando, y cuando él muera, la fachada del reino caerá.
Orión cerró los puños. Todo esto estaba ocurriendo en un territorio del Imperio y ni siquiera el Emperador lo sabía... o quizá lo sabía y había decidido ignorarlo.
-¿Por qué permitieron que esto llegara tan lejos?
-Porque no teníamos opción -respondió el Archimago con voz grave-. Si el pueblo de la superficie se entera de la verdad, habrá un colapso total. Se desatará el caos. Y si el Imperio descubre que el Archirrey ha fallado en gobernar, no dudará en reemplazarlo... y en castigar a Zepharos.
Orión respiró hondo, tratando de controlar la rabia.
-¿Cuánto tiempo le queda al Archirrey?
-Semanas... tal vez días.
Orión desvió la mirada hacia la multitud, hacia esos ojos que lo observaban con una mezcla de súplica y desconfianza. Esto no era solo un problema de Zepharos, sino del Imperio. Si este reino caía, otros podrían seguirle.
-Llévame con él. Ahora.
Vaelthar asintió y, sin perder más tiempo, lo guió de regreso a la superficie, hacia la torre donde el Archirrey yacía moribundo en su lecho de agonía.
Orión cruzó los grandes corredores de la torre con paso firme, sintiendo la tensión. La magia del lugar parecía más débil aquí, como si las estructuras mismas estuvieran colapsando junto con su gobernante. Vaelthar lo guió hasta una cámara rodeada de estatuas antiguas y tapices descoloridos que narraban la gloria pasada de Zepharos.
El Archirrey yacía en un lecho cubierto con telas de seda que ya habían perdido su esplendor. Su piel estaba pálida, casi translúcida, y venas de luz arcana recorrían su cuerpo como grietas en un cristal a punto de romperse. Sus ojos, hundidos y febriles, se posaron sobre Orión con una mezcla de resignación y curiosidad.
-Así que finalmente el Imperio ha enviado a uno de los suyos -su voz era apenas un susurro-. El León Carmesí, el heredero del fuego de Stormhaven...
Orión lo observó con atención. Este hombre había mantenido su reino próspero a un costo terrible. Era un sacrificio que cualquiera consideraría noble... pero no podía ignorar el precio que pagaban los ciudadanos de Zepharos.
-Valoraré vuestro esfuerzo -dijo Orión con seriedad-. No dudo de vuestro compromiso con vuestro pueblo ni de la carga que habéis llevado todos estos años... pero vuestro método ha condenado a generaciones a la miseria.
El Archirrey dejó escapar una débil risa, como si ya esperara esas palabras.
-¿Y qué habríais hecho vos en mi lugar, general? ¿Dejar que Zepharos cayera en la ruina o en manos de invasores? ¿Dejar que su gente muriera de hambre?
Orión lo miró sin pestañear.
-La guerra es una realidad, mi señor. Pero ahora estoy aquí para poner orden.
El silencio se hizo pesado en la habitación. El Archirrey cerró los ojos un momento, como si estuviera reuniendo fuerzas, y luego asintió con lentitud.
-Entonces os lo dejo a vos... si creéis que hay un camino mejor, tomadlo.
Orión se dio la vuelta sin perder más tiempo y extendió la mano hacia su cinturón, donde un cristal tallado con inscripciones arcanas comenzó a brillar. La sala se iluminó con un resplandor azul, y en cuestión de segundos, una imagen holográfica se proyectó ante él: el salón de guerra en la capital imperial.
Al otro lado del canal de comunicación, varios ministros y estrategas se volvieron para ver la imponente figura de Orión.
-Aquí el Gran Duque Orión Stormhaven, transmitiendo desde Zepharos -su voz era firme y clara-. La situación aquí es crítica. La prosperidad del reino ha sido sostenida por métodos insostenibles, y el colapso es inminente.
Los rostros al otro lado de la proyección reflejaban sorpresa y preocupación.
-Solicito el envío inmediato de recursos y suministros para mitigar la crisis. No podemos permitir que una de nuestras provincias más importantes caiga en la anarquía.
Hubo un murmullo entre los consejeros antes de que una voz respondiera:
-Entendido, mi señor. Se enviarán refuerzos y ayuda humanitaria en cuanto podamos organizar la logística.
Orión asintió.
-Pero dejad algo claro a la nobleza de Zepharos -añadió, mirando de reojo a Vaelthar-. Les doy un ultimátum. A partir de este momento, el gobierno de este reino responderá directamente ante mí. Si veo que siguen permitiendo que su pueblo se hunda en la desesperación mientras ellos mantienen su estilo de vida, no tendré piedad.
El silencio al otro lado del cristal fue la única respuesta. Finalmente, una voz murmuró:
-Como ordenéis, Gran Duque.
Orión cortó la conexión y giró para mirar al Archirrey.
-Vuestro pueblo sufrirá cambios... pero sobrevivirá. Y si este reino sigue en pie, será porque aprendió a sostenerse sin condenar a su gente.
Vaelthar lo miró con atención, como si midiera sus palabras, y finalmente inclinó la cabeza con respeto.
-Tal vez, después de todo, el León Carmesí sea el líder que este Imperio necesita.
Orión no respondió. Todavía quedaba mucho por hacer.
Orión se giró con intención de marcharse, pero antes de que pudiera dar un paso, un joven se interpuso en su camino. La sala quedó en silencio al instante. Los guardias de Orión reaccionaron con reflejos entrenados, colocando manos en las empuñaduras de sus armas. La tensión se volvió sofocante.
El príncipe de Zepharos, hijo del Archirrey, se mantenía firme, con el ceño fruncido y la mirada encendida. No se arrodilló, no bajó la cabeza, sino que sostuvo la mirada de Orión con un desafío silencioso.
-No puedes venir aquí, juzgarnos y luego simplemente dar órdenes como si fuéramos tus súbditos sin voluntad -dijo, con la voz contenida pero tensa-. Nosotros somos Zepharos, no simples piezas de tu Imperio.
Vaelthar, el Archimago, se adelantó de inmediato con una reverencia.
-Perdonad la impulsividad de mi aprendiz, Gran Duque. Ha crecido en tiempos difíciles y no entiende aún el peso de la diplomacia imperial.
Orión levantó una mano, indicando a sus hombres que bajaran la guardia. Miró al joven príncipe sin inmutarse.
-Si defiendes tanto a tu pueblo, ¿por qué permites que sufras los estragos de una política que ya no funciona? -preguntó con tono tranquilo, pero con una firmeza inquebrantable-. No es orgullo lo que los mantendrá con vida, sino la capacidad de adaptarse.
El joven apretó los puños.
-Nosotros hemos sobrevivido sin la ayuda del Imperio durante años -respondió con fiereza-. Y cuando al fin voltean a vernos, lo hacen con amenazas y ultimátums.
Orión ladeó apenas la cabeza.
-No vine a dar amenazas, pero tampoco a perder el tiempo con discursos vacíos. Zepharos no puede seguir así, y lo sabes.
El príncipe inspiró con fuerza, conteniéndose, hasta que su padre, el Archirrey, alzó la voz desde su lecho con un tono cansado pero autoritario.
-Basta... No es nuestro enemigo.
El joven tensó la mandíbula, pero bajó la mirada por respeto.
Orión no apartó su atención de él.
-Si de verdad crees en lo que dices, demuéstramelo. Muéstrame lo que ves en Zepharos que yo no.
El príncipe lo miró con cautela, antes de asentir lentamente.
-Sígueme, entonces. Verás lo que significa realmente ser de este reino.
Orión mantuvo su porte firme mientras el joven príncipe se giraba con brusquedad y avanzaba hacia las puertas de la sala. Vaelthar, el Archimago, observó la escena con un suspiro silencioso antes de seguirlos, mientras los guardias de Orión mantenían la vigilancia con ojos afilados, listos para cualquier eventualidad.
El recorrido los llevó más allá de los pasillos ornamentados del palacio, cruzando corredores menos transitados y descendiendo por escaleras de piedra desgastada por el tiempo. Zepharos, con su apariencia majestuosa y su cultura mágica, ocultaba muchas sombras que Orión aún no había explorado.
-Has visto la corte y la cara amable del reino -dijo el príncipe mientras caminaban-, pero eso no es todo. Lo que te voy a mostrar es la realidad que tu Imperio ignora.
Atravesaron una gran puerta de hierro rúnico que rechinó al abrirse, revelando una ciudad subterránea oculta bajo la gran capital de Zepharos. Orión frunció el ceño al ver los estrechos callejones llenos de ciudadanos vestidos con túnicas raídas, niños de rostros delgados corriendo entre puestos de mercado improvisados, y magos menores canalizando energías arcanas solo para encender antorchas o purificar el agua.
-Esta gente no es solo pobre -murmuró Orión, analizando la escena-. Viven con miedo.
El príncipe le dedicó una mirada seria.
-Viven con miedo de que el Imperio los abandone como lo hizo antes.
Orión lo encaró de inmediato.
-No es cierto. Zepharos ha sido un reino vasallo desde hace generaciones.
-Sí, pero uno relegado a la periferia. Desde que nuestros ancestros aceptaron someterse, se nos consideró un bastión secundario, un simple puesto avanzado para la guerra. No somos Norathis ni Velkaris, con sus flotas y ejércitos. Somos una reliquia de una era olvidada.
Orión recorrió el lugar con la mirada, fijándose en los ciudadanos que bajaban la cabeza al verlos pasar. Hombres y mujeres con marcas de quemaduras arcanas, otros con cicatrices de antiguos experimentos.
-¿Qué han hecho aquí?
Vaelthar, el Archimago, respondió con voz grave.
-Zepharos fue el hogar de la investigación mágica del Imperio... pero los experimentos fallidos y la guerra nos convirtieron en esto. Nos dejaron atrás.
Orión cerró los ojos por un momento, comprendiendo el peso de aquellas palabras. No era solo la guerra lo que había empobrecido a Zepharos. Era la negligencia.
-Por eso no quieren nuestra intervención... porque creen que solo traeremos más ruina.
El príncipe asintió.
-Exactamente.
Orión inhaló hondo, antes de hablar con firmeza.
-Pero yo no vine aquí para abandonarlos de nuevo.
El joven apretó los dientes, pero esta vez no replicó. En sus ojos había rabia... pero también una chispa de esperanza.
Orión vio suficiente y se dispuso a volver a la capital. Al llegar, el Canciller y parte del alto consejo lo estaban esperando, listos para confrontarlo. Apenas cruzó las puertas de la sala del consejo, las miradas inquisitivas se posaron sobre él.
-Príncipe Orión -comenzó el Canciller con tono rígido-. Debemos hablar sobre sus recientes órdenes en Zepharos.
Los consejeros asintieron en acuerdo. Había murmullos de desaprobación en la sala. No tardaron en empezar a cuestionar sus decisiones, acusándolo de haber actuado unilateralmente sin consultar al consejo ni respetar las políticas establecidas.
-Ha enviado recursos sin aprobación. Ha interferido en el gobierno de un reino vasallo sin autorización imperial -acusó uno de los consejeros más veteranos-. Su actuar es imprudente.
Orión se mantuvo firme en su postura, dejando que su mirada recorriera la sala antes de responder.
-Lo que es imprudente es haber ignorado Zepharos todo este tiempo -su voz sonaba cortante-. ¿Saben lo que vi? Magia prohibida usada contra su propia gente, un reino que se ahoga en su propia decadencia, ciudadanos temerosos de que su propio emperador los haya abandonado.
Los murmullos crecieron. Algunos consejeros intercambiaron miradas incómodas, pero el Canciller no parecía impresionado.
-Zepharos ha permanecido estable hasta ahora. Su intervención podría traer consecuencias que aún no ha considerado -replicó con frialdad.
Orión entrecerró los ojos.
-Las consecuencias de la negligencia ya estaban a la vista. Lo único que he hecho es evitar que estallen en una crisis mayor. No voy a permitir que una región tan crucial para el Imperio se convierta en un foco de rebelión solo porque el consejo prefirió mirar hacia otro lado.
El ambiente se tensó. La confrontación parecía escalar, pero Orión no retrocedió.
-Soy el regente en ausencia del Emperador. He dado una orden, y se cumplirá. Zepharos recibirá la ayuda que necesita, pero su gobierno también ha recibido un ultimátum.
El Canciller lo observó en silencio, como si estuviera evaluándolo.
Las puertas del salón se abrieron con un golpe seco, y la atmósfera cargada de tensión se espesó aún más cuando Kassandros irrumpió en la sala. Sus ojos, fríos y afilados, recorrieron a los presentes con desdén antes de posarse en el Canciller.
-¿Desde cuándo las órdenes del regente son motivo de discusión? -soltó con una mezcla de furia y burla.
El Canciller, impasible, mantuvo su porte sereno, aunque sus dedos tamborileaban sobre el brazo de su asiento.
-Desde que el regente toma decisiones sin consultar al consejo.
Kassandros dejó escapar una carcajada seca, cruzando la sala con pasos lentos y calculados hasta quedar junto a Orión.
-Vaya, qué conveniente. Cuando conviene al Imperio, se espera que el regente tenga plena autoridad, pero cuando no, de repente el consejo reclama su lugar. ¿Dónde estabas cuando Zepharos comenzó a colapsar? ¿O cuando Orión tuvo que tomar las riendas para evitar una crisis?
Los nobles murmuraron entre sí, incómodos. El Canciller entrecerró los ojos, pero su voz se mantuvo firme.
-Zepharos sigue bajo control. Lo que hizo el regente fue una demostración innecesaria de poder.
-¿Innecesaria? -Orión finalmente habló, con tono grave y contenido, pero con un filo innegable-. Lo que vi en Zepharos no era el reflejo de un reino vasallo próspero, sino el de una tierra al borde del colapso, sofocada por las propias sombras de nuestra administración. No tenía tiempo para esperar la deliberación de este consejo.
El Canciller mantuvo la mirada fija en él, pero no replicó de inmediato.
Kassandros chasqueó la lengua, cruzándose de brazos mientras miraba a los nobles con evidente desdén.
-Esto no es un juego de palabras ni una cuestión de orgullo -dijo con un tono afilado-. Orión ha actuado con la autoridad que se le otorgó. Zepharos estaba al borde del colapso, y ustedes, en su comodidad, prefieren cuestionar su decisión en lugar de aceptar la realidad.
El murmullo entre los consejeros creció, pero ninguno se atrevió a responder de inmediato.
Orión sostuvo la mirada del Canciller y luego recorrió a los demás con una calma férrea.
-Si alguien aquí cree que mis órdenes fueron un error, que lo diga ahora. Pero que lo haga con una solución en la mano, no con reproches vacíos.
El silencio fue su única respuesta.
Kassandros dejó escapar una risa seca y se giró hacia Orión con una expresión de ironía.
-Vaya, parece que el consejo ha perdido la voz cuando se trata de tomar acción.
Orión no sonrió. En cambio, volvió a mirar al Canciller con una mirada severa.
-Mis órdenes se mantienen. Zepharos recibirá la asistencia que necesita, pero también deberá cumplir con el ultimátum que le fue dado. Esto no es negociable.
El Canciller apretó la mandíbula, pero asintió con rigidez.
-Como ordenéis, regente.
Orión sostuvo su mirada por un segundo más antes de dar media vuelta y salir del salón con paso firme. Kassandros lo siguió, mientras detrás de ellos quedaba una sala llena de nobles que, aunque callaban, claramente no estaban conformes.
Poco después, Orión salió con Kassandros y se dirigió a sus aposentos. La tensión aún pesaba sobre sus hombros, pero necesitaba un momento para organizar sus pensamientos.
Al entrar en la estancia, un sirviente se acercó en silencio, inclinando la cabeza antes de ofrecerle una copa de vino especiado. Orión la tomó sin decir palabra, girándola entre sus dedos mientras su mirada se perdía en la tenue luz de las lámparas de aceite.
Kassandros lo observó por un momento antes de hablar.
-Eso estuvo cerca -murmuró, apoyándose contra la pared con los brazos cruzados-. Por un instante, consideré que podrías tomar una decisión contundente de inmediato.
Orión soltó un resoplido antes de dar un sorbo a su copa.
-Si lo hubiera hecho, habría sido demasiado rápido para ellos. Prefiero verlos retorcerse en su propio veneno.
Kassandros dejó escapar una breve risa, pero su expresión se tornó seria de inmediato.
-El Canciller no dejará pasar esto. Has desafiado su autoridad ante todo el consejo.
Orión apoyó la copa sobre la mesa con un leve golpe.
-No es su autoridad la que debe preocuparme, sino la estabilidad del imperio. Lo que vi en Zepharos es solo una muestra de lo que ocurre en otras regiones. Si seguimos ignorando la realidad, esta guerra nos destruirá desde adentro antes de que nuestros enemigos siquiera lo intenten.
Kassandros asintió lentamente, analizando las palabras de su primo.
-Entonces, ¿qué harás ahora?
Orión se levantó, caminando hasta la ventana donde las luces de la capital brillaban en la noche.
-Lo que sea necesario.
Poco después, su prometida, Thessalia Stormhaven, llegó para hablar con él a solas. Llevaba un vestido oscuro de telas ligeras, pero su porte era el de siempre: firme, seguro, con la elegancia de alguien que sabía que su lugar en el imperio no se lo debía a nadie más que a sí misma.
-Lo que hiciste estuvo bien -dijo, cruzando los brazos mientras lo observaba con atención-. Solo que no sé qué tan bueno será para ti perder popularidad con el consejo.
Orión suspiró y miró por la ventana del salón, desde donde contemplaba la ciudad imperial iluminada y sus torres doradas. El imperio, pensó, se construyó con conquistas, no palabras.
-No me importa el consejo -gruñó, apoyando una mano en el borde de la mesa con impaciencia-. Todos ellos son hombres que jamás han pisado un campo de batalla, pero se creen con derecho a decidir el destino del imperio.
Thessalia soltó un suspiro leve y se acercó unos pasos.
-Ese es el problema, Orión. Puedes despreciarlos todo lo que quieras, pero el poder no solo se sostiene con la espada. La política es un campo de batalla diferente, y aunque lo odies, es uno en el que tienes que aprender a moverte.
Él la miró de reojo, con la mandíbula tensa.
-Yo no soy un político. No quiero serlo.
Thessalia lo sostuvo con la mirada, sin dejarse intimidar por su tono.
-Pero eres el heredero del imperio, te guste o no. Y si sigues actuando solo como un guerrero, te van a devorar antes de que siquiera puedas sentarte en el trono.
Orión se quedó en silencio. No porque no tuviera respuesta, sino porque, en el fondo, sabía que tenía razón. Pero admitirlo era otra historia.
Pasaron algunos días, y Orión se había adentrado de lleno en las tareas administrativas del imperio. No era algo que disfrutara, pero entendía que, al menos por ahora, gobernar no solo significaba liderar ejércitos, sino también mantener el orden dentro de sus propios dominios. Se dedicó a revisar informes de los generales, discutir estrategias con los consejeros y firmar decretos sobre el mantenimiento de las provincias más alejadas. Sin embargo, la burocracia lo exasperaba. Demasiadas palabras vacías, demasiados hombres preocupados por mantener su posición en la corte en lugar de ocuparse de las verdaderas necesidades del imperio.
Una tarde, sintiendo la necesidad de despejar su mente, decidió recorrer las afueras de la ciudad imperial sin escoltas ostentosas ni anuncios de su presencia. Vestía una túnica sencilla, aunque su porte y su cabello oscuro lo delataban como alguien de alto rango. Kassandros lo acompañaba, junto a un pequeño grupo de soldados vestidos de manera discreta.
Al acercarse a las periferias, observó un grupo de aldeanos reunidos frente a una de las puertas laterales del palacio. Eran aproximadamente veinte personas, principalmente ancianos y mujeres, con vestimenta desgastada. Había un ambiente de tensión en la zona, y antes de poder analizar más, presenció cómo miembros de la Guardia Imperial los apartaban y desplazaban del lugar.
-¡Retírense! -rugió uno de los oficiales de la guardia, un hombre corpulento con una cicatriz en la mejilla-. ¡No tienen derecho a estar aquí!
Un anciano cayó al suelo con un golpe seco, su bastón rodó lejos, y una mujer intentó ayudarlo mientras los soldados seguían empujando.
Orión frunció el ceño y, sin pensarlo, hizo un gesto a Kassandros.
-Averigua qué sucede.
Kassandros asintió y avanzó unos pasos, preguntando con voz firme. Uno de los guardias imperiales lo reconoció de inmediato y adoptó una postura más rígida.
-Mi señor, solo son plebeyos causando disturbios. No hay nada que requiera su atención.
Orión apenas había avanzado un poco cuando uno de los aldeanos, un hombre de unos cuarenta años, levantó la voz.
-¡Por favor! ¡Solo queremos hablar con alguien! ¡Mi hijo... mi hijo murió en la guerra y ni siquiera nos han dado su cuerpo!
Orión se detuvo en seco.
El murmullo aumentó y un nombre destacó: Galen Voskar.
El nombre no le era desconocido. Galen Voskar había sido un soldado de la Legión Carmesí, uno de los regimientos de élite del ejército imperial. Se había distinguido en batalla en las Islas Negras, luchando contra las fuerzas rebeldes que habían hostigado la frontera sur del imperio.
Orión entrecerró los ojos y miró a Kassandros, quien entendió la orden sin necesidad de palabras.
-Tráiganme a quien tenga información sobre esto -ordenó Kassandros a los guardias.
Pero antes de que los soldados pudieran moverse, una voz seca y condescendiente se hizo escuchar detrás de ellos.
-No hace falta, Gran Duque.
Orión notó la presencia de varios miembros del Consejo Nobiliario, entre ellos el duque Castor Velian, un hombre de mediana edad, de cabello oscuro bien peinado y vestido con una túnica azul con el emblema de un águila dorada sobre plata.
-Son simples campesinos -dijo Velian con desdén-. No hay razón para atender sus quejas. Lo mejor es ignorarlos y que la Guardia los disperse. No podemos permitir que la plebe comience a creer que puede exigir audiencias cada vez que le plazca.
Orión lo miró con frialdad.
-Dicen que su hijo murió en servicio.
Velian soltó un suspiro, como si la conversación lo aburriera.
-Miles de soldados mueren en servicio. Es el precio de la guerra.
-...Y exigen su cuerpo.
-Los cuerpos no siempre pueden ser recuperados -respondió Velian con indiferencia-. Además, la burocracia es clara en estos asuntos. La manutención de los soldados caídos se paga cuando la administración lo determina. No podemos cambiar los procedimientos solo porque un puñado de campesinos llore más fuerte que otros.
Orión sintió enojo. Galen Voskar no era solo un campesino; murió luchando por el imperio. Si hombres como él daban su vida, lo mínimo era asegurar que sus familias recibieran lo que les correspondía.
-Llévalos al salón principal -ordenó de inmediato.
Velian frunció el ceño.
-Eso es innecesario, Gran Duque. No tiene sentido...
Orión lo ignoró y avanzó.
En cuestión de minutos, los aldeanos fueron llevados a una audiencia privada en la sala de reuniones. Se les permitió limpiar un poco el polvo del camino, aunque su incomodidad era evidente. Kassandros se mantenía a un lado, en silencio, pero atento, mientras Velian y otros miembros del consejo miraban la escena con desdén.
El padre de Galen, un hombre de cabello encanecido y rostro marcado por la fatiga, fue el primero en hablar.
-Mi hijo sirvió con honor, mi señor -su voz temblaba, pero su determinación era firme-. Murió en la guerra, y nos dijeron que nos pagarían la manutención que le correspondía por su servicio. Pero han pasado meses y no hemos recibido ni una moneda. Solo queremos lo que se nos prometió... y traer su cuerpo a casa.
Orión permaneció en silencio un momento antes de girarse hacia uno de los administradores que llevaban los registros militares.
-¿Por qué no se ha pagado la compensación?
El hombre, un escriba de rostro flaco y ojos evasivos, tragó saliva antes de responder.
-Ha habido... retrasos en los pagos de algunos regimientos, mi señor. Los fondos fueron reasignados para mantener el esfuerzo de guerra en el frente...
-¿Así que robamos a los muertos para seguir luchando? -Orión interrumpió con un tono gélido.
El escriba palideció.
Velian intervino de inmediato.
-Los recursos son limitados, Gran Duque. No podemos malgastarlos en cuestiones menores cuando el imperio está en guerra.
Orión lo miró directamente a los ojos.
-Un hombre que da su vida por el imperio no es una "cuestión menor".
El silencio en la sala fue absoluto.
Orión se levantó de su asiento y avanzó hasta quedar frente a la familia de Galen.
-Se les pagará la manutención completa de su hijo de inmediato. Y si su cuerpo puede ser recuperado, haré que lo traigan a casa.
Los ojos del anciano se llenaron de lágrimas. Su esposa sollozó, cubriéndose la boca con las manos.
Velian resopló con irritación.
-Esto sentará un precedente, Gran Duque.
Orión lo fulminó con la mirada.
-Sí. Que el imperio no olvida a los que mueren por él.
Con esas palabras, la audiencia terminó. Pero Orión sabía que esto no se detendría ahí. Había demasiados hombres como Galen Voskar, y demasiadas familias esperando justicia.
Y él se encargaría de que la recibieran.